Archive for abril 2017

Mi querido amigo cubano carioca: ya te cuento por qué afirmé ante Dios haber matado a alguien


  Ante Dios uno no miente. O por lo menos yo no miento. Cuando más me justifico. Pero mentir, jamás. Entonces la semana pasada, cuando repasábamos los Diez Mandamientos confesé.
Luego mi amiguito mitad cubano, mitad carioca me hiciste saber que matar a un mosquito no se traduce en asesinato. Quizás tengas  razón… aunque no sé… hay que ver qué diría mi amiguito vegano en torno al tema. Responde tú, amigo amante de los animales y no de las lechugas, ¿acaso matar a un mosquito puede ser tomado como asesinato?
Para contar un asesinato necesito escuchar Du riechst so gut. Supongo que es porque cuando uno mata debe tener a su alrededor: 1- alguien hablando alemán. 2- un caballo. 3- un baile típico de la corte. 4- un lobo. 5- una máscara. Y esta canción tiene: 1- a alguien hablando alemán. 2- un caballo. 3- un baile  típico de la corte. 4- un lobo y 5- máscaras.
O por lo menos cuando yo asesino a alguien (sea o no un mosquito), necesito esos elementos. El alemán porque te muerde el corazón. El caballo porque hace falta huir sobre cuatro patas coordinadas. El baile típico de la corte, porque matar es danzar. Un lobo porque los lobos siempre mienten. Y máscaras, porque impiden que puedas respirar con tranquilidad. Y el asesinato es compatible con la falta de aire.
No recuerdo muy bien la razón por la cual maté. Pero a veces esas cuestiones son las menos relevantes. Cuando uno mata lo hace como si se comiera una olla entera de caldo de pollo. Por pura hambre, puro deseo. Pura necesidad. Y yo siempre he tenido la necesidad de comer caldo de pollo. Y de matar.
Entonces lo traje a mi casa. Le brindé almuerzo. Comimos. Luego le brindé un trago de ron cubano. Y otro y otro. Él se zafó un poco el cinturón y se acomodó en el sofá. Yo fumé un cigarro. Él no. Se dedicaba a sacarse la comida de entre los dientes con un palillo. Luego platicamos. Me dijo que le dolía la cabeza. Le dije que el dolor de cabeza era sinónimo de querer desaparecer. Me dijo que él quería desaparear. Le dije que podía ayudarlo con eso. Entonces fui a la cocina, agarré un martillo, agarré un clavo, me dijo que no no, eso no,  pero igual se lo clavé entre los ojos. Del primer golpe no penetró completo, pero al segundo, el clavo quedó completamente dentro. Silencio, hubo silencio. El caballo, mi compañero, no relinchó ni una vez. Ya muerto pensé en darle una utilidad. Así que  escribí en su frente el nombre de alguien a quien también quiero matar pero que no he tenido la oportunidad. Puse en el ordenador una foto de esa persona. Busqué más clavos y me encomendé a los dioses para hacer mi brujería. Clavé los clavos en cada una de las partes donde quería hacerle daño a esa otra persona que aún anda por ahí en las calles e invoqué con todas mis fuerzas que todo el dolor que no podía provocarle a ese cuerpo ya muerto, se le traspasara a él. Cuando me cansé de clavarlo llamé a mi amiguita mexicana y le pedí que me ayudara a mover a aquella mole de carne y clavos. Mi amiguita mexicana me apoya siempre. Ella estudia la risa. Ella estudia la muerte, así que puede comprender lo que significa matar. Entre las dos cargamos el cuerpo y lo tiramos debajo del calentador de agua, que está en un pequeño patio que tengo en el depa. Como nadie viene a visitarme. Y como a nadie le interesa ir a una casa a apreciar lo bellos que son los calentadores, el cuerpo se quedó ahí, hasta que comenzó a oler feo. Como no me gustan los malos olores, volví a llamar a mi amiguita mexicana, metimos el cuerpo en bolsas negras (típico). Luego le pusimos nylon para envolver. Llamamos un uber, lo metimos en la cajuela. Fuimos por allí, cerca del Atoyac. Y ahí lo dejamos. Como esto ocurrió en México ni el taxista preguntó, ni la pareja que iba cerca del río preguntó. Ni siquiera se inmutó la chica que tomaba fotos al río con el objetivo de hacer un documental sobre los cuerpos lanzados al río.
Y nada, que regresamos a casa en otro uber. Me cercioré que hubiese cerrado el viaje. Vi que costó setenta y dos pesos. Subimos a casa. Nos preparamos un café. Y fumamos.
Y eso fue todo, amiguito cubano carioca. No hubo mucho sobresalto, la verdad.
Creo que Dios no se afectó por este hecho porque Dios sabe que hay personas que deben vivir. Que hay personas que deben sufrir. Y que hay otras que simplemente son el vehículo para lograr un fin. En este caso, a quien maté fue útil para que otro que sí merece sufrir, pues por lo menos sintiese dolor. Esas personas que nos son útiles como medio para obtener otra cosa, deberían ser más aprovechadas. Yo veo que hay muchas por ahí, sin brindar el servicio para lo que fueron creadas. Entonces te exhorto a que las busques. Te exhorto a que contribuyas a que finalmente puedan cumplir su objetivo en la tierra.
Tú tranquilo. No te pasará nada hagas lo que hagas. Siempre y cuando tengas un caballo en el que te puedas subir, un lobo que te enseñe a mentir y blog donde poder contar lo que quieras sin responsabilizarte de nada. Mientras tengas esas cosas todo estará bien. Además, Dios estará contigo.

En fin, gracias por leerme.  

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La visita de Dios y la repetición de los diez mandamientos con la falda subida

 


Que le crezca el cabello a una es cosa seria, la verdad. Hace que entres en una especie de letargo, provocado por la caída del pelo en la nuca. Como pesa (porque el pelo pesa y si no me creen, pregúntenle a una caballo por su cola), nuestro cuello debe hacer un esfuerzo doble por mantenerse erguido. A eso se suma el esfuerzo de tenerlo que inclinar (el cuello) unos centímetros hacia adelante, en caso de que escribas (caso mío mío miísimo). Y a eso le sumamos además que mi cuello es largo, largo como el de un cisne maravilloso. Así que la flexibilidad de mi cuello hace que se doble con más facilidad. Y hace que el esfuerzo por el sujetar el cabello sea peor. Y hace que me pese hasta el cerebro. Y como me pesa el cerebro, y como me pesa la cabeza, y como mi melena azabache me fuerza a mirar sólo las nubes, pues entonces no he podido escribir.

  Este fue el argumento que le di a Dios el sábado, cuando se apareció aquí, en mi departamento de tres piezas y me encontró tirada en la sala, sin siquiera un cigarro que fumar y con taquicardias.

  Obviamente no entendió nada de lo que le dije. O más bien no quiso creer nada. Me dijo que ese argumento hubiese sido válido para Cristo, mas no para él. - Cristo es la estrella rock, yo soy pop. Recuerda. Y ya en el mundo pop no se piensa en el cabello largo.

  Desgraciadamente tuve que aceptar que su argumento era válido. Tanto tiempo sin conversar con Dios, tantos centímetros de cabello extra, hicieron que olvidara cómo es el negocio con el dueño de todo aquí. No obstante defendí mi punto hasta el final, porque yo soy un gato, yo tengo la lengua cansada de lamer mas el capricho y el mal humor están siempre bien activos en mis uñas.

  Entonces yo le dije: Mira Dios, ¿sabes qué? Podría haber solucionado mi problema de cabello, cortándolo y ya. Pero no puedo. Porque he decidido cambiar algo. Hace años que no cambio nada. O sí, he cambiado demasiadas cosas mas no cosas físicas. Y a mí me preocupa mucho el físico… tú sabes… eso  de nice y estúpida requiere cambios también. Refrescar la imagen de la estupidez; renovarse. ¿Y qué mejor que el cabello largo?

  Mira Monique – me dijo – es cierto que el cabello largo es sinónimo de estupidez. Sólo analicemos a Cristo y podremos comprobarlo. Y quizás tengas razón. Quizás sea por el esfuerzo que se debe hacer para aguantar los pelos. Supongo que lo vuelve a uno menos ágil en esa zona. No sé, hay que preguntarle al caballo que mencionaste al inicio. Aun así, como soy Dios y supuestamente quiero a todos por igual, es necesario que te repita los Diez Mandamientos, pues es la única forma que se me ocurre ahora para que entres en razón nuevamente con respecto a escribir. Y no te repetiré esa cosa libre que hizo Kieslowski (y por lo cual lo maté en el ’96), sino aquellos que te hacen una persona mejor y que sobre todo te recuerdan cómo se tiene que vivir en este mundo.

  Después de hablarme en ese tono bien déspota (pero bueno… es Dios… es pop), me hizo arrodillarme en el suelo, con la falda subida y un cuchillo atravesado en el estómago.

-          Dime amiga querida, ¿me amarás sobre todas las cosas?

-          Sí. Siempre lo he hecho.

-          ¿Tomarás mi nombre en vano?

-          No. Porque nada en mí es en vano. Y nada en ti lo es. Así que un hay forma de que ocurra eso.

-          ¿Santificarás las fiestas?

-          No hago fiestas.

-          ¿En caso de hacerlas?

-          Sí, la santifico.

-          ¿Honrarás a tu padre y a tu madre?

-          Sí.

-          ¿No matarás?

-          Ya he matado.

-          Ok, pero ¿lo volverás a hacer?

-          No.

-          ¿No cometerás actos impuros?

-          La impureza es sinónimo de felicidad. Y yo no soy feliz. Así que no.

-          ¿Robarás?

-          Sólo en el súper.

-          ¿No dirás falsos testimonios ni mentirás?

-          No no. Ya terminemos.

-          ¿No consentirás pensamientos ni deseos impuros?

-          Ay no no. Lo juro, no.

-          ¿No codiciarás los bienes ajenos?

-          No. Ya. Fin.

  Luego del aburrido ciclo de preguntas y respuestas, retiró el cuchillo de mi estómago, me bajó la falda, y dejó que me levantara.

-          Cumple con estas cosas. Soluciona el problema de tu cabello y no dejes más de escribir los domingos.

  Le dije que sí, que sí, que ok. Me pidió un vaso con agua. Le tuve que decir que no tenía agua purificada. Recogió un poco del grifo, la purificó y se la tomó. De paso me dejó una jarra llena para mí. Se fue.

  Entonces me quedé sola de nuevo con un dolor en el pecho que casi me desmayo. Porque no me gusta discutir con Dios. Porque aborrezco que me someta de la misma forma aburrida en que somete el Papa Francisco a sus feligreses. Pero qué le voy a hacer. Es Dios y como toda estrella pop, a veces tiene sus malos días. Igual no quiero que me entierre de nuevo un cuchillo en el estómago. Lo de la falda arriba no me molesta. Pero lo del cuchillo, atravesándome ahí, lo del cuchillo me hace sentir una culpa horrible, una desconfianza crónica, deseos de doblarme y desaparecer en ese hueco. Y ese tipo de sentimientos no van con el cabello largo. No, definitivamente no van con el cabello largo.

  Y de esa forma discutí con Dios.

  Y de esa forma me compuse y escribí de nuevo, hoy domingo.
 
 Y ya, nada más.

 En fin, gracias por leerme.

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