Archive for julio 2016

Una vidente, Sodoma y Gomorra y las bananas. También está incluido Pokémon go: en fin, paseo de domingo




 

¡Ay los domingos! Que una sale a caminar sola, a reflexionar, a mezclase con la gente.... Gente y más gente. Gente rodeada de pompas de jabón.

Pues hoy salí con el objetivo de comprar bragas y verduras. Relación esta increíble a mis ojos. Entonces, mientras caminaba por la calle Cinco de Mayo, calle repleta de pompitas de jabón, encontré a una vidente.  La mujer, en una esquina gritaba: ¡leo la mano, leo la mano, vaticino el futuro! Casualmente, yo venía pensando en ello, en el futuro. Porque el futuro… mi futuro está un poco perdido. Yo supongo que está perdido y más ahora, porque he decido quitarme mi pulsera de la orientación. Y bueno… como ando sin saber cuál es la derecha y cuál la izquierda, pues la nebulosa espacial y emocional se bifurca, se transparenta, se vuelve papelito volador. Pues bien, que siento a la vidente gritar y gritar y me pregunto, ¿por qué no? Quizás ella tiene la respuesta.

Me acerco y sin más, con mi acento cubano mal educado le digo: Oye, ¿cuánto me cobras por leerme la mano? – Treinta pesos-  me responde. Lo pensé unos segundos. O sea... treinta pesos cuesta una cemita. Y la cemita me nutre, me alimenta, me llena. Pero también saber el futuro podría nutrirme, alimentarme, llenarme espiritualmente. Así que me lancé. Limpié mi mano (porque andaba tomando un helado) y esperé impaciente conocer mi destino (Tan tan taaaaan).

 La señora me acarició la mano con cierto erotismo. Creo que me ruboricé. Su vestido largo, ajustado, me simulaba más que era ella una “señorita de compañía” que otra cosa. Pero igual no juzgué. Se puede ser prostituta y leer la mano. No son dos cosas excluyentes. De hecho, las prostitutas, toman muchas manos y leen muchas manos… Quizás por eso me la acarició de esa forma, pensé. Y me sentí bien por esa señora tan versátil. Yo no tengo esa versatilidad. Yo sólo sé escribir (¿sé escribir?). Y maullar (¡Miauuuuuuuuuu!). Y reflexionar sobre cuestiones muy pero muy profundas (eso ya está más que claro…) Así que en silencio admiré a esa mujer señorita de compañía y vidente.

Al minuto de estarme acariciando y acariciando, cerró los ojos. Respiró profundo. Lanzó un suspiro. Y se quedó quieta, mirándome las líneas de la mano. Lo primero que me dijo fue que viviría mucho tiempo. Yo le respondí que lo dudaba. Porque fumo como desquiciada. Y porque siento que tengo muchas enfermedades. Y que bueno, que si no me moría de un enfisema o de cáncer, terminaba suicidándome. Ella abrió los ojos y exclamó. ¡No, no, no diga eso señorita! ¿De compañía?- pensé. Luego me dijo que en el plano profesional me iría muy bien. Que llegaría lejos, muy lejos (y yo, que ya llegué a Nueva Zelanda...), que ganaría mucho dinero y que sería independiente. ¡Oh, qué bien! ¿Podré tener una tina grande y darme años de leche y rosas?- pregunté riendo, pero creo que no entendió mi chiste. Luego vino la parte del amor. Sí, sí. ¡Dígame, qué me depara mi futuro amoroso! ¿Terminaré como señorita de compañía… o con una señorita de compañía?- pensé. La línea del amor dice que le depara una gran pasión y que esa pasión le acompañará por largo tiempo. ¿Y si no creo en la pasión? – pregunté. Pues crea o no, ese es su futuro. También hay alguien que la ama mas no expresa su sentir. Pídale a San Judas Tadeo que haga que se confiese. Así podrá vivir plenamente. ¿Y ese señor, Judas Tadeo, va a hablar con ese chico para que se confiese? – Pues sí, hable con él, récele y él hablará con el joven. – ¿Y si puedo hablar directamente con Dios? Porque mira, aunque no lo creas, yo tengo una conexión muy especial con Dios. Él me escucha. – No, no. Es con San Judas Tadeo, no con Dios.- ¿Pero si Dos está por encima de todos los demás? Debe aprender que cada santo responde a un problema. – O sea, que Dios es para asuntos más generales. Maldita burocracia divina… En fin, que continué escuchándola. Me dijo también que alguien me perseguía y que yo inconscientemente perseguía a alguien. Pensé en Pokémon go. Yo quiero perseguir a un pokémon. Quizás a eso se refería. Y el que me persigue a mí, puede ser… no sé… quizás un pokémon igual. Para finalizar me señaló que algo bueno me pasaría hoy. ¡Ehh! Eso me gustó. La felicidad en unas horas vendría a mí. Así que sonreí, le di las gracias y le entregué el dinero. Una cemita menos, pero ya conocía mi futuro. ¡Qué maravilla!

Continué caminando esperando una cosa buena. ¡Y sí que encontré una cosa buena! ¡Uvas a quince pesos el kilo cuando cuesta normalmente sesenta! Me di por satisfecha y continué mi camino. Como me quité mi pulsera de la orientación, pues me perdí y terminé en un mercado callejero, en una zona no muy buena, pero que por muy poco dinero puedes comprar muchas pero muchas cosas. Entre ellas, muchas pero muchas bananas. Y toda feliz, caminé sobre mis pasos para regresar a casa. Mas, andando y andando, algo comenzó a inquietarme. Las cartománticas, videntes, etc, no son amigas de Dios. Yo soy amiga de Dios. Como Dios es una estrella pop y se molesta con facilidad, temí que se molestara conmigo. Eso no puede ocurrir porque es con la persona que más hablo aquí. Temí. En mi miedo encontré una iglesia.

Estuvo bien. Pues llovía. Y la verdad no quería empaparme. Porque podría morir. Aunque la señorita de compañía y vidente me dijo que viviría muchos años… Pero bueno, ¿cuánto es mucho? Pensé en la teoría del montón. Todo es relativo, todo es relativo. ¡Noo!- grité y pasé a la iglesia con todas mis compras. Como siempre, silencio sepulcral. Aunque había bastante gente. Yo creo que las personas van a las iglesias, o los domingos, o cuando llueve. Es un buen lugar para guarecerse: tranquilo y gratis. Me quedé un rato en silencio, disculpándome con Dios por haberlo traicionado en nuestra amistad forever. Luego vi que también estaba ahí el señor Tadeo. ¡Qué bien! Lo saludé: Hola señor Judas Tadeo. Creo que no es casual que esté en la iglesia de nuestra señora de la soledad y que lo encuentre. Mire, una cartomántica me dijo que debía hablar con usted. Yo soy muy amiga de Dios, pero por razones burocráticas, creo que el asunto que me ocupa debo resolverlo con usted. Le  conté lo del joven que me ama en silencio. Y también de que alguien me perseguía y que yo perseguía a alguien inconscientemente. Le dije también que prensaba que era un Pokémon quien, y a quien, perseguía. Estuvo bien hablar con el Señor Tadeo. Él es amigo de Dios, así que supongo que no hay problema alguno. Luego me desconcentré porque alguien rezaba y sollozaba a mis espaldas. Y es que yo quería saber el por qué de su llanto. Pero en eso llegó el cura y comenzó la misa. ¡¡¡Una misa!!! ¡Qué bien! – pensé.

La monjita, una viejita bastante maltrecha la verdad, tocó la pianola y comenzó a cantar. Los demás igual cantaron. Yo no canté porque no me sé las rolas divinas. Pero bueno, Dios, la monjita maltrecha y el cura saben que lo apoyo desde mi silencio. Luego el cura nos habló sobre dios. Y repetía: El señor Dios, el señor Dios. Qué pena. Yo no le digo señor a Dios. Pero bueno, es mi amigo. Hay confianza. Luego se sentó porque el pobre estaba muy viejo (el cura, no el señor Dios), y la monjita maltrecha comenzó a leer pasajes de Sodoma y Gomorra. En ese punto me dio hambre. Pero quería escuchar lo que leía la monjita maltrecha. Es que yo amo el Génesis completo. Así que abrí mi bolsa y saqué una de mis maravillosas bananas. “Empezaba a anochecer cuando los dos ángeles llegaron Sodoma”- Anjá, anjá, exclamé mientras mordía mi banana. Y así fue avanzando, mientras yo, a la vez avanzaba con mi banana. Hasta que terminó y yo terminé también de comer.

Amén.

Las bragas, las bananas y Sodoma, linda relación, pensé. Hubiese deseado decirle esto al cura, o a la monjita maltrecha, pero estaban muy lejos y ya comenzaban los cánticos de nuevo. Así que se lo comenté al señor Tadeo. Porque todo en esta vida guarda relación. No es en vano que haya parado a que una vidente señorita de compañía me vaticinara el futuro, cuando me disponía a comprar bragas y bananas. Y tampoco es casual que luego haya encontrado muchas bananas en el mercado y que hubiese entrado a una iglesia donde leían esos pasajes y que hubiese comido una. Y tampoco es algo casual que quizás un pokémon me persiga y yo lo persiga y que el Señor Tadeo estuviera en esa iglesia y que la iglesia se llamara nuestra señora de la soledad y que el cura se sentara y que la monjita estuviera maltrecha y que fuera domingo. Todo, todo tiene relación. Así que imaginé la historia del cura y la monjta maltrecha. Y de cómo las bananas podrían estar implicadas. Y cómo seguramente la señorita de compañía vidente también visitaba esa iglesia. Y de que todo había sido un plan para que yo terminara ahí… comiendo una banana. Que es amarilla. Como uno de los pokémones. ¡Así que resuelto el misterio! ¡El pokémon al que persigo y que me persigue es ese Amarillo! ¡Gracias señor Tadeo!- exclamé y salí de la iglesia. Dejé la cáscara dentro para que los demás entendieran las conexiones celestiales que yo había establecido. Es decir, sé que es difícil llegar a estas conclusiones tan elevadas. Pero nadie sabe si un Holmes, experto en deducciones también pasara por ahí y comprendiera. Quién sabe si ese Holmes es el que debe decir que me ama y con esa muestra entiende lo que debe hacer. Y bien contenta, regresé a casa, directo a leer la Biblia, prender una vela y a descargar la app de Pokémon go.

Ese señor Tadeo es bien buena gente, la verdad.

En fin, gracias por leerme.

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Sobre caerse de una bicicleta. Sobre dos pizzas, una con queso Rocquefort. Y sobre la imaginación.




Andaba yo, hace dos días, a las tres de la madrugada, intentando montar bici. Como la imaginación y la realidad son dos hermanas siamesas, que a pesar del parecido, no son iguales, en mi imaginación montaba yo cuan caballito alado. La ligereza era aquello que me caracterizaba. La ligereza y yo. Yo y la ligereza. Mas luego vino la realidad, aquella en que olvido que una bicicleta tiene frenos y que el manubrio debe aguantarse fuerte y recto. Entonces, evadiendo un auto, terminé yo, la ligereza imaginada yo, tumbada en el suelo, muerta de risa, con el pantalón rasgado en la rodilla y ahí, en el centro del hueco, una herida. Una quemada. Profunda. Revelando un poco lo que hay bajo la piel: algo viscoso y de color verde. Lo primero que hice fue chillar. Luego gritar. Y luego volver a montar la bicicleta, para casi volver a caer dos veces. Más tarde, sentada en un sofá, me observaba la herida y la herida me observaba a mí. El color verdoso ligado con el rojo de la sangre se me simulaban las pizzas que horas antes había comido. Pizza de espinacas con Roquefort. Pizza de chistorra con queso. La chistorra y la espinaca estaban ahí, en mi herida. Y los quesos eran ese espesor viscoso. En mi imaginación, lo que ocurría era que ambas pizzas intentaban salir de mi organismo. O sea… si uno puede vomitar pizzas, si incluso a veces los pedazos salen por la nariz, ¿por qué no pueden salir por la boca los ingredientes? Yo quería apretar la herida, a ver si saltaba un pedazo de chistorra o una hojita de espinaca. Pero dolía. En LA realidad, dolía.

Hoy, la quemada ya está cicatrizando. Sale como una postilla carmelita, que sobrepasa la piel. Sé que eso es natural. Sé lo que es la cicatrización. Pero una parte de mí continúa pensando que ahí están las pizzas, tratando de salir. Mas, como nadie comprendería ese hecho, como no está acorde a cómo deben ocurrir las cosas, pues decidieron quedarse escondidas y desaparecer con el proceso digestivo.

Ese es el destino de las andadas de la imaginación.

Cerrarse.

Cicatrizar.

En fin, gracias por leerme

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