Sobre cómo las selfies ridiculizan por completo la idea de Heráclito de que nunca nos bañamos en el mismo río



El otro día me ocurrió algo bien curioso. No pregunten por qué (porque no sé), hay una chica a la que sigo y me sigue en twitter. A ella le encanta publicar y publicar fotos. Fotos de ella por todo su perfil. Selfes, selfies, selfies (acompañadas siempre de un pensamiento bien “profundo” porque es muy intelectual). Obviamente las veo. Y debo reconocer, vivía enamorada. Bello rostro. Bella mirada (tiene un ojo medio bizco, pero bueno, eso... eso también es bello). Yo, realmente no soy amante de ese tipo de fotografía tan “artística”. No porque estén deformando a la humanidad. No porque sea un transgredir el espacio privado. No porque esté exponiéndome. Para nada. Todo eso es bueno, porque vivimos en el mejor de los mundos posibles y si eso ocurre es debido a que nada mejor nos puede pasar. A mí me gusta Leibniz. Leibniz dijo esto, ergo, yo cito a Leibniz. También debo reconocer que en algún momento llegué a sentirme mal. Porque cuando a mí se me ocurre tomarme una selfie, salgo como algo deforme. Imagen ideal para película de David Lynch. Y les digo, no es que me guste mucho ese estilo, pero una siempre tiene algo de niña caprichosa y se pregunta ¿por qué ella sí y yo no? (violines de fondo).

A pesar de que mi amiguita mexicana (a la cual hice partícipe de la belleza de twitter), amiguita esta conflictiva, me decía que no era tal cual como yo pensaba, que esas fotos estaban muy bien tomadas y que ella estaba segura segurísima de que en realidad no se veía de esa forma, yo continuaba enamorada de ese bello rostro.

Entonces un día, caminando por Juan de Palafox, ¡las cosas del diablo! Reconozco un par de botas. Reconozco el cabello. Reconozco el ojo bizco… ¡Era la chica! Con disimulo caminé casi a su lado. El impacto fue fuerte. Esa belleza twitteriana, esa sensualidad poblana, se convirtió en una enana fea, deforme, con un rostro mofletudo, con unos ojos caídos, con brazos gordos, espalda torcida y caderas inexistentes. Un asco. Repugnante a mis ojos de Afrodita cubana.

Este hecho puede ser lo más banal del mundo, pero a mí, a mí me traumatizó. Porque automáticamente comencé a pensar (y como yo pienso y luego existo, pues comencé a existir). Yo vivía fascinada con algo ahí. Algo que para mí era tangible. Algo que para mí era real. Y de repente, el golpe. La realidad en Juan de Palafox. Mas luego volví a pensar, ¿por qué razón lo de Juan de Palafox debe ser lo real? Últimamente las redes son más importantes, son más reales. No hace falta contacto humano si lo tienes ahí. Por lo cual, si la imagen que transita por el cibermundo es la de una bella señorita, y no la de un enano distrófico, pues esa, la primera, debe ser la más válida. Llegué a casa y lo primero que hice fue tomarme una selfie. Horrenda. Luego me posicioné frente al espejo. Me observé. No tan horrenda como en la foto. Pero como ya les dije, lo que vale es la imagen, la imagen imaginosa. Acto seguido llamé a mi amiguita mexicana. Necesitaba una selfie linda. Tomamos muchas. Pusimos filtros. Retocamos mi nariz, aumentamos un poco mis ojos. Me explicó cómo sonreír o cómo poner una mirada sexy. Al final salió la foto. Guapa, la verdad. Mas luego, volví al espejo. Y me observé. Y observé la foto. Quizás sea mi falta de costumbre, pero no pude subirla. No pude porque esa persona no era yo. Como tampoco soy yo la que sale en las fotos sin retoques. Me traumé más. Al pobre Narciso que lo crucificaron para toda la vida porque se fue un ratillo a mirarse al lago... Luego pues pasamos del lago al espejo y del espejo a las fotos y de las fotos a las selfies (porque no es lo mismo). Eso está bien. Lo que no comprendo es por qué las personas no se ponen nerviosas, como me pongo yo. Ya no sé quién soy. O la que se acaba de levantar, o la que se mira al espejo sin maquillaje, o la que se mira al espejo con maquillaje, o la que se toma una selfie sin filtros, o la que se la toma con.

Supongo que aquí la respuesta de muchos sería: el exterior no es lo importante, no es lo esencial. Pero como igual ya me conocen, pues saben que ese criterio me importará muchísimo (nada), así que no resuelven mi problema. El exterior, mi carne, mis fracturas, mis pies pequeños y mis ojos chinos también son parte de mí. Son parte de mi esencia. Porque cuando yo despierto y veo mi reflejo en cualquier lugar, me auto reconozco y me saludo: ¡Hola Monique!

Supongo que lo que hacen todos aquellos selfieadictos es que logran reconocerse en esa imagen que proyectan en las redes. Pero ahí va otro problema, ¿cómo hago para siempre verme igual en las fotos? Tantos filtros, tantas cositas para retocarse, que en serio, debe ser muy aburrido regirse sólo por una. Restricciones hasta cuando uno mismo se crea. Si puedo ponerle filtros a mis fotos, yo quiero ser un día verde, otro día azul, otro día tener ojos grandes y otros simplemente agregarme un sombrero… no sé. Cambiar. Y es que en las selfies hay cambios. ¡Muchos! Ahora con Snapchat todo el mundo tiene cara de perrito o de oso panda. Pero la modificación de la imagen viene a partir de una primera modificación. Y esa primera es la que no cambia: el retoque primero ya se queda inmóvil. A partir de ese es que comienzan los cambios. También recordé a Heráclito y su “nunca nos bañamos en el mismo río”. Pensé en Narciso, ¿se habrá mirado él también en un río? ¿Habrá visto que el río no es el mismo y él tampoco era el mismo, porque todo el tiempo cambiamos? En fin, que ese tipo de imagen perfecta creada y que siempre es la misma, hace que la hipótesis heracliteana de que somos y no somos todo el tiempo por nuestro constante cambio,  se vea desarticulada gracias a las selfies. Y atención, el señor Heráclito se refiere a que somos y no somos los mimos ni por dentro ni por fuera (para los que dicen que lo esencial es el interior, ese interior también cambia y bastante). Con las fotos de ese estilo, lentamente nos quedamos estáticos y esa esteticidad va penetrando y penetrando hasta que también nos paralizamos por dentro. ¡Ay Heráclito destrozado por las selfies! 

Pero ya les digo, eso está bien. Así son las cosas ahora. Por eso, he decidido que la opción es, primeramente crear, aceptar y acostumbrarme a la estaticidad  esa de la foto. Tratar de reconocerme ahí. Y por último, seguir deleitándome entre tantas fotos bonitas que me ofrecen las redes y jamás, jamás, volver a salir a la calle. O por lo menos, andar con la mirada perdida, sin observar a ningún transeúnte. Me parece que de esa forma, me evitaré muchos malos ratos y no tendré que confrontar a personas distróficas. Estoy segura que si logro esto, seré súper trendy y feliz en este, el mejor de todos los mundos posibles.

En fin, gracias por leerme.

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Cuando fui a una charla de alcohólicos anónimos y descubrí que yo soy yo y mis adicciones



Tengo tres cigarros para redactar esto. Se acaban los cigarros, se acaba el post. He dicho.

Hace una semana y media fui a una reunión de alcohólicos anónimos. Estaba yo en mi trabajo, dispuesta a leerle a mis alumnos una historia de Cortázar y de repente, pues nos dicen que suspendido todo. Debíamos asistir a una charla que darían unos chicos de AA. Los estudiantes no estaban muy contentos que digamos porque, por muy “perdida que esté esta juventud”, es preferible imaginar cómo se vomitan conejos a pasarse dos horas escuchando a otros vomitar alcohol. El alcohol debe ir siempre hacia adentro, no hacia afuera. Mas, las cosas son como son y allá nos fuimos todos.

 Eran cinco chicos, la mayoría menores que yo, con una trayectoria adictiva de mínimo diez años. Uno, recuerdo, tenía veintidós. Es decir, que con doce había comenzado a meterle a la coca, a “la mota” y a beber. Debo reconocer que eso me impactó. Cuando yo tenía doce años, no recuerdo bien en qué andaba pero de ninguna forma, estaba consumiendo nada. A pesar de que mi novio de aquel entonces, sí. Pero a mí, la verdad, drogas… no sé… es que yo ya vivo drogada mentalmente. El punto es que, el discurso dado por cada uno daba lástima. O sea, no puedo tomar mucho en cuenta la tristeza  de alguien, si el resto de los conferencistas sufridos se la pasaba tomándose selfies. No obstante intenté prestarles toda la atención posible porque al final, uno en estos tiempos no sabe si pueda terminar así, o cuidado uno ya no esté así. Ergo, yo presté atención para autoanalizarme a partir de la reflexión del otro. Igual mis alumnos prestaron atención para ver qué se cuestionaban al final de la charla. Es que les prometí un punto extra a todo aquel que preguntara al final. Y ellos, adictos a las buenas calificaciones…

Después de escuchar a los AA decir que ya estaban curados, que no necesitaban de NADA para estar felices, que tenían un padrino espiritual dentro del grupo, que estaban tan tranquilos que ya no se fijaban cada cuánto sus exnovias se conectaban a Facebook o cambiaban su foto de perfil, obviamente yo tuve muchas dudas. Y como siempre, alcé mi bracito petit y comencé.

La primera fue en torno al nombre. Yo siempre pensé que si un grupo de AA daba una conferencia fuera de su entorno privado, se pondrían unas máscaras, o se proyectarían como hologramas, o montarían un teatro de títeres… no sé, pero verlos, verlos implica una severa contradicción en el nombre. Ya no son Alcohólicos Anónimos, más bien son Alcohólicos no - Anónimos. El chico que llevaba las riendas del debate (un adicto fuertote) no supo qué decirme, pero bueno, igual me habló nuevamente de Facebook y de que ya no veía cuántas veces se conectaba su exnovia. Y bueno, yo acepté la respuesta porque quizás, no sé, se relacionaba con mi pregunta por el hecho de que ya él se mantenía anónimo ante las fotos de perfil de su chica, es decir: alcohólico anónimo en el Facebook de la exnovia… digo yo.  Luego lancé mi segunda pregunta: sobre el padrino espiritual. Eso sonaba bien. Otro de los chicos (el de veintidós), me dijo que cada uno tenía un padrino diferente, y que servían para orientarlos en la vida. Por ejemplo – volvió el fuertote – mi padrino espiritual fue quien me aconsejó que no revisara más el Facebook de mi exnovia (volvemos a la exnovia). Igual lo acepté. Yo quiero a alguien que me diga que no mire más el Facebook de muchas personas. Eso es un gran problema, la verdad. La tercera fue en torno a la cero necesidad de NADA para ser feliz. Yo acabo de terminar un semestre entero estudiando a Heidegger, así que escucho esa palabra, “nada”, y de repente sufro una especie de colapso mental porque recuerdo el infierno que viví con la nada que nadea. Primero los felicité por esa poca necesidad de cosas para llegar a la ataraxia (agradecieron, uno se tomó una selfie conmigo de fondo). Ya después les pregunté si no habían tenido necesidad de sustituir un vicio por otro. Cuando vivía en Nueva Zelanda y no podía fumar, cambié el tabaco por el té con leche. Y me volví adicta a eso. Ellos me dijeron que no. Que no les había hecho falta nada. Entonces volví a preguntar: ¿alguno fuma? Respuesta: todos. Luego, ¿alguno toma café? Respuesta: todos. Otra más, ¿alguno hace algo muy repetitivamente al punto de que si no lo hace no se siente bien, ejemplo gimnasio (pensando en el fuertote), pastillas para dormir, etc.? Respuesta: todos. No obstante, el fuertote me dijo que antes era adicto a revisar el Facebook de su exnovia, pero que ya, por suerte, no lo hacía (en serio, comenzaban a entrarme unos deseos irresistibles de revisar el Facebook de la exnovia, porque como yo no tengo un padrino espiritual, aún no sé cómo controlar eso). Muy bien, muy bien – exclamé yo – pero, ¿no les parece que al final sí necesitan de cosas para ser “felices”? Porque por ejemplo tú – le dije al de las selfies -, ¿si no te fumas tus cigarros, te sientes cómodo? Respuesta: no, no me siento cómodo.  

Paréntesis: Se acabaron los cigarros, pero como quiero seguir, bajo por más y continúo




Ya regresé.

Entonces yo respondí: ¡Ahhh, ahhh! ¿Ya ven? Alcohólicos ya no serán. O drogadictos, o lo que sea. Pero adictos… adictos… eso sí son. Silencio. Ahí ya mis alumnos comenzaron a mirarme, pues los había casi dejado sin tiempo para que preguntaran y ganaran su punto extra. Así que me callé. Cada uno planteó sus cuestionamientos, los AA contestaron. En algún momento volvió a salir el tema del Facebook de la exnovia (si no encuentro a la maldita exnovia, la que no va a alcanzar la felicidad jamás seré yo). Al final hubo aplausos y nos entregaron, primero unos folletos para personas que piensen, puedan ser alcohólicos. Lo más interesante de eso era que había uno para mujeres y otro para hombres. Conclusión: no es lo mismo ser alcohólica que ser alcohólico. Eso me fascinó. Lo otro interesante es que  cada folleto tiene cuarenta cuartillas con una tipografía que ni con lupa. Como me dijo ayer uno de mis profesores: para leerse eso, hay que obligatoriamente darse un trago.

Luego, nos entregaron a cada uno un test para saber si éramos adictos o no.

Como aún quedaba una hora de clases, la directora me pidió que resolviera el cuestionario con ellos y que les diera una charla sobre lo malo que es ser un adicto. Ahí sí me puse nerviosa. Porque sabía lo que me dirían mis alumnos: pero miss, ¿cómo nos va a hablar de eso, usted que se fuma cuarenta y seis cigarros en seis horas? Y así fue. Mas yo soporté la pregunta estoicamente y les dije, primero respondamos esto. Experiencia horrible para mí ese test que, cambiando la palabra alcohol por muchas otras (y también dejando la palabra alcohol), salía que era  una perra adicta destinada a reclusión por tiempo indefinido. Mis alumnos salieron por el estilo: muchos adictos al Facebook y a revisar el de sus exnovias-os (ya les dije, eso que repitió tanto el fuertote, es un tema importante). Algo también buenísimo del test es que te repetía tres veces: “¿has tenido lagunas mentales?” Claro, eso es algo lógico: si tienes lagunas mentales, hay que repetírtelo varias veces.

Al final, todos con caras largas nos quedamos en silencio. Entonces yo, en un ataque de Cristo redentor, grité: a ver muchachos, ¿quién no es adicto a algo en esta sociedad? Reflexionen, concéntrense. ¿Hay manera de no ser un adicto hoy en día?

Cuando llegué a casa no pude dejar de recordad a Ortega una vez más (como mismo lo recordé en el post del japonés y los pingüinos azules de Nueva Zelanda). Y pensé en mis circunstancias. Yo, ahora mismo, vivo en una circunstancia adictiva. La circunstancia es la adicción. Y no puedo escapar de ella. De ninguna manera.

Comencé a reflexionar sobre algunas de mis adicciones. Yo soy adicta al cloro. No puedo hacer nada en mi casa si no lo utilizo. Lavo toda la ropa con cloro, no importa el color que tenga. Limpio el piso con coloro, friego los platos con cloro. Desempolvo las cosas con cloro. Y cuando termino, no me lavo las manos para continuar con el olor a cloro. Ya les digo, me lo tomaría si no supiese que me puede provocar una perforación en el hígado. En mi departamento puede faltar comida, puede faltar agua, pero no puede faltar cloro. También me he dado cuenta que soy adicta a los animales, o más bien a los animales que no están vivos. Ahora mismo me he puesto a contar: tengo una estatuilla de un kiwi, otra de una jirafa, un pony de madera, un dibujo de un conejo y cuatro unicornios: tres pintados y uno inflable con los colores de la bandera gay en el cuerno y la cola.  Yo necesito llegar a mi casa y verlos a todos. Y sentarme en el sofá y mirarlos. Soy adicta a agarrar el unicornio inflable y apretarle las patas para ver cómo chilla. He llegado al tal punto que, si en algún lugar de la casa no hay algún animal con el que pueda hablar, pues me pongo ansiosa. También soy adicta a los zapatos. Sobre todo a los zapatos que se parecen y son negros. Llegué a este país con tres y ya voy por dieciséis, de los cuáles, trece son negros. Las pastillas, a las pastillas. A esas que relajan: diazepán, clorodiazepóxido, difenhidramina (que es para la alergia, pero me la tomo para dormir). Hace poco me fui a Cuba un par de días a buscar más de todo esto porque ya se me habían acabado. Al cigarro, pues mi relación con el cigarro es como con alguien a quien dices poder dejar si quieres, pero que al final te desquicia y vuelves y vuelves. Cigarro- pastilla- unicornio, es la combinación perfecta luego de limpieza con cloro. También soy adicta a la lectura. Cada día tengo que leer algo. Lo que sea, pero algo. Y luego reflexionar sobre eso. No incluyo la escritura pues eso no es una adicción, es una necesidad. También soy adicta a la imbecilidad. No puedo vivir sin imbecilidad, sin ser imbécil, sin rodearme de ello. Si no tengo una conversación imbécil, preferiblemente con un imbécil de esos que no habla de literatura intelectualoide, ni de cine intelectualoide, ni de lo tanto que le afecta el calentamiento global y la muerte de los animales, ni de cómo es capaz de amarrarse a un árbol para evitar el asesinato de un pollito o de un pez en un río contaminado, ni de cómo el PVC va a destruir a la humanidad, ni de cuánto sufre y se angustia por dichas cuestiones… si  no tengo una conversación con un imbécil que no hable de estos temas tan pero tan profundos, pues no puedo resistir un día. Muero. También, como ya saben, soy adicta a las mentiras. A las mentiras intelectuales. Si no invento cosas, si no las cambio, si no creo citas y referencias pues también muero. Es como un día sin cloro. Me tiembla la mano. Igual soy a dicta a que me muerdan el labio inferior. Si no me besan, no hay problema, me lo muerdo yo misma, pero un beso sin una mordida ahí, no es un beso. No y no. Ese dolor ínfimo es delicioso. Adictivo.

Y bueno, estas son mis adicciones más fuertes, las que no puedo evitar. Sin ellas, sudo frío. En ocasiones lo que hago es sustituir temporalmente una por otra: cloro por veneno para cucarachas, mentiras a los demás por auto-mentiras, zapatos por cemitas, las pastillas por remedios homeopáticos. Yo me justifico pensando que todo esto me ha ocurrido porque soy como el Quijote ante la llegada de la Modernidad. El Quijote muere y yo también muero ante el Capitalismo, pero me olvido de mi muerte con todo esto. Yo soy yo y mis adicciones Ortega, mis adicciones que no son más que mis circunstancias y las de todos los demás. Porque no sólo yo ando así. Adicto ya anda hasta Dios, mi amigo. Él me lo ha dicho.

Entonces, definitivamente debo entrar en algún grupo de AA. Pero eso sí, si yo entro a uno, si me decido a tener un padrino espiritual, a no revisar el Facebook de mi ex. Si yo me decido a ir por ahí dando charlas sobre lo malas que son las adicciones, pues voy a crear un teatro de títeres, o me crearé un holograma, o me pondré una máscara de unicornio. Porque si soy anónima, soy anónima.

En fin, gracias por leerme.

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Sobre los instantes y las cacerolas vacías



Es muy fácil justificarse  en el instante. Muy fácil. Facilísimo. Repetir – uno que se cree “intelectual” – lo que dice Bataille: “el instante es en el único momento en que podemos encontrarnos con nuestro ser auténtico”. Sí, ya les dije, facilísimo. Luego, es muy fácil – para el que es “menos” intelectual – repetir eso que tanto se lanza como correcaminos por las redes sociales: “la felicidad no son más que pequeños momentos. Vive el día a día”. Ya les digo, fácil. Muy fácil.

Cada vez que me levanto yo pienso en estas dos frases (cuando me levanto. No cuando despierto. Cuando despierto tengo hambre. Siempre. Y no puedo pensar). Y como estudiante aplicada que soy, pues lo aplico. Y me siento muy bien por ello. No tanto por la parte del instante, sino por tener la fuerza de voluntad para levantarme con la firme convicción de que voy a encontrar a mi ser auténtico y que eso lo lograré viviendo el día a día y que gracias a ello, para colmo, seré feliz. ¡Qué cosa esa, que un muerto y Facebook puedan darme consejos tan profundos! Entonces salgo decidida a, como fotógrafa, captar por ahí esos instantes súper exclusivos. El otro día mismo pude captar uno. Me comí un pedazo de pizza de peras, pasas y queso de cabra. ¡Qué instante! Y,literalmente, fue un instante, pues mis amigos se la devoraron entera antes de que yo pudiera volver más prolongado mi instante genial. Pero bueno, no importa, el instante, el instante. Un instante de cuatro mordidas. Otro instante que he apreciado es cada vez que boto la basura de casa. ¡Qué gran placer! Esperar a las ocho, a que pase el camión, recoger toda mi porquería, ponerla en una bolsa grande, o a veces en varias bolsitas pequeñas y dejarla ahí. Incluso, el instante es mejor, cuando no la saco a las ocho, sino a las tres o a las cuatro o a las cinco de la tarde. ¡Oh, Dios, qué momento! Todo se quiebra. Me vuelvo muy mala porque si uno saca la basura antes, pues puede llover y regarla y que vengan ratas y que la contaminen más y que luego venga un perro y se ponga a hurgar y coma de esa basura doblemente basura porque ya no sólo es la mía sino la de la rata y que luego el perro se intoxique y se muera.  ¡Qué locura, soy una asesina!

También es un buen instante cuando veo que no tengo platos sucios. Me paso dos horas fregando. Friega y friega. E incómoda porque para como no tengo espacio suficiente para poner todos los platos y los vasos y los tenedores.  Y ver que logré que todo quepa, que no se caiga, ver que no tengo nada sucio, hace que me encuentre con mi verdadero ser. Y además que se cumpla la parte de “vive el día a día”.  Más bien minuto a minuto, porque a los dos minutos, ya hay cosas sucias de nuevo. Entonces sí, como dice Facebook, vivo la vida minuto a minuto: lavo todo y luego vuelvo a ensuciar. Tengo una vida tan extrema… También es maravilloso el momento en que el perro de mis vecinos, los que les comenté que tienen sexo como dos cucarachas, ese perro que ladra y ladra y me molesta, se moja por la lluvia, o le cae ceniza volcánica, porque pienso que en ese momento debe estar sufriendo, como sufro yo cuando el hijo de su madre se pone a ladrar y a ladrar y a jugar con una botella y no me deja dormir, ni estudiar, ni leer. Ese es un instante maravilloso. Porque supongo que ese yo con tendencia mata  -perros que tengo, se puede desatar.

Entonces, cada vez que llego a mi casa, en la noche, y me voy a la cama, pues sonrío, sonrío mucho por haber logrado ser feliz día a día y me consuelo pensando en que encontré a mi verdadero ser. Porque el problema es que si me pongo a pensar en los instantes de verdad, en los instantes que me hacen levitar, en los instantes que me hacen soplar fuerte, hasta tumbar la casa de paja. En los instantes en que quiero morderme fuerte para ver si salgo de ese letargo de alegría. Si me pongo a pensar en el instante en que me estoy fumando mi último cigarro y no puedo salir a comprar más, o que le entrego mi alma al diablo del amor. Si pienso en el instante en que puedo acariciar y dejarme acariciar por los que quiero, que me toquen, que me miren y que luego están lejos, muy lejos. Si pienso en aquel negro mayordomo sin ojos, que me sonrió en un sueño para calmarme y que ya no vuelve… Si me pongo a pensar en esos instantes, a captarlos en mi día a día, primeramente esos momentos no serían diarios, serían semanales o mensuales, o anuales. Y entonces viene lo que ni el muerto de Bataille, ni Facebook dicen. Viene la caída ante los “no- instantes”, viene la nostalgia ante lo que fue y ya no es. Y entonces es cuando más me dura el gas, porque las cacerolas se quedan vacías. Muy vacías. Y el instante de la cacerola vacía, ese sí se vuelve eterno. Y también el instante de no poder levantarme de la cama por la tristeza. Y también el instante de sentir que se me estraga la panza por no comer. Y el instante de que duela el pecho, duela mucho. Y el instante de soportar. Y el de moverte en una banca como loca. Y el de reventarte los labios a pequeñas mordidas de desesperación.

Entonces es mejor pensar en esos otros instantes, el de la basura, el de la pizza, el del perro, que no implican más que una risita momentánea. Porque así, el dolor de la caída se pasa en el instante en que cualquiera te envía un mensaje y tú respondes y olvidas. Y todo está bien. Sigo siendo amiguita de Bataille y de Facebook, comparto las experiencias “maravillosas” que cada día vivo y contribuyo a que la humanidad sea muy, muy feliz creyéndose que el alcance del puto instante, es lo mejor que puede pasarle a uno.

En fin, gracias por leerme.

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El hombre sin ojos




Hoy he soñado con un hombre que no tenía ojos. Más bien le faltaba la mitad superior del rostro. En él, todo empezaba con la nariz. Era un negro, muy negro, vestido de mayordomo. Y mientras lo veía, ahí, parado frente a mí, tanto él como yo no dejábamos de sonreír. Sus dientes eran muy blancos y sus labios se curvaban de una manera feliz, tranquilizadora.

No es la primera vez que sueño con él, mas ahora sólo logro recordar éste. Al verlo, le decía que era un placer encontrarlo. Él no hacía más que continuar sonriendo. No sé por qué tengo la certeza de que ese mayordomo es una especie de persona que aparece en determinadas ocasiones en que ando mal. Sería algo así como especie de protección onírica.

Lo que me llama la atención es su falta de ojos. ¿Acaso no los tiene para así no juzgarme? ¿Acaso esto quiere decir que no debo enfocarme tanto en ciertas cosas? ¿Acaso significa que el mirar, el ver, el observar no significan nada si no se observa la totalidad y así poder tener un criterio más general? ¿Acaso será que sonreír, pero sonreír desde el intestino, no barrocamente, significa más que el mirar?

Yo, por si acaso, le compré rosas amarillas. A ver si vuelve a aparecer. Y también me puse a escuchar los Backstreet Boys. Esto no tiene mucho que ver, pero bueno, quería decirlo.

En fin, gracias por leerme.

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Hay que entrar en la lavadora


Hace una semana me fui a DF a encontrarme con una amiga. Entre cigarros, agua y galletas con mantequilla y sal, empezamos a ponernos al día, a ponernos a la semana, a ponernos al mes: los cuatro que no nos veíamos. Entre plática y plática hablamos de la vida, de las situaciones complicadas, del amor y los problemas del amor, etc, etc, etc. Mientras discutíamos muy acaloradamente (una catalana y una cubana… imaginen), ella me dijo una frase contundente: “es que, A, hay que entrar en la lavadora. Tienes que entrar en la lavadora”. Específicamente mi amiga se refería con esa frase maravillosa (frase que me suena a la Habana y que yo, habanera, no conocía) a la dinámica de la vida, dinámica turbia, dinámica compleja, dinámica de sinsabores que son deliciosos. Yo, la verdad, en lo primero que pensé fue en mí metida, dando vueltas dentro de una lavadora, con un montón de calzones, ropa sucia y espuma de detergente ligada con suavizante. Luego pensé en mi alergia y en cómo se me pondría la nariz de estar inmersa en una situación así. Ya me dieron hasta deseos de estornudar… Automáticamente respondí, ¡pero es que yo no quiero estar dentro de una lavadora! Y ella, muy cortante me respondió, allá tú.

Hoy, caminando por Juan de Palafox me puse a pensar en eso, en la lavadora. Y en si estoy o no metida dentro. Y entonces no sé por qué comencé a visualizar la primera vez que escribí una historia larga. Recuerdo la habitación de mis padres, recuerdo que escuchaba Nirvana, recuerdo que tenía los pelos rizos y una rasta largota. Y lo que más recuerdo es la libertad, la libertad con la que escribí aquel cuento (malísimo). Es que era el primero. Y era para mí. Sí, lo pasé a amigos, pero era para mí. Ya luego publiqué una historia, y luego otra y luego otra y la dinámica de edición, publicación, presentación, libros, se hizo bastante habitual. Entonces, en cierta medida, aunque continué (y continúo) escribiendo con las vísceras, algo cambió. Cierta presión. Cierta agitación. Cierta angustia por entrar. Por verme como otro, publicada en algún lugar. Lo mismo pasó con los estudios. Hubo una época en que leer era un placer. Era un orgasmo. Y más filosofía. Pero luego todo se convirtió en una maquinaria donde si no produces, no eres funcional. Y si no eres funcional, pues en mi caso, el CONACYT no me paga y no puedo cubrir ni mi renta. Por ahí mismo sigue la cuestión: si no pagas renta, si no tienes dinero, pues tampoco existes. No eres nadie. Y tampoco puede seguir produciendo como le gusta a las instituciones. Te excluyen del círculo, del círculo que se mueve y se mueve, con espuma y suavizante. Lo mismo ocurre con las relaciones (todas). Hay que sonreír, hay que aceptar, hay que dialogar, se quiera o no se quiera, te agrade o no te agrade. Porque en el diálogo es que se llega a ideas comunes y el hombre necesita tener ideas en común, dice cierto hermeneuta alemán. Pero ¿y si yo no quiero?

¿Y si no me importa?

Pues da igual


O quizás, lo más seguro es que yo diga que no me importe pero sí me importe. Porque sin intercambio no hay movimiento. Y a mí me gusta el movimiento: cuando bailo, cuando hago el amor, cuando hago ejercicios, incluso cuando leo, que mis ojos, en algún momento comienzan a moverse al ritmo del texto: izquierda, derecha, baja, izquierda, derecha, baja, bum bum bum. También ser madre (hoy que es su día), es entrar en ese movimiento. Porque eres madre y eres algo. Algo dentro de un grupo determinado que a muchos les gusta. Como también no-ser mamá te legitima dentro de otro grupo. El grupo de las no- mamás pero que también se mueve.

No sé si en otra época fue igual. No sé si Lord Byron también estaba dando vueltas así, aunque imagino que sí: porque en verdad no hemos cambiado mucho. En esencia no hemos cambiado mucho.

El punto es que, más que entrar en la lavadora, lo difícil es salir. Y de repente, doblando la esquina, estando más que consciente de eso, comencé a sentir el olor a detergente, el olor a suavizante, comencé a sentir mareos. Y sin más, la nariz se me irritó y comencé a estornudar. Y más aún cuando llegué a casa y tuve que prepararme para un examen, a pensar en cuatro ensayos que debo redactar, a pensar en la renta del mes que viene, a pensar en las pasiones, en las distancias forzadas, en tener que cocinar. La lavadora, la lavadora. No hay manera de salir de la lavadora.
En fin, gracias por leerme.

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Sobre lo que implica tener un gato y a Monique. Y sobre las luces rojas de un bar


I

Cuando uno tiene un blog, asume una responsabilidad muy grande. O al menos yo asumí una responsabilidad muy grande. Como dije en el primer post, el objetivo de todo esto es no olvidar: no olvidar los hechos, no olvidar a los míos, que los míos no me olviden y no olvidarme yo misma de mí misma en mi mismísima mismidad.

También, debo reconocer que escribir cada semana es una forma de canalizar ciertos asuntos que de otra manera no serían pensados. Muchas veces son legítimos, los hechos que describes, y otras tantas aunque no pasaron realmente (o no exactamente así),  ayudan igual a pensar qué hubiese pensado, cómo hubiese reaccionado ante esa hipotética situación. Y es que, como dije en algún post por ahí, la realidad a veces es demasiado simple, o demasiado falta de decisiones, o demasiado cobarde, para asumir algunas cuestiones. Pero a la vez que uno las escribe, a la vez que la idea se vuelve real porque queda planteada, pues se crea cierta obligación de reflexionar sobre ello o al menos a asumir ciertas cuestiones que en la cotidianidad, uno obvia, uno pasa por alto o en última instancia, uno se toma dos píldoras y se olvida de todo. Yo soy de las personas que piensa que, a la vez que algo queda escrito, ese algo se vuelve real, incluso más real que la realidad misma. Porque a las palabras, contrariamente a lo que muchos piensan, las palabras tienen fuerza, son contundentes. No desaparecen. Eso de que las palabras se las lleva el viento, eso no es cierto, al menos para mí. Lo que se lleva el viento son las ideas que no se concretan, que no se piensan mucho, que no se reflexionan. Por eso yo soy adicta letal a reflexionar sobre lo que sea, pero la reflexión siempre está.

Quizás es una tendencia que tengo desde que era niña. Desde muy pequeña comencé a escribir. Tenía diarios, los cuales comenzaba siempre con un “Querido Dary”. Y si bien al principio me limitaba contar las cosas que me ocurrían en la escuela o en casa, hubo un momento en que eso comenzó a aburrirme y pasé entonces a cambiar un poco mi realidad. Hubo un momento en que ya me perdí. En que no supe qué era cierto y qué no. De ahí supongo que viene esa necesidad patológica que tengo de mentir, de cambiar las cosas. Y en ese movimiento de las cosas, en ese cambia esto, cambia lo otro, terminé escribiendo relatos. Yo asumo el escribir de la misma manera que asumo mis sueños: espacios donde hay partes y personajes totalmente reales, pero otros que se cambian, que aparecen porque tienen que aparecer, porque son quizás. los personajes que faltan en la cotidianidad. Y muchas veces tienen la respuesta. Yo opino que los sueños no se sueñan en vano. Los sueños siempre tienen un significado grande. Que uno no los entienda, eso es otra cosa, pero en mi caso, yo siempre los entiendo. Es que como yo siempre hablo con Dios, pues ya sé su forma de comunicarse conmigo. Alabado Dios que es mi amiguito…

II

Mi blog se llama “El gato de Monique” no arbitrariamente. Monique es mi hermanita neozelandesa, y fue una de mis salvaciones en ese país tan… digamos… natural para mi gusto. Con ella tuve pláticas que semi entendía (porque el inglés con acento neozelandés es como escuchar a un colombiano hablar español). Con ella teoricé sobre los unicornios, y sobre el autoestima y también, en una borrachera asquerosa, reflexionamos sobre el cuerpo sensual de los latinos y terminé recogiendo de la alfombra del piso (llena de pelos de gatos y no sé cuántas cosas más), un montón de noodles y comiéndomelos como toda una cerdita. Y esas cosas, fútiles y tontas, hacen que las personas se unan de una manera que ni la distancia puede disminuir. Sobre el gato, bueno, es que ella tenía dos. Dos gatos muy raros. Uno era el prototipo perfecto de una persona hedonista. Lo único que hacía era comer, acostarse en el sofá y hacerme compañía en tanto yo desayunaba y tomaba el sol en el jardín. El otro, la imagen del blog, era un gato negro, serio, arisco, como escultura egipcia, que la gobernaba, se le montaba encima, no la dejaba sentarse sola en una silla y para colmo, si ella salía, la esperaba en la entrada de la casa, cuan marido celoso. Con ese gato no crucé ni media palabra (porque con los animales hay que hablar), pero, en su silencio y actitudes, decía mucho. No era un gato fácil ese. Era un gato manipulador, rencoroso, poco fiable y aprensivo, idéntico a mí. Cuando me fui de Nueva Zelanda, el gato hedonista me dedicó una miradita y mis amigos de allá, todos me acompañaron hasta que llegase el taxi y sus miradas, sus miradas son algo que tengo clavadas en el centro de mi estómago. Pero ese gato negro no me miró, no me dijo nada, ni siquiera recuerdo dónde estaba. Porque en el fondo sabía que lentamente yo le iba robando el amor de su dueña. Y eso a él no le gustaba. Por eso era mejor que me marchara. Y yo, acepté totalmente su alegría por mi partida porque, si hubiese estado en su lugar, creo que mi actitud hubiera sido exactamente la misma. Ya les dije… somos rencorosos. Y celosos en extremo.

III

Otra cosa maravillosa de tener un blog son las personas que conoces y los comentarios que te hacen. Yo he conocido a mucha gente. Y algunos de ellos, hoy en día son amigos, personas con las cuales hablo regularmente y sobre todo, personas que me recuerdan mucho de dónde soy o de dónde fui los primeros veinticuatro años de mi vida. Ahora, la verdad, ando perdida, sin entender mucho qué significa pertenecer a algún lugar. Pero cada vez que hablo con ellos, cada vez que comentamos nuestros traumas, nuestras angustias y nuestros deseos de reír, me hacen pensar que sí, que aunque uno se vaya, aunque uno se pierda, hay ciertas cosas que sólo quien comparte la misma tierra y el mismo mar, pueden entender. Muchos de ellos escriben, como mismo escribo yo, y no hay nada que me cause más placer que leer sus textos y luego comentarlos con ellos como también es deliciosos que me escriban comentándome qué creen de lo que escribí yo. Y nada, que esta cofradía de gente “mentirosa”, me llena mucho. Mucho muchísimo. Me ayuda a “espantar fantasmas”. Otras son personas que conocía desde antes, pero por motivos, precisamente, de la mera escritura, he podido comprender que son profundas, que tienen mucho que decir. O que por lo menos, lo que tienen que decir, yo lo entiendo.

IV

Derivado de esto (y pensando en los míos que están en Cuba), no hay nada que adore más que copiar el texto y enviárselos por e-mail (los que tienen  e-mail) y luego, automáticamente recibir sus reflexiones (porque todos reflexionan) y desde aquí río pensando cómo una amiga actriz hasta le cambia las voces a cada uno de los personajes que menciono, o en mi mamá que vive dándome consejos sobre cómo mejorar mi estado de ánimo luego de leer el post o de cómo es el proceso en que mi padre lee mis post: mi sobrina los baja de internet con harto trabajo, se los copia y luego (imagino yo) él comienza a leer y puedo hasta sentir su sonrisita y sus risitas y sus comentarios que luego mi sobrina debe transcribir como esclava… pobrecita. Y así con los demás, que lo lean al momento o no, me escriben y se ponen a mi mismo nivel (nivel de persona “muyyy intelectual y profunda”) y debatimos. Otros simplemente me leen y me dicen que estoy loca. Pero igual eso me encanta. Pues esa locura es algo que creo sobre todo para ellos. Para que sonrían. La sonrisa es algo importante: sea pura o sea falsa.

V

Otra cosa genial de un blog son las erratas (o al menos en el mío). Muchas veces me doy cuenta de que las tengo y aun así las dejo, aunque luego venga mi hermana la del medio a estarme gritando por mi falta de vista. Y es que cuando uno escribe, uno escribe enajenado, uno escribe en trance. O más bien, uno no escribe, sino que hay algo por ahí que va susurrándole las cosas y uno transcribe. Por eso no hay tiempo de rectificar. Lo mejor es soltar las cosas como salgan y ya. Eso también es divertido. O por lo menos para mí es muy divertido.

VI

Escribir los domingos tampoco es algo arbitrario. Desde pequeña ese séptimo día fue muy especial. De niña, siempre salía con mis padres a pasear. Y casi siempre nos íbamos al puerto, o a la Habana Vieja a cenar, o a cenar solamente (de ahí mi glotonería). Ya, más adolescente, me iba con mi novio de aquel entonces, a la costa y ahí pasábamos horas hablando y hablando, casi nunca metidos en el mar, sino más bien sobre las rocas, sintiendo solamente. Y eso no lo sabían mis papás, así que volvía la situación más interesante aún. Y luego, más adelante, me iba a casa de mi hermana mayor. Y ahí, conversábamos, comíamos, veíamos películas y me olvidaba un poco de la presión que pueden ejercer los padres cuando una anda de novia.

Más tarde fue el ir al cine, o comer pizza a casa de mi hermana del medio. Y las conversaciones siempre eran profundas, locas, al punto de que ya no quería ni ser parte de eso, pero al final, siempre terminaba ahí, con ella, platicando y platicando hasta pasada la media noche. Otras cosas igual volvían especiales los domingos. La brisa, la brisa que entraba por la ventana de mi cuarto a las cuatro de la tarde, momento en que yo me sentaba en la esquina de la cama, en completo silencio y fumaba y escribía. Luego todo eso se acabó. Y los domingos, a pesar de que comenzaron a tener otra dinámica muchas veces igual de buenas, no dejaron de provocarme esa nostalgia que pase el tiempo que pase, no se va. Se queda siempre ahí.

 

VII

Ayer decidí salir a celebrar el aniversario de Monique. Y como siempre, salí con la esperanza de poder encontrar en la realidad (en una realidad sin cambios), eso que me llena tanto cada vez que escribo. Pero fue en vano. Las luces rojas del lugar, lo único que me provocaron fueron que terminara vomitando en el baño del bar. Y cuando venía de regreso a casa, en medio de las arcadas y digamos, la angustia, en lo único que pensaba era en llegar a casa, olvidarme de todo y escribir. Escribir las cosas como yo las prefiero, como yo las entiendo, como yo las siento, obviando muchas veces las acciones que no me gustan o las que me gustan, simplemente porque me aburre o me hacen daño pensar las cosas de manera tan  simple. Y yo estoy clara de lo que dijo Locke: las ideas simples son las más complejas. Pero en mi caso, esa complejidad de las ideas simples, igual no dejan por momentos de aburrirme, porque siempre se refieren a complejidades muy de la vida, muy pasionales. Y a mí, a mí me gustan más las ensoñaciones.

Así que, me largué de ese lugar que tanto me gusta, llegué a casa, me acosté a dormir ya más tranquila, sabiendo que en pocas horas me despertaría y comenzaría a escribir un montón de galimatías, o boberías, como lo quieran ver, pero que a mí, siempre, siempre, siempre, me hacen sentir aparentemente más viva. O por lo menos, me quitan los deseos de vomitar. Y es que un bar, aunque tenga luces rojas, aunque simule recrear cosas increíbles, aunque te haga creer que estás en conexión con ese yo que se desinhibe por el alcohol, la gente, las pasiones y las luces, jamás, jamás, jamás se va a comparar con lo que siento cada vez que enciendo el ordenador y comienzan a salir las palabras. Las palabras que en mi caso, igual tienen luces rojas, mas luces rojas llenas de sentimientos encontrados. Incluso, de sentimientos que se crean en el momento.

 

En fin, gracias por leerme.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sobre el aura blanca. Sobre el aura extraterrestre. Y por qué no, sobre la fenomenología y sobre cómo las cucarachas hacen el amor



Cuando uno estudia filosofía, o más bien, cuando lleva la filosofía en los intestinos, ahí fluyendo como liquido gástrico, es imposible que se pueda dejar de reflexionar. Y reflexionar. Y reflexionar. Y en mi caso, no sólo no puedo dejar de reflexionar, sino que tampoco puedo dejar de repetir las cosas tres veces… deformación pitagórica que tengo.

Esto primero no tiene mucho que ver con lo que redactaré a continuación, pero supuse que era importante recalcar lo incrustada que tengo la filosofía en el alma. Y la literatura en el alma. Y la música en el alma. Y las cemitas y el sushi, también, también incrustadas en el alma. ¡Qué espaciosa mi alma!

Y también fue bueno haber recalcado eso para justificar un poco que en medio de las duchas de un gimnasio, a las nueve y media de la noche,  mi amiguita mexicana y yo, cada una desde su espacio, entre jabón y shampoo, gritábamos sobre asuntos fenomenológicos. Lo primero que hicimos fue, obviamente, hablar mal del profesor. Y si bien comenzamos criticándolo muy profesionalmente, al final terminamos hablando de lo lascivo, asqueroso, y enano que es. Y también hablamos de su boca reseca llena de hierros y su rostro lleno de barros. Y de cómo se  cree un mexican lover. Luego, volvimos al punto fenomenológico. Comentamos un poco sobre Husserl, sobre lo humanista que pudo llegar a hacer en los artículos de Kaizo, sobre el famoso “a las cosas mismas” que siempre planteaba. Y sobre la relación entre el sujeto y el objeto. Ya luego, para poner de manifiesto la relación sujeto objeto, pues le pasé el shampoo.

Entonces salimos de las duchas, limpias como ángeles y de repente notamos algo: que a pesar de lo tarde que era, no estábamos solas en  los baños, sino que habían casi cuatro duchas más andando. Así que nuestra conversación tan "típica" de gimnasio, suponemos que fue el altavoz que amenizó el baño de cada chica…. Sí, muy divertido…

Ya en casa, mientras preparaba una clase sobre la Revolución Industrial, que me hizo terminar pensando en Marx, por extensión terminé pensando en las relaciones sociales y en los patrones de comportamiento que uno debe seguir para ser funcional dentro de la comunidad. Para luego, como suelo ser, generalizar todo con un: “en los gimnasios no hay otra forma de estar que no sea, o totalmente desconectado de la realidad, o hablando mucha… como decirlo bonito… mierda”. Yo, realmente no soy una persona de gimnasio, ni siquiera me gusta hacer deporte. Pero decidí comenzar por la primera parte del “estado gimnasio”: desconectarme de la realidad. Y también para volcar sobre las máquinas los deseos que habitualmente tengo de reventar a golpes lo que sea.

Pero bueno (que hoy ando divagando mucho), el punto es que ayer sábado me fui sola al gimnasio. Y como siempre, luego de la tanda de ejercicios fui a ducharme. Ahí vino la cosa interesante. Supongo que a mi lado, amenizando mi ducha como mismo lo había hecho yo el día anterior, habían dos chicas que tenían una conversación muy interesante.

Yo creo que es mejor redactarlo en forma de diálogo.

CHICA I: Pues sí, que ha sido muy buena idea esto de venir al gimnasio, aunque tú no lo necesitas amiga.

CHICA II: ¡Ay no digas eso! Quizás para ti no es tan necesario, pero para mí, aunque parezca de veinte, ya tengo treinta.

CHICA I: ¡Pero cómo dices eso! Yo creo que lo necesito más que tú. Casi parecemos de la misma edad. Pero a partir de ahora yo me comenzaré a cuidar como mismo hace mi mamá. Es que ella es muy presumida. Yo la verdad quiero tener treinta ya, porque mi amiga fulanita, me dijo que la mejor edad para una mujer son los treinta.

CHICA II: ¿Te dijo eso? ¡Jajaja! Pues la verdad yo no sé.

CHICA I: Pues ella me dijo que era incluso cuando la mujer más sentía. Por cierto, ella se casó con un alemán y si ves qué linda niña tienen. A mí no me gustan mucho los alemanes. Pero sí Alemania,  Y bueno, que es verdad que todos tienen mucho dinero. Eso sí me gusta.

 

En este punto, yo estaba casi con el vómito en la boca y ya me iba a salir de la ducha e irme corriendo de ahí, cuando de repente, algo de la conversación llamó mi atención. De repente escuché lo siguiente.

 

CHICA I: Es que, ¿te digo algo?, entre las personas que creen en los extraterrestres y las que creen en el aura, pues yo creo que prefiero ahora a las que creen en el aura.

CHICA II: ¿Pero por qué?

CHICA I: Es más conveniente ahora. Es que tú sabes que yo antes creía en los extraterrestres, pero luego me separé un poco de todo eso. Entonces, hace poco me encontré a fulanito, que cree en el aura y me dijo que me veía el aura blanca. Te explico, tener el aura blanca es algo bueno. Es como que estás pura y muy bien o algo así. Y eso a mí me gustó mucho. Y es que me explicó que las personas que creen en los extraterrestres tienen el aura oscura, porque los extraterrestres vienen de un lugar oscuro. Eso no es bueno, tener un aura oscura. Es por eso que decidí comenzar a creer mejor en el aura y así mantengo mi pureza. Mira, un amigo mío que también cree en los extraterrestres, ahora comprendo por qué es como es. Y es que está oscuro por dentro, por eso de su creencia.

CHICA II: Claro, por creer en los extraterrestres…

CHICA I: Exacto.

Tras escuchar esto, está de más decir que me eché a reír como una loca. O sea, no sé, no tenía palabras para expresar lo que pensaba a propósito de esa conversación. O sí: mera estupidez. Y obviamente, en mi posición de filósofa racionalista, ese tipo de comentarios y deducciones no tienen cabida… o al menos aparentemente.

Porque al llegar a casa, continuaba pensando en el  aura extraterrestre y en el aura blanca. Y como siempre me pasa, terminé encontrándole mucho sentido, a partir de esos comentarios, a algunas cosas incluso de mi vida. Y es que yo, no es que crea en los extraterrestres, pero sí siento cierta predilección por ese tipo de fenómenos paranormales. De hecho, hay un video llamado UFO PORNO, que es hasta mi tono de celular. También miré unas gardenias que había comprado el viernes en la noche y vi que ya estaban marchitas. Y cuando las flores se marchitan tan rápido es que hay mala energía en el lugar. Entonces vino la revelación: el problema conmigo, problema en el cual vengo pensando hace mucho, es que estoy en un período donde mi aura está oscura. Extraterrestre. Por eso las flores se marchitan, por eso la tristeza, por eso siempre me siento desesperada en casa. Y luego de escuchar esa plática, me di cuenta de que es por mi cierta preferencia por los extraterrestres. Eso provocó que me sintiera un poco mal pues ¿cómo salgo de esta aura oscura que tengo? Y es que hasta mis uñas siempre están pintadas de negro… Me entró una especie de desesperación porque a nadie le gusta tener un aura oscura. Yo quiero un aura blanca, limpia. Para eso voy en parte al gimnasio, para purificarme, ya que sola no puedo ni quitarme el cigarro de la boca. Y bueno, decidí que lo primero que debía hacer para comenzar a purificarme, era quitar el tema de UFO PORNO, de tono de celular. No sé… supongo que eso ayudaría. Y luego intenté hacer una meditación enfocándome en el color blanco, a ver si mi aura se limpiaba un poco. Y me propuse firmemente, comenzar a blanquearme por dentro. También intenté hablar con Dios, para pedirle que me ayudara, pero me puse a estudiar y la conversación se quedó a medias.

En la noche vino mi amiguita mexicana a charlar y tomar algo. Entonces le comenté sobre la conversación en las duchas del gimnasio. También le conté mi reflexión. Ella lo que hizo fue reírse y no sintió la seriedad en mis palabras. Aún no concientiza lo del aura blanca, y mira que le dije hasta lo de las gardenias marchitas, pero nada. Igual me contó que el viernes se había ido a un bar y había escuchado una conversación igual muy interesante. Hablaban sobre cómo en África estaban preparando un plato a base de cucarachas y cómo había una teoría sobre que, nuestra alma va transmigrando hasta convertirse en este insecto que odio tanto. – Es decir, ¿que vamos involucionando hasta llegar a ser cucarachas? – pregunté. No, no, más bien vamos evolucionando hasta convertirnos en ellas.- me respondió. Pensé en las miles y miles de cucarachas que hay y en que al final todas ellas son personas que han hecho evolucionar su alma hasta convertirse en eso. Y pensé además, si quiero tener un aura blanca, significa que mi alma evolucionará mejor y me convertiré en cucaracha,  y ¡yo no quiero ser una cucaracha!

Entonces ahora dudo. Dudo mucho. No sé qué quiero. Si purifico mi aura, me libraré del sufrimiento, pero eso implicará que me convertiré en cucaracha en algún momento. Y no sé si eso sea bueno, estéticamente hablando. No sé si Dios, siendo yo un insecto, quiera seguir platicando conmigo. Porque Dios es Pop y tiene predilección por las personas Pop. Y una cucaracha no es Pop… no sé, no sé qué hacer…  Además, ya bastante conque la sociedad me pisotee diariamente, me haga ser de una forma que no soy. Pero si me convierto en cucaracha, pues me pisotearán también por ser asquerosa y fea. A la sociedad no le gusta la gente fea. A mí tampoco.

Y bueno, que la noche terminó con nosotras, mi amiguita mexicana y yo, escuchando a mis vecinos tener sexo. Mi amiguita mexicana moría de risa. Yo también. Pero a la vez no dejaba de pensar en esas dos personas, quizás con auras blancas, cogiendo, convertidos en cucarachas. Cucarachas gordas. Y no pude evitar preguntarme, ¿cómo harán el amor las cucarachas?

Conclusiones:

1.      el gimnasio es un lugar interesante.

2.      Al parecer, TODOS los alemanes tienen mucho dinero.

3.      Pobres extraterrestres de aura oscura.

4.      Las cucarachas… las cucarachas…

En fin, gracias por leerme.

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Sobre mi hermana y las pasiones. Sobre los Rolling Stones. Y sobre la Satisfaction


Y nada, que hablábamos por Skype, las dos hermanas grandes, y yo, la enana. Entonces, la del medio me comentó de su nueva pasión. Su pasión loca. Su pasión enfermiza. Su pasión “no puedo dormir por pensar en la cuestión”: Eddie Vedder, el cantante de Pearl Jam. Lo que ella no sabe es que, como siempre ocurre entre nosotras dos, dicho referente a mí también me hacía sentir. Me activaba la memoria. Porque en su casa, una vez en que me quedé sola, también tuve mi historia con Pearl Jam. También sentí mucha pasión por Pearl Jam. También gemí (mucho, muchísimo), gracias a Pearl Jam. No obstante, su nueva y “sofisticada” pasión, no me pareció nada rara. Ni la asocié con la crisis de los cuarenta. No. Porque antes de Eddie Vedder, fue Brad Pitt y antes fue Jim Morrison. Y esos son de los que me acuerdo. Porque fueron sobre los que más tuve que escuchar cuando compartíamos una pizza o cuando me ponía mil veces escenas donde salía cada uno. Y también sufrí las llamadas a cualquier hora de la madrugada para hablar sobre el tema. Así que ésta, ahora, la verdad no me impactó. Lo que sí me llamó la atención fue cuando me dijo que escribiera un post sobre la cuestión, a ver, si en conjunto, podíamos entender el origen de ese tipo de locuras por las cuales ella, tan intelectual, atraviesa de tanto en tanto.

Luego vino la euforia y los preparativos para el concierto de los Rolling Stones en Cuba. Y los amigos que agarraron un avión y se fueron para allá. Y los otros que madrugaron en la Ciudad Deportiva para verlos cerquita. Y los otros que como yo, nos quedamos soñando, imaginando cómo sería. Porque no tendríamos la oportunidad de estar. Y esos que nos quedamos fuera de la isla rockera, pues buscamos nuestros mecanismos de defensa para intentar no pensar durante ese día. Yo, por ejemplo, me fui a subir a la rueda de Angelópolis, en Puebla y luego a comer como toda una animal.

La cuestión fue que, no sé si por causa de la altura de la rueda, o de la iluminación, o por tanta comida y luego vino, terminé pensando en mi hermana, en sus pasiones y en los Rolling. Más bien, en esa canción que todos conocemos: Satisfaction. Entonces entendí.

El problema de la pasión adolescente de mi hermana se traduce simplemente en un problema de satisfaction. De I can’t get no satisfaction. Y cuando uno can’t get no satisfaction, pues intenta buscar la satisfaction sea como sea. La satisfaction privada de mi hermana es esa. La de muchos de mis amigos, en Cuba, fue irse a  la jungla con más de cuatrocientas mil personas. Y la de aquellos que no fueron, la de esos no las sé: quizás la ida de Obama a la Habana, o ir como yo, a la rueda de Angelópolis, pero seguro hubo alguna. Hubo y hay. Cada día. Lo preocupante del asunto no es la satisfaction, sino más bien la primera parte. El I can´t get no.

Uno busca la satisfaction. Trata. Trata. Try. Try. Y la encuentra. O supone que la encuentra. Pero la satisfaction es un cocodrilo imaginario y escurridizo que simula estar, pero no está. Entonces nos apasionamos, nos volvemos locos, nos volvemos unicornios. Y empezamos desesperadamente a querer sentir a plenitud nuestra satisfaction. Pero nunca es completa. No la alcanzamos. El cocodrilo es demasiado rápido. Y terminamos conformándonos con la satisfaction menor. La satisfation de Pearl Jam, la de Obama, la del concierto de los Rolling, la de la rueda. Y nos aferramos duro, muy duro a ella. Y es que si no, nos consume el I can´t get no, ese malnacido I cant get no, que se traduce en imposibilidad, en decepción, en la vida sin cocodrilo imaginario y escurridizo. Entonces nos quedamos solos. Demasiado solos.

Y al menos, en el I can’t get no de los Rolling, suena el ritmo constante y pegajoso de la guitarra y la batería. Pero en el I can’t get no de la vida real, en ese, hay demasiado silencio.

Se acabó la terapia, hermanita. Sigue en tu satisfaction.

En fin, gracias por leerme.

 

 

 

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Lo que heredamos de Caín


 
No somos buenos. No perdonamos. No olvidamos. No tenemos constancia. No entendemos al otro. No nos importa entender al otro. No nos gusta el equilibrio. Detestamos el equilibrio. Huimos del equilibrio. Queremos ahorcar al equilibrio. Queremos guillotinar al equilibrio. Queremos enterrar al equilibrio.

Nos gusta tener la lengua afuera. Nos gusta la comida casi ácida. Nos gusta pensar en nosotros. Nos gusta perseguir. Nos gustan los alicates apretando los dedos. Nos gustan las pastillas. Nos gusta, en silencio, regodearnos de lo que hicimos mal. Nos gusta ver que el agua burbujee y arruine lo que estamos haciendo. Nos gusta rehacer las cosas. Nos gusta repetir las cosas. Nos gustan las cosas.

Nos gusta, de vez en cuando, matar un sábado a nuestro hermano.

En fin, gracias por leerme.

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