Sobre que estoy criando a una lechuga


Un chiste. Que acabo de inventar.
Dos personas conversan. Una le dice a la otra:
Persona uno: Oh, necesito dos copias de mi acta de nacimiento. Eso es un gran problema.
Persona dos: ¿Y por qué es un gran problema?
Persona uno: ¡Porque no he nacido!
Fin.
He reído mucho con esto. Mucho pero mucho. De hecho, lo pienso y continúo riendo. Lo escribo y continúo riendo. Lo vuelvo a pensar, con música de fondo, y continúo riendo. Qué risa me da reírme.
Ya. Nada más que decir sobre este asunto.
Lo otro.
He comenzado a criar a una lechuga. He cortado su tallo, cuando ya casi no quedaba nada y la he puesto dentro de un exprimidor de naranja, con un poco de agua. Es un experimento que vi hace unos días. Como me gustan los experimentos, pues decidí aventarme a esta delicada labor que es criar a un vegetal. Yo siempre he tenido cierta preferencia por las lechugas. Recuerdo que en una clase que recibí hace un año, discutía con mi profesor sobre la vida y cultura vegana. Él intentaba explicarnos la ética husserliana a partir de ese estilo de vida. Yo me molesté mucho porque, cuando pregunté por los derechos de existencia de las lechugas, me dijo que éstas no tenían tanto derecho como un animal. La verdad es que me ofendí. Creo en la igualdad humana (¿creo en la igualdad humana?) y por eso no entendía el por qué de su escasa y torpe respuesta. Desde ese día detesté más a los seres humanos, me dieron más deseos de degollar conejos vivos y desarrollé cierta compasión por las lechugas. Tiempo después, mírenme, criando a una. Decidí ponerla dentro de un exprimidor de naranjas para que comprendiera lo cruel que es la vida. El exprimidor de naranjas  viene siendo como un asesino sanguinario de naranjas. Así que mi lechuga crecerá sobre el equivalente a un cementerio nazi. O sobre un cementerio estalinista en la Siberia. O sobre un cementerio marino. Mi lechuga será muy culta, porque sabrá que El cementerio marino lo escribió Valéry.  Yo se lo comentaré.
Cada mañana me levanto y la saludo. Y la saco a tomar un poco de sol. Y luego la vuelvo a entrar porque si no se va a achicharrar. Le cambio el agua todos los días. Y cuando me voy a dormir, mentalmente le doy las buenas noches. Es una buena compañía, la lechuga. Debo reconocer que también he pensado sobre su futuro. ¿Cómo será? ¿Cómo se comportará? ¿Cómo asumirá su existencia? ¿Se molestará cuando sepa que me la comeré? También me preocupa su condición física. No quiero que sea una lechuga gorda. Explicaré por qué. Ayer conversaba con mi amiguita mexicana y ella me contó una situación que vivió un amigo. Yo me traumaticé. Resulta que este amigo de mi amiguita mexicana, una vez salió con una amiga. Esta amiga era muy gorda. Regorda. Gordísima. Entonces, en medio de la salida, se les antojó un hot dog. Aunque no tenían dinero, se aventaron a pedir unos en el carrito de venta. Cuando el vendedor les despachó los hot dogs, el amigo de mi amiguita mexicana, le gritó a  su amiga la gorda ¡¡CORRE GORDA, CORRE!! ¡Se iban a escapar con la comida, sin pagarla! El amigo de mi amiguita mexicana corrió bien rápido, pero la amiga gorda, obviamente, no era tan ágil y se retrasó. El fin de la historia fue que el vendedor corrió tras ellos dos y alcanzó a la gorda. Le quitó su celular y le dijo que, hasta que no pagara los dos hot dogs, no se lo devolvería. Triste historia. El amigo de mi amiguita mexicana, no volvió hacia atrás la cabeza. Sólo corrió y corrió hasta esconderse. No regresó a ayudar a la otra. Pobre gorda – pensé ayer. Pobre gorda – pensé hoy, cuando vi en la calle a una mujer bastante obesa comprarse cuatro dulces y una soda. La gordura, la gordura… ¡qué problema, la gordura! Imaginé que la foto de aquella gorda, amiga del amigo de mi amiguita mexicana, estaba pegada en el mostrador del lugar de los hot dogs, con un letrero abajo que dijera RATERA. Imaginé luego, la foto de mi lechuga en un lugar así. Si a ella le ocurriera eso, ¡juro que me muero!
El problema es que no sé cómo pudiese controlar yo, su peso corporal. De veras que no sé. Supuestamente debo terminar tres ensayos sobre Platón. Y leer unas cuantas cosas sobre Husserl (nuevamente). Pero no puedo dejar de pensar en qué hacer para que ella no engorde mucho. Siento gran alegría por criarla, pero a su vez me preocupo. Siento que no puedo controlarla. Siento que no puedo hacer nada para que esa lechuga sea como yo. Siento que soy una egoísta porque quiero que sea como yo, para al final comérmela. Siento que mi mente es retorcida y narcisista. Porque si quiero que la lechuga sea como yo, y me quiero comer a la lechuga, por tanto, quiero comerme a mí misma. ¿Por qué quiero comerme a mí misma? No sé, no sé. Debe ser porque me siento bien sabrosa, como Trista Tzara se sentía bien simpático. Y si me como algo (o a alguien) tan sabroso como yo, pues seré doblemente sabrosa. Quizás es esa la razón. Sí. Quizás. Esa. Quizás.
Ahora vuelvo a pensar en mi maravilloso chiste. A lo mejor, si logro que mi lechuga crea que, a pesar de que existe, no existe, pues no se interese mucho por las cosas de la vida y además no se sienta mal porque yo la vaya a comer. El punto es cómo lo logro. A ver qué filósofo me sirve para justificar mi argumento… a ver cuál. O tal vez resuelva el problema si no le hago un acta de nacimiento. Eso es lo que legitima que alguien está vivo, al menos a los ojos de la sociedad. ¿O no?
No sé para qué me metí en este embrollo. Si yo me conozco. Seré sabrosa, deliciosa, simpática, lo que sea, pero también sé que mi cabeza se complica mucho. Debería encerrarme en una gruta y dedicarme a leer a los taoístas. O a los órficos. O a Berkeley, que también me gusta. O a ver Gossip Girl… no sé.
Por el momento, creo que no le daré a mi lechuga, un regalo que le compré: una cintita azul para adornar su casa exprimidor de naranjas. Es mejor que no se ilusione. Que no crea que recibirá muchos regalos por el resto de su vida. Es mejor que no se ilusione con el hecho de que tendrá una vida.
Qué egoísta soy.
En fin, gracias por leerme.






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Para un cubano, pedir una visa es como vivir una película romántica. Sin final feliz


La verdad es que yo no sé si me reconozco como cubana. O sea, es muy divertido (más que otra cosa), contraponerte a los demás cuando vives fuera de tu país de origen. Es entretenido ver cómo las personas, digan lo que digan, estamos marcados por costumbres, por hábitos, que la mayoría de las veces se cifran por tu contorno específico. La circunstancia de Ortega y Gasset, esa que tanto cito porque me cae bien, se pone una vez más de manifiesto. Entonces, ser extranjero siempre hace que todas las diferencias se resalten más, se agudicen más. Y a su vez, ese efecto hace que muchas veces el extranjero se sienta como elefante en urna de cristal. Diferente. ¿Qué es lo que hace que  esto se pase por alto? Pues que todos salimos de ese señor llamado Adán y de su mujer malcriada (supongo). En esencia somos iguales, igualitísimos, pero cuando nos insertan en las circunstancias, uyyy, ahí sí que cambiamos. Nos transformamos. Vuelvo al inicio, yo no sé si me reconozco totalmente como cubana. Más bien me gusta decir que soy una ciudadana del mundo, como una vez me dijo una amiguita catalana. Me considero ciudadana del mundo no sólo porque ya haya dado algunas vueltas. Eso es lo de menos. Más bien ese sentimiento aflora en mí desde que soy niña. Porque todo aquel que tiene un mundo interior muy rico, todo aquel que crea historias y se las llega a creer hasta confundirse, no puede pertenecer a ningún lugar. O por lo menos no puede pertenecer permanentemente a ningún lugar. En ese extranjerismo, a lo Camus, vivo yo habitualmente.
No obstante hay hechos que indiscutiblemente hacen que uno salga un poco de su “mundo” particular, y caiga de cabeza en ese moldeado por la circunstancia.
He pensado en esto porque hace unos días, andaba yo, como gato con seis patas, haciendo papeles y papeles para irme a España por cuestiones académicas. Y a pesar de tener todos los requisitos, a pesar de pasar dos días en colas y colas, a pesar de que ya fui y regresé de España y de otros países más, a pesar de que incluso vivo en el segundo país ideal para un cubano (por el hecho de que puedo cruzar la frontera e irme al país “feroz y brutal”), a pesar de todo, me dijeron que no. Eso lo pasé por alto, la verdad. Fue darme la negativa y olvidarlo tras una comida enorme en un bufet chino. Pero luego, conversando con otros amigos – cubanos – con un historial de negativas bien extenso, todo este asunto comenzó, digamos, a inquietarme. Comencé a recordar todas los “denegados”, que he vivido a través de otros. Otros cubanos y otros no cubanos. Y la diferencia que pude encontrar entre los cubanos y los no- cubanos fue la siguiente: una fractura enorme en el ego, en el orgullo. Porque, los lamentos por no poder ver a un ser querido en otro lugar, por no poder conocer, etc., ese es igual en todas partes. Lo particular con los cubanos siempre es que hagas lo que hagas, tengas lo que tengas, la respuesta, en casi todos los casos, será NO. Y cuando a uno, sin pensarlo, sin analizarlo, sin tomar en cuenta una serie de factores, sin tener en cuenta nada más que no sea la nacionalidad, le dicen NO, pues se siente como niño a quien le niegan algo sin explicación. Si bien esto es soportable durante un período determinado, vivirlo toda la vida, causa que una pregunta se repita y se repita: ¿por qué razón NO? Respuestas hay muchas: el bloqueo, o que somos posibles emigrantes, o que no tenemos casi nunca los recursos suficientes. Mas ese tipo de respuestas ya se vedan tras una vida entera de NO, NO y NO. Y es que en nuestro país vivimos bajo ese lema. NO es posible hacer eso. No es posible hacer lo otro. NO, NO y NO. Entonces ya ese hecho tan normal que es recibir una negativa, se vuelve en los cubanos, una especie rencor, de impotencia ante no poder entender por qué NO. ¿Qué hay en mí para que la respuesta que siempre deba esperar sea negativa? Ese mismo hecho, supongo, es el que hace que nuestro orgullo propio se acreciente, que nuestro ego se extralimite. Porque tanta negación de cosas hace que se piense más sobre uno mismo, sobre sus virtudes, sobre lo bueno que habita en uno. Entonces, a pesar de que sabemos de antemano la respuesta a casi todas nuestras peticiones, a pesar de que estamos acostumbrados, esa parte narcisista se crece aún más y entra en conflicto. Por eso la frustración, que ligada a todas las demás que son generales para todos, se torna insoportable. Obstinante. Reflexionando sobre esto, no podía dejar de visualizarme (o visualizarnos a todos los de la isla), como en un filme romántico, de esos que se ven los sábados en la noche. Donde todo parece ir bien, donde el protagonista se esfuerza sobrehumanamente, pero al final, lo rechazan y uno se queda preguntándose por qué. Digo película de sábado en la noche porque los domingos corresponde ver comedias, o románticas con final feliz, que alegran la tarde, que provocan una satisfacción interna por los logros del otro, que dan las fuerzas para el lunes comenzar de nuevo.
Creo que esa es la razón por la que todas las instituciones, que son las que más niegan, están cerradas los domingos. Es una estrategia gubernamental de respeto hacia el domingo, porque ese es el día en que se puede tener esperanzas de que las cosas cambien, de que haya final feliz. De esa forma, se puede descansar bien el séptimo día de la semana y así tener un mejor rendimiento en la sociedad, que aparentemente, debe ser feliz. Debe estar llena de esperanzas.

En fin, gracias por leerme. 

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La lógica del autolike


La lógica del autolike
Quizás sea porque vengo de un país donde ahora es que se comienzan a utilizar las redes sociales. Quizás sea porque mi interacción con el mundo virtual se remonta a no más de dos años. O quizás sea porque tengo una mente muy estructurada y lógica. El punto es que ayer, recién levantada, me llevé una gran sorpresa. Estaba yo así, bien traquilita, despertando, feliz por el sonido de los pajarillos. Feliz porque el sol salió como todos los días (al menos aquí en México). Feliz porque era sábado. Y me gustan los sábados. Amo los sábados. ¡Que vivan por siempre los sábados y la reina de España y también Luis XIV, en su tumba! De repente mi felicidad y tranquilidad se vio turbada por un fenómeno al parecer muy importante: el autolike. O sea, que tomo un celular ajeno y se me ocurre darle “like” a una publicación que esa personita había subido. Entonces sentí un grito: NOOO. Y yo QUÉEEE!!! Y esa personita AHHHH. Y yo OHHHH. Luego de los sonidos onomatopéyicos, pregunto qué ocurre. - ¿Cómo vas a dar like a algo que yo puse? Lo primero que hice fue disculparme pero acto seguido pregunté por qué. - Es que eso se ve mal. Dar like a algo que uno mismo haya publicado. Y yo volví a preguntar por qué. - Porque eso no tiene sentido. Y vuelvo a preguntar por qué. - Porque el autolike es lo peor que hay. Y como podrán imaginar, volví a preguntar por qué. - Porque si lo subo es lógico que me gusta. Ahí mismo mi cerebro comenzó a trabarse, a bloquearse, a soltar chispas. -Pero sigo sin entender. Yo siempre me doy like a publicaciones que subo y que me gustan. Porque todo lo que subo, no necesariamente me agrada. – A ver, vamos a preguntar a otra persona. Acto seguido hicimos la pregunta a otra personita que estaba aquí. Y esa personita gritó: NOOO. Y yo QUÉÉÉ!!! Y la otra personita AHHH. Y yo OHHHH. Las dos personitas se miraron. Yo miré a las dos personitas. - Es que darse like a uno mismo se ve mal. - Eso mismo le dije yo a ella, personita número dos. Yo seguía en las mismas, sin entender la lógica del asunto. A ver chicos – exclamé – ¿quién ha dicho que porque yo suba una cosa significa que me gusta? Si yo subo una noticia sobre un terremoto, quiere decir que me interesa esa noticia pero no que me guste. Si yo subo una foto de un pastel de chocolate, pues la subo y además es algo que me gusta. Así que le doy like. Si subo a mi muro una foto mía en el Pacífico, frente al mar, pues me gusta. Y si subo el video de un chino bailarín que recién ha ganado un premio muy importante, pues a pesar de que lo comparto con otros, no me gusta. Entonces no le doy like. Ellos me miraron como si lo que yo dijera no tuviese mucho sentido. Yo los miré a ellos como si lo que ellos dijeran no tuviese mucho sentido. Los pajarillos nos miraron como si lo que ninguno de los tres dijera tuviese mucho sentido. Yo entiendo que los pajarillos nos puedan mirar así porque los pajarillos hablan idioma pájaro y no español. Entonces es comprensible que no entiendan nada. Pero entre nosotros tres, personas que hablamos el mismo idioma, personas que casi tenemos los mismos referentes culturales e intelectuales, pues no logro comprender la incomprensión. Monique – me dijeron – no es normal. No se ve bien en las redes – dijo la personita número dos. Es que incumples la dinámica de las redes sociales, de interactuar con los otros. Si te das autolije no estás interactuando con los otros. Yo, una vez más pregunté por qué. En mi cabeza, en primer lugar, que subas una cosa a Facebook no implica necesariamente que te guste, quizás sí que te interese mas no que te guste. Además – continué diciendo- que yo me dé un autolike no significa que se fracture mi interacción con los otros. Porque den like los demás o no, ellos están viendo. Siempre ven todo. Siempre espían. El ser humano es chismoso. Es morboso, le gusta saber sobre los otros. Y Facebook se hizo para complacer a eos seres humanos. Es como la matrona de un burdel holandés que pone a tu disposición una serie de personas que puedes fisgonear y si te atraen, pues las contactas, te haces parte de algunos de sus momentos, hacen que chorree tu boca y te dan la oportunidad de que le des like. De que te guste.  Sin contar que esa misma red social te da la posibilidad de que puedas subir cosas a tu muro y que sólo tú las veas. Ergo, tú solamente puedas dar like. Las dos personitas continuaron insultadas. Y como suele pasar entre amantes de la lectura, buscamos un artículo sobre el tema. Cuando comenzamos a leerlo, mi cerebro, una vez más quería comenzar a echar chispas. En el texto decía que una persona que se da un autolike tiene problemas de personalidad, de identidad y que se asemeja un niño que juega con su amigo imaginario. Las dos personitas se murieron de risa. Pero a mí eso no me hizo ni la más mínima gracia. Porque yo no tengo problemas de personalidad ni de identidad. Y para colmo nunca hablé con un amigo imaginario. Cuando más, hablo con mi conejo en la pared, con mi pony y con mi unicornio. Pero esos no son amigos imaginarios, esas son mis mascotas. Es diferente. Y yo jamás anduve por ahí hablando con ningún Pedrito, ni Matilde, ni Carlos. A mí nunca me gustaron  las personas ni los amigos. Así que no podía auto-reconocerme en ese comentario que según, describía un padecimiento psicológico que yo tenía.  Ellos continuaron riéndose. La verdad sigo sin entender por qué. Luego se fueron y yo me quedé sola. Pensando en ese asunto. Como suelo hacer, me senté en la banca de mi cocina, observé fijamente a mi conejo y fumé.
Ya tuve muchos problemas con eso de los emoticones. Y aunque ha pasado cierto tiempo sigo sin entender esos códigos. También tuve problemas con los mensajes que se dejan en leídos. Yo veo que a todos les insulta que los dejen en leídos y no respondan. Es lo peor que puede pasar. Yo lo veo como algo bueno. O sea… ¡la persona a la que le mandé el mensaje me leyó! ¡Listo! Eso es lo importante. Me responderá cuando quiera. Malo que no me lea nunca, pienso yo. De igual forma he comenzado a tener problemas con otra serie de emoticones que no son dibujos sino letras. Es decir, alguien me escribe y me envía esto: XD. Para mí, eso es una X y una D. Y lo que se me ocurre es responder con una: YE, para seguir la lógica. Después de la X viene la Y y después de la D viene la E. Entonces a XY le sigue YE. Pero yo estaba errada. La XD es una carita con una sonrisa muy grande. Yo pensé que mi comprensión de las redes iba a terminar con esos asuntos, pero no. Ahora viene lo del autolike. Y que necesariamente lo que yo suba en mi muro tiene que interesarme y me tiene que gustar. Si no lo hago, pues tengo trastornos de personalidad y soy una niña con amigo imaginario. Yo quisiera saber qué lógica sigue eso – le dije a mi conejo. Porque la verdad no tiene ninguna. Obviamente, mi conejo que es un conejo muy ilustrado y que como siempre está dibujado en la pared, tiene mucho tiempo para reflexionar, pues me dio la razón. Tantos siglos de lógica formal, de razonamientos para esto, conejo… ¡Qué desperdicio la humanidad!
Yo quisiera saber qué pasaría si Obama, por ejemplo, que seguro se ha dado un autolike alguna vez, leyera eso. A ver quién le dirá esquizofrénico a un presidente. Imaginé que yo le escribía una carta a Obama y le comentaba eso. Luego Obama se insultaba tanto como yo y mandaba a detener a la señora que redactó el texto. Lugo yo iba a visitarla a la prisión y le decía: ¿sabes qué? ¡La razón por la que estás en este lugar soy yo! ¡JAJAJAJA! Fue lindo imaginar eso, pero desgraciadamente si le escribo una carta a Obama, él no me responderá.
Seguí pensando en el autolike.
Incluso es positivo como promoción. Porque si le doy like a un post viejo, automáticamente se activa y más personas lo ven y (supuestamente) lo leen. Así que como estrategia comercial está bien buena la idea de darse un automegusta. Pero no, esas dos personitas continúan clavadas en su idea de que eso se ve mal. Que no tiene sentido. Que es deprimente. Y que muestra problemas de personalidad.
Yo, la verdad me siento muy sola en este mundo. Y a pesar de que no estoy de acuerdo con lo que piensan, sé que quizás puedan tener razón en la dinámica irrespetuosa de la lógica en la que nos movemos. ¡Oh Dios, oh Dios, qué problema! Yo asocio subir cosas a Facebook a hablar. ¿Quiere decir esto que me debe gustar todo lo que digo? Y me pregunto, ¿a la vez, no es una expresión incluso más narcisista, más ególatra, más deprimente esta, que elegir qué me gusta y qué no, a pesar de lo diga? ¡Así no avanza el conocimiento! Ahora tengo miedo subir cosas. Incluso tengo miedo subir esto. Pues mis instintos dicen que debo dar like (porque me gusta), pero tampoco quiero ir por la vida pareciendo una chica que habla con un tal Carlitos a quien nadie ve. Porque las redes, como bien ya he dicho, son ahora la vida. La vida real. Entonces imagínense… Mejor me pongo a leer a Maquiavelo. O a Levinas. O a Platón, que obviamente no requieren un análisis tan profundo como el de reflexionar acerca del autolike, pero bueno, así disimulo un poco mi inconformidad con la lógica actual. Y oculto mi supuesta esquizofrenia.

En fin, gracias por leerme.





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Vivir entre círculos cuadrados


Estando aquí. Estando allá. Comunicándome con aquellos a quienes quiero de maneras insólitas. Esperando sus respuestas. Canalizando el extrañar. Canalizando las alegrías. Canalizando los dolores en el abdomen. Canalizando los deseos de verlos. Pero aun así se sobrevive, porque siempre está la esperanza. La esperanza que imaginamos. Entonces cierro los ojos. Y puedo verlos a todos. Y puedo reír con todos. Y puedo decirles adiós sin temer a las despedidas.
De esa forma pasan los días. Pasa uno, pasa otro. Luego otro. Y se continúa viviendo a través de lo imaginado. De la esperanza imaginada. Por eso me da igual la realidad. Me dan igual los “hechos reales”. En mi cabeza el tiempo corre diferente. El espacio no se fractura. No existen los sitios en lugares determinados. Puedo conversar con mi sobrina sentadas ambas sobre un caracol verde. Puedo gritarle a mis amigas dentro de una taza de té. Puedo pedirle favores a mi familia a cualquier hora del día. Los domingos dejan de ser domingos si quiero. Puedo escuchar música sabatina por entre las tuberías de mi departamento. Puedo, con huevos podridos crear historias y cocinar delicias. Si Husserl dice que un círculo cuadrado puede existir desde el momento en que puedo pensar en él, pues entonces todo lo que está dando vueltas dentro de mí puede ser tan real como la Avenida Juárez. Como la Rampa. Como George Street. Así que para mí, la esperanza no es aquella ensoñación, aquel deseo de que algo se cumpla. La esperanza es lo que esperamos y se cumple en el instante en que yo quiero que se cumpla. D la forma en que yo quiera. Y con quien yo quiera. Espera diferente porque la imagino: rápida, sin prolongaciones.
Por suerte esa tendencia que tengo (o tenemos todos), a vivir hacia adentro, no se extingue de ninguna manera. No pasa como con los cigarros. Puedo irme de un lado a otro sin limitarme, sin gastarme. La piel no se consume. Los ojos no desaparecen. La lengua sigue igual de húmeda. Pase lo que pase.
En fin, gracias por leerme.

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Maldito Perri que no se muere


Hoy pasé la mañana con el maravilloso pensamiento de que el perro de mis vecinos se había muerto. Debo reconocer que la alegría me consumía. Es difícil que yo esté muy de buen humor los domingos. Pero un hecho como ese es una de las pocas cosas que me puede sacar una sonrisa el séptimo día de la semana. Asumí que estaba muerto porque hace día no siento a sus dueños. Creo que salieron. O se han ido de acampada. O a otra ciudad. También llegué a pensar que estaban en casa de la mamá de ella, mi vecina, porque el bebé que recién tuvieron se había enfermado. O también pensé que quizás el bebé estaba grave en el hospital, o que se había muerto y andaban de luto en algún lugar tropical, para olvidar las penas. No sé… es que no lo he sentido. Y los bebés se sienten. Y mucho. Entonces, ese perro, llamado Perri, lleva días solo en el patio, sin poder entrar a la casa, lleno hasta la médula de sus propios excrementos y además, mordisqueando una botella de cloro vacía.
Si el perro estaba muerto – pensaba yo – pues ya tendría que llamar a la encargada del edificio para que localizara a mis vecinos y se ocuparan de ese desmadre. O si no, esperar, esperar pacientemente a que regresaran y se encontraran con ese regalo, medio putrefacto y lleno de moscas, excremento y residuos de cloro.
Pensé que estaba muerto porque, cuando me levanté, fui directo a la ventana. Lo vi ahí, echado sin moverse, con un montón de insectos a su alrededor. Tiré un poco de ceniza del cigarro que fumaba, a ver si se movía. Pero nada. Adiós al ruido, a la bulla, a la peste que sube y me inunda: peste de la ciudad, peste de las cañerías y peste del perro, todo impregnado en mi ropa. Ahora todo estaría limpio. Ropa con olor a suavizante. Pulcritud.
Pero no.
Tras un shhhhh, el perro brincó y me observó. Comenzó a ladrar. Ya mi sonrisa se borró. El domingo volvió a ser lo de siempre. Me puse a pensar en lo resistente que es ese animal. Cuando llovía cenizas, aquí en Puebla, también lo dejaron fuera. Y también tuve la esperanza de que se muriera. Y también sonreí. Maléficamente. Pero nada. Soportó lo que yo no pude, que por tragar un poco de polvo volcánico, estuve dos semanas tosiendo sin parar. Pinche perro – pensé en aquel entonces y hoy. Luego de terminar de fumar y con la decepción a flor de piel, me puse a desayunar. Tras cuatro cigarros y una vitamina, terminé corriendo al baño a vomitar lo que había comido, lo que había fumado, lo que había tomado. Luego, mientras escribía, me enganché un anzuelo que tengo en la muñeca, a la ropa que traía puesta. Y para rematar, me quemé. Con el quinto cigarro me marqué el muslo izquierdo (siempre el izquierdo porque soy comunista… o sea…) Luego de esas pequeñas cosas, y porque soy pequeña, me puse a reflexionar pequeñamente. Estoy sorprendida por la resistencia o fragilidad. La resistencia o fragilidad de ciertas cosas, de ciertos objetos, de ciertas personas. La corporalidad, la corporalidad que es tan frágil. Lo corpóreo que por ser corpóreo ya está expuesto a una vulnerabilidad tan grande, tan deprimente.
Imaginé que me dejaban sola una semana, encerrada en un patio, llena de excrementos y con sólo una botella de cloro. Imaginé cuánto duraría en esas condiciones. Menos que Perri, seguramente. Intenté pensarme abriendo la boca y sacando la lengua como gorrión,  tomándome el agua de lluvia. Intenté pensarme cayéndole atrás a una rata, una cucaracha, un insecto, lo que fuera, para comer. Intenté pensarme mordisqueando una botella de cloro vacía, a mí que como saben, me gusta tanto el cloro. Probé a morder la mía, pero mis dientes ni lograron mancillar la botella. Intenté convertirme en perro. Cerré los ojos y pensé que me salían pelos como los de Perri. Y orejas como las de Perri. Y dientes como los de Perri. Porque, a ver, uno no sabe qué pueda pasarle en la vida, y más cuando uno está solo, o medio solo. Así que mejor aprender a sobrevivir en esa calamidad durante una semana. Digo, por si acaso. Mi amiga colombiana muchas veces se imagina sin un brazo. O más bien imagina que su brazo no es parte de ella. Aunque para ésta, dicha idea se mueve en un plano más metafórico, más existencial, yo lo interpreto  como aprender a vivir sin partes de uno, o más bien aprender a vivir dejando de ser lo que uno piensa que es: algo con dos brazos, algo con dos piernas, algo con un tórax, algo que no aguanta una semana encerrado en un patio sin comida. Pero eso para mí es imposible.  Creo que tengo el cerebro demasiado limitado. O soy un objeto demasiado vulnerable, como una taza. Todo está en tu cabeza, Monique – me dije. Lo único que debes hacer es dejar de pensar en ti como un algo que se rompe y verte como… no sé… como Perri. Tener el cerebro más abierto, más resistente. Y en serio lo voy a intentar. Voy a empezar por ladrar. Ladrar todo el tiempo. A ver si me olvido de hablar. Eso sería un buen comienzo. Ladrar hacia afuera para luego ladrar hacia adentro. Y es que en el fondo, lo que me altera es saber que un perro puede ser más resistente que yo. Que un perro no se preocupa tanto por mi vida como me preocupo yo por la de él. Que un perro no mira hacia arriba para saber lo que hago, como siempre ando yo mirando hacia abajo. Que un perro ni le va ni le viene que yo me muera. Que ese perro es como una estrella de cine y yo no más soy muy ególatra. Maldito Perri.
Voy a ladrar.
 Jau jau jau jau jau jau. Jau jau jau. Jau. Jau jau.

En fin, gracias por leerme. 

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Sobre Fidel, el papá de todos los cubanos y sus enseñanzas.

Ayer hablaba con alguien muy querido de mi tierra. En algún momento de nuestras extensas divagaciones telefónicas, le dije, - Oye, ¿ya felicitaste a tu papá por su cumpleaños? Ella me respondió – Yo no tengo papá. Mi papá está muerto. – ¡ Pero cómo dices eso!- exclamé. ¡Todos, absolutamente todos los cubanos tenemos mínimo dos padres! Uno, nuestro papá biológico. Y el otro, obviamente, es nuestro querido comandante. Quien nos dio la libertad. Quien nos dio escuela. Quien nos dio trabajo. Quien nos enseñó a pensar. – Pero el que nos enseñó a pensar fue  José Martí , Monique. Te has equivocado de fecha. – A ver, a ver, le dije, Martí sí, cierto. Pero Martí, quien nos enseñó a pensar, más bien es como un tío cercano que  nos inculca un par de ideas interesantes que nos definen a lo largo de nuestra vida. Pero nuestro papá, el papá en común que tenemos todos, no es él. Tú sabes muy bien a quién me refiero es. – ¡Ay niña, por Dios!  Pero ese no es mi progenitor. – Mmmmmm –  refunfuñé. ¿Cómo reniegas así de tu padre? ¡Ese es el hombre más importante de nuestras vidas! Es decir, mi papá, el que puso los espermatozoides es importante, pero es que el papá de mi papá, y el de mi abuelo, es mi papá también. Y si mi padre, el del espermatozoide pudo contribuir a mi nacimiento, fue porque ese otro papá, el más importante lo permitió. Además, él hizo que todos nosotros fuéramos personas. Antes, antes no éramos nada. O sí. Éramos como perritos hambrientos, o como monitos irracionales. Luego, gracias a sus  conocimientos y su ayuda, pues evolucionamos y nos convertimos en seres humanos, y no sólo seres humanos,  ¡también en hombres de bien! Tenemos que agradecerle no ser monos de feria, al servicio del Capitalismo brutal, del Capitalismo feo. Del Capitalismo con ropa bonita pero sin virtudes, sin respeto. O sea yo no puedo respetar a un señor presidente que se vaya a nuestro país a participar en un show humorístico televisivo y que luego salga dando un discurso sobre limar asperezas y ser amiguitos. Yo no quiero ser amiguita de una persona así. Yo quiero ser amiga de alguien con templanza, de alguien excepcional. Y sobre todo, yo quiero ser la best friend de alguien a quien le dediquen canciones de la mejor calidad en cada uno de sus cumpleaños. Canciones que salen del corazón, canciones del alma. Es más chic tener un amigo así. Un hombre que inspira, que hace aflorar las dotes artísticas de un país entero. Y eso, que recuerde, en los últimos setenta años, sólo lo han logrado con ese nivel de devoción, dos presidentes: Hitler y nuestro papá. Eso es admirable. Y aún así, nuestro papá tenía una ventaja. – ¿Cuál?- me dice mi amiga. Pues que era bien guapo. Y ya Nietzsche lo dijo: la gente fea no logra nada en la vida. Hitler estaba feo, pero Dios lo ayudó un poco precisamente porque vio que era tan feo y chiquito que le dio la oportunidad de experimentar qué era la grandeza. Pero a nuestro papá, Dios sí no lo ayudó. ¡A él no lo ayudó nadie!
No sé por qué razón, continué hablando como papagayo sobre las proezas de mi padre el comandante. Y es que yo siento una incontrolable devoción por ese hombre. Gracias a él no sólo me convertí en persona, sino que he aprendido muchas lecciones de vida. Lecciones que muchos malagradecidos pasan por alto. Gente que debería eliminarse por no tener la capacidad de entender lo bueno que es y ha sido siempre. Un poco duro, la verdad, pero como mismo se comportaba ese, mi amigo Dios, en el Viejo Testamento, así mismo se comporta mi papá. Nos aprieta un poquito, pero todo por nuestro bien. Así que, continuando con mi monólogo, comencé a enumerar algunas de las cosas que él me ayudó a enfrentar y entender.
Primeramente – le dije a mi amiga - él me enseñó a que uno debe vivir en un país donde la medicina debe ser gratis. Imagínate vivir sin eso. Y más en nuestra isla. Imagina vivir sin calmantes o sin medicamentos para controlar el hambre o controlar la ansiedad. Si no hubiese aprendido con él la importancia de una pastilla para soportar ciertas cosas, ciertas carencias, ciertas insatisfacciones, pues ahora no podría vivir donde vivo, donde hay que calmarse sí o sí. También me enseñó a que en un país, el ron debe ser barato. Digo, por si faltan las pastillas, poder controlar la ansiedad con el alcohol, ese que hace que todo se vea más bonito. Por esa razón es que nuestro país y nuestro sistema es una maravilla, es muy lindo, es perfecto, el paraíso y estos lugares capitalistas son feos. Y es que aquí las bebidas alcohólicas y los medicamentos son muy caros, entonces no tenemos la bendita oportunidad de apreciar la belleza tal y como es. Me enseñó también a vivir separada de las personas que más quiero. Y a entender que no es necesario convivir con ellos, que no es necesario atenderlos. Me forzó a mí y a muchos a buscar nuevos horizontes y no mirar atrás, a no ser que mi mirada se volcara hacia al pasado tras unos cuantas copitas de vino. ¡Eso no lo enseña ningún presidente! Pues uno se separa de la familia por razones muy banales, muy poco filosóficas. Pero en nuestro país, nos separamos por temas abstractos: porque hay que hacerlo, porque sí.. Porque es la única salida. También por una cuestión de solidaridad. O sea, somos una isla bloqueada por el horrendo Estados Unidos. Por esa razón, los medicamentos y el alcohol pueden faltar si somos demasiados. ¿Y cómo uno vive sin pastillas y sin alcohol allá? Entonces, los que podemos, nos vamos para que esos, que siguen allá, puedan tener acceso a aquello que los hará sobrevivir y ver bien bonita su realidad. Eso es tener un espíritu altruista, que sólo ha logrado él que un pueblo entero tenga. Por eso todos nos queremos ir. No por razones personales, sino porque así ayudamos al otro. Nos convirtió en seres extremadamente solidarios. Me enseñó igual a tener una visión de la vida totalmente proyectada a disfrutar cada momento y no pensar en el futuro. Ese es el caso de mi papá, el del espermatozoide. Que toda su vida la dedicó a ayudar a mi otro papá, el comandante, sin pensar en un futuro tranquilo y plácido. Sin pensar en hacer del mundo un lugar mejor. No. Más bien lo preparó para entregárselo todo y que luego en su vejez, éste mi papá biológico, se contentara con recordar. Recordar y recordar. Lo enseñó a olvidarse de su situación actual. Así, mi padre no conoce la depresión porque vive entre recuerdos y cuando va a a pensar en la actualidad, pues ahí mi papá el comandante le proporciona los calmantes o el alcohol y de nuevo la vida vuelve a ser bella. Me enseñó igual a que incluso en sistemas socialistas, las personas tienen un momento de caducidad. Y cuando no son factibles, no son útiles, pues se desechan: ya sea que deban desaparecer, que los encarcelen, o que anulen sus vidas. Eso está muy bien. En la República, Sócrates y sus amigos también querían hacer lo mismo. ¡Qué inteligente y culto mi padre el comandante, que leyó a los clásicos griegos! Otra cosa importante es que me hizo encontrar mi vocación. Tengo un blog donde hablo sobre mí y las cosas que me ocurren. Eso es algo que se estila muchísimo en todas partes. Mas, como crecí en esa isla donde no teníamos acceso a las cosas banales de la vida, donde no habían ni Reallities, ni Kardashians, ni nada de eso, pues yo aprendí a hablar sobre mí, a redactar sobre mí, gracias a sus discursos de ocho horas y sus deliciosas reflexiones compiladas en libros, lanzadas en los periódicos. Yo soy ególatra gracias a mi papá el comandante, quien también lo es. ¿Comprendes? – Sí, sí, comprendo – respondió mi amiga. Y supongo que lo otro que me enseñó, pero que aún no logro implementar, es de cómo hacer que millones de personas me amen. Rectifico, que millones de personas que no entienden mucho de redes sociales, me amen sin necesidad de dar un like o seguirme en Twitter. Eso, eso, amiga mía, es algo sublime.  Se relaciona igual con la bendición que es tener medicina gratis y alcohol barato: porque si la cosas se ponen feas, si siento que mis admiradores me detestan, pues les doy la pastilla o el trago y vuelven a amarme. ¡Lindísimo! Las otras implicaciones positivas que tiene vivir en un país con esas necesidades básicas cubiertas, pues no son necesarias exponerlas, porque todos sabemos lo importante que es no tener que pagar operaciones, o medicamentos. También sobra hablar de la educación, gratis igual. Nada se compara con estudiar gratis, tener una carrera gratis. ¿Que tengamos que pagarla cumpliendo un servicio social obligatorio durante tres años? ¿Que si no lo hacemos nos invalidan nuestro título o certificado de estudios? ¿Que luego no sirvan esos estudios para prácticamente nada en mi país porque pierdes el derecho a ejercerlos? Eso es secundario. Lo importante es el estudio con dos objetivos: para aprender y para ponerlos de manifiesto luego en nuestra isla... si nos dan permiso.
Mi amiga, que nunca había pensado en estas cosas desde dicha perspectiva, se sintió culpable de haber rechazado al principio, la idea de que nuestro comandante es la persona más importante de nuestras vidas, nuestro papá. Recordó entonces lo imprescindibles que habían sido esas cosas cuando vivía en Cuba. Entendió también, filosóficamente hablando por qué había dejado a su hijo, a su madre, a sus hermanas, a su perra, su casa, su vida, su departamento, en pos de emigrar a un país donde está sola y sus días pasan entre el súper y su trabajo. Entendió de dónde provenía esa fuerza de carácter que hizo que pudiese soportar todo eso.  Entonces, como donde vive ahora las pastillas no son baratas, pero en cierta formas, sí el alcohol, la exhorté a que se comprara una botella de licor y brindara a la salud del noventa cumpleaños de nuestro padre. Creo que lo hizo, pues no supe de ella en el resto del día.
 Por mi parte, yo al principio no quería hacerlo, para ahorrar un poco y no malgastar. Pero luego pensé en todas las enseñanzas de mi papá el comandante, en la vida que me ha hecho llevar, en la vida de mi padre, el de los espermatozoides, en la de los amigos que fueron inservibles y los desaparecieron para que no contagiaran al resto, en los estudios, en el calor, en la separación… Entonces me fui directo al mercado, compré una botella de añejo, me serví un trago, luego otro y otro y otro. Y ya bien contenta, bien feliz, bien agradecida, me inspiré e intenté componer una canción en su honor. Empezaba diciendo, Felicidades papá en tu día.

En fin, gracias por leerme. 

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Una vidente, Sodoma y Gomorra y las bananas. También está incluido Pokémon go: en fin, paseo de domingo




 

¡Ay los domingos! Que una sale a caminar sola, a reflexionar, a mezclase con la gente.... Gente y más gente. Gente rodeada de pompas de jabón.

Pues hoy salí con el objetivo de comprar bragas y verduras. Relación esta increíble a mis ojos. Entonces, mientras caminaba por la calle Cinco de Mayo, calle repleta de pompitas de jabón, encontré a una vidente.  La mujer, en una esquina gritaba: ¡leo la mano, leo la mano, vaticino el futuro! Casualmente, yo venía pensando en ello, en el futuro. Porque el futuro… mi futuro está un poco perdido. Yo supongo que está perdido y más ahora, porque he decido quitarme mi pulsera de la orientación. Y bueno… como ando sin saber cuál es la derecha y cuál la izquierda, pues la nebulosa espacial y emocional se bifurca, se transparenta, se vuelve papelito volador. Pues bien, que siento a la vidente gritar y gritar y me pregunto, ¿por qué no? Quizás ella tiene la respuesta.

Me acerco y sin más, con mi acento cubano mal educado le digo: Oye, ¿cuánto me cobras por leerme la mano? – Treinta pesos-  me responde. Lo pensé unos segundos. O sea... treinta pesos cuesta una cemita. Y la cemita me nutre, me alimenta, me llena. Pero también saber el futuro podría nutrirme, alimentarme, llenarme espiritualmente. Así que me lancé. Limpié mi mano (porque andaba tomando un helado) y esperé impaciente conocer mi destino (Tan tan taaaaan).

 La señora me acarició la mano con cierto erotismo. Creo que me ruboricé. Su vestido largo, ajustado, me simulaba más que era ella una “señorita de compañía” que otra cosa. Pero igual no juzgué. Se puede ser prostituta y leer la mano. No son dos cosas excluyentes. De hecho, las prostitutas, toman muchas manos y leen muchas manos… Quizás por eso me la acarició de esa forma, pensé. Y me sentí bien por esa señora tan versátil. Yo no tengo esa versatilidad. Yo sólo sé escribir (¿sé escribir?). Y maullar (¡Miauuuuuuuuuu!). Y reflexionar sobre cuestiones muy pero muy profundas (eso ya está más que claro…) Así que en silencio admiré a esa mujer señorita de compañía y vidente.

Al minuto de estarme acariciando y acariciando, cerró los ojos. Respiró profundo. Lanzó un suspiro. Y se quedó quieta, mirándome las líneas de la mano. Lo primero que me dijo fue que viviría mucho tiempo. Yo le respondí que lo dudaba. Porque fumo como desquiciada. Y porque siento que tengo muchas enfermedades. Y que bueno, que si no me moría de un enfisema o de cáncer, terminaba suicidándome. Ella abrió los ojos y exclamó. ¡No, no, no diga eso señorita! ¿De compañía?- pensé. Luego me dijo que en el plano profesional me iría muy bien. Que llegaría lejos, muy lejos (y yo, que ya llegué a Nueva Zelanda...), que ganaría mucho dinero y que sería independiente. ¡Oh, qué bien! ¿Podré tener una tina grande y darme años de leche y rosas?- pregunté riendo, pero creo que no entendió mi chiste. Luego vino la parte del amor. Sí, sí. ¡Dígame, qué me depara mi futuro amoroso! ¿Terminaré como señorita de compañía… o con una señorita de compañía?- pensé. La línea del amor dice que le depara una gran pasión y que esa pasión le acompañará por largo tiempo. ¿Y si no creo en la pasión? – pregunté. Pues crea o no, ese es su futuro. También hay alguien que la ama mas no expresa su sentir. Pídale a San Judas Tadeo que haga que se confiese. Así podrá vivir plenamente. ¿Y ese señor, Judas Tadeo, va a hablar con ese chico para que se confiese? – Pues sí, hable con él, récele y él hablará con el joven. – ¿Y si puedo hablar directamente con Dios? Porque mira, aunque no lo creas, yo tengo una conexión muy especial con Dios. Él me escucha. – No, no. Es con San Judas Tadeo, no con Dios.- ¿Pero si Dos está por encima de todos los demás? Debe aprender que cada santo responde a un problema. – O sea, que Dios es para asuntos más generales. Maldita burocracia divina… En fin, que continué escuchándola. Me dijo también que alguien me perseguía y que yo inconscientemente perseguía a alguien. Pensé en Pokémon go. Yo quiero perseguir a un pokémon. Quizás a eso se refería. Y el que me persigue a mí, puede ser… no sé… quizás un pokémon igual. Para finalizar me señaló que algo bueno me pasaría hoy. ¡Ehh! Eso me gustó. La felicidad en unas horas vendría a mí. Así que sonreí, le di las gracias y le entregué el dinero. Una cemita menos, pero ya conocía mi futuro. ¡Qué maravilla!

Continué caminando esperando una cosa buena. ¡Y sí que encontré una cosa buena! ¡Uvas a quince pesos el kilo cuando cuesta normalmente sesenta! Me di por satisfecha y continué mi camino. Como me quité mi pulsera de la orientación, pues me perdí y terminé en un mercado callejero, en una zona no muy buena, pero que por muy poco dinero puedes comprar muchas pero muchas cosas. Entre ellas, muchas pero muchas bananas. Y toda feliz, caminé sobre mis pasos para regresar a casa. Mas, andando y andando, algo comenzó a inquietarme. Las cartománticas, videntes, etc, no son amigas de Dios. Yo soy amiga de Dios. Como Dios es una estrella pop y se molesta con facilidad, temí que se molestara conmigo. Eso no puede ocurrir porque es con la persona que más hablo aquí. Temí. En mi miedo encontré una iglesia.

Estuvo bien. Pues llovía. Y la verdad no quería empaparme. Porque podría morir. Aunque la señorita de compañía y vidente me dijo que viviría muchos años… Pero bueno, ¿cuánto es mucho? Pensé en la teoría del montón. Todo es relativo, todo es relativo. ¡Noo!- grité y pasé a la iglesia con todas mis compras. Como siempre, silencio sepulcral. Aunque había bastante gente. Yo creo que las personas van a las iglesias, o los domingos, o cuando llueve. Es un buen lugar para guarecerse: tranquilo y gratis. Me quedé un rato en silencio, disculpándome con Dios por haberlo traicionado en nuestra amistad forever. Luego vi que también estaba ahí el señor Tadeo. ¡Qué bien! Lo saludé: Hola señor Judas Tadeo. Creo que no es casual que esté en la iglesia de nuestra señora de la soledad y que lo encuentre. Mire, una cartomántica me dijo que debía hablar con usted. Yo soy muy amiga de Dios, pero por razones burocráticas, creo que el asunto que me ocupa debo resolverlo con usted. Le  conté lo del joven que me ama en silencio. Y también de que alguien me perseguía y que yo perseguía a alguien inconscientemente. Le dije también que prensaba que era un Pokémon quien, y a quien, perseguía. Estuvo bien hablar con el Señor Tadeo. Él es amigo de Dios, así que supongo que no hay problema alguno. Luego me desconcentré porque alguien rezaba y sollozaba a mis espaldas. Y es que yo quería saber el por qué de su llanto. Pero en eso llegó el cura y comenzó la misa. ¡¡¡Una misa!!! ¡Qué bien! – pensé.

La monjita, una viejita bastante maltrecha la verdad, tocó la pianola y comenzó a cantar. Los demás igual cantaron. Yo no canté porque no me sé las rolas divinas. Pero bueno, Dios, la monjita maltrecha y el cura saben que lo apoyo desde mi silencio. Luego el cura nos habló sobre dios. Y repetía: El señor Dios, el señor Dios. Qué pena. Yo no le digo señor a Dios. Pero bueno, es mi amigo. Hay confianza. Luego se sentó porque el pobre estaba muy viejo (el cura, no el señor Dios), y la monjita maltrecha comenzó a leer pasajes de Sodoma y Gomorra. En ese punto me dio hambre. Pero quería escuchar lo que leía la monjita maltrecha. Es que yo amo el Génesis completo. Así que abrí mi bolsa y saqué una de mis maravillosas bananas. “Empezaba a anochecer cuando los dos ángeles llegaron Sodoma”- Anjá, anjá, exclamé mientras mordía mi banana. Y así fue avanzando, mientras yo, a la vez avanzaba con mi banana. Hasta que terminó y yo terminé también de comer.

Amén.

Las bragas, las bananas y Sodoma, linda relación, pensé. Hubiese deseado decirle esto al cura, o a la monjita maltrecha, pero estaban muy lejos y ya comenzaban los cánticos de nuevo. Así que se lo comenté al señor Tadeo. Porque todo en esta vida guarda relación. No es en vano que haya parado a que una vidente señorita de compañía me vaticinara el futuro, cuando me disponía a comprar bragas y bananas. Y tampoco es casual que luego haya encontrado muchas bananas en el mercado y que hubiese entrado a una iglesia donde leían esos pasajes y que hubiese comido una. Y tampoco es algo casual que quizás un pokémon me persiga y yo lo persiga y que el Señor Tadeo estuviera en esa iglesia y que la iglesia se llamara nuestra señora de la soledad y que el cura se sentara y que la monjita estuviera maltrecha y que fuera domingo. Todo, todo tiene relación. Así que imaginé la historia del cura y la monjta maltrecha. Y de cómo las bananas podrían estar implicadas. Y cómo seguramente la señorita de compañía vidente también visitaba esa iglesia. Y de que todo había sido un plan para que yo terminara ahí… comiendo una banana. Que es amarilla. Como uno de los pokémones. ¡Así que resuelto el misterio! ¡El pokémon al que persigo y que me persigue es ese Amarillo! ¡Gracias señor Tadeo!- exclamé y salí de la iglesia. Dejé la cáscara dentro para que los demás entendieran las conexiones celestiales que yo había establecido. Es decir, sé que es difícil llegar a estas conclusiones tan elevadas. Pero nadie sabe si un Holmes, experto en deducciones también pasara por ahí y comprendiera. Quién sabe si ese Holmes es el que debe decir que me ama y con esa muestra entiende lo que debe hacer. Y bien contenta, regresé a casa, directo a leer la Biblia, prender una vela y a descargar la app de Pokémon go.

Ese señor Tadeo es bien buena gente, la verdad.

En fin, gracias por leerme.

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Sobre caerse de una bicicleta. Sobre dos pizzas, una con queso Rocquefort. Y sobre la imaginación.




Andaba yo, hace dos días, a las tres de la madrugada, intentando montar bici. Como la imaginación y la realidad son dos hermanas siamesas, que a pesar del parecido, no son iguales, en mi imaginación montaba yo cuan caballito alado. La ligereza era aquello que me caracterizaba. La ligereza y yo. Yo y la ligereza. Mas luego vino la realidad, aquella en que olvido que una bicicleta tiene frenos y que el manubrio debe aguantarse fuerte y recto. Entonces, evadiendo un auto, terminé yo, la ligereza imaginada yo, tumbada en el suelo, muerta de risa, con el pantalón rasgado en la rodilla y ahí, en el centro del hueco, una herida. Una quemada. Profunda. Revelando un poco lo que hay bajo la piel: algo viscoso y de color verde. Lo primero que hice fue chillar. Luego gritar. Y luego volver a montar la bicicleta, para casi volver a caer dos veces. Más tarde, sentada en un sofá, me observaba la herida y la herida me observaba a mí. El color verdoso ligado con el rojo de la sangre se me simulaban las pizzas que horas antes había comido. Pizza de espinacas con Roquefort. Pizza de chistorra con queso. La chistorra y la espinaca estaban ahí, en mi herida. Y los quesos eran ese espesor viscoso. En mi imaginación, lo que ocurría era que ambas pizzas intentaban salir de mi organismo. O sea… si uno puede vomitar pizzas, si incluso a veces los pedazos salen por la nariz, ¿por qué no pueden salir por la boca los ingredientes? Yo quería apretar la herida, a ver si saltaba un pedazo de chistorra o una hojita de espinaca. Pero dolía. En LA realidad, dolía.

Hoy, la quemada ya está cicatrizando. Sale como una postilla carmelita, que sobrepasa la piel. Sé que eso es natural. Sé lo que es la cicatrización. Pero una parte de mí continúa pensando que ahí están las pizzas, tratando de salir. Mas, como nadie comprendería ese hecho, como no está acorde a cómo deben ocurrir las cosas, pues decidieron quedarse escondidas y desaparecer con el proceso digestivo.

Ese es el destino de las andadas de la imaginación.

Cerrarse.

Cicatrizar.

En fin, gracias por leerme

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Sobre cómo las selfies ridiculizan por completo la idea de Heráclito de que nunca nos bañamos en el mismo río



El otro día me ocurrió algo bien curioso. No pregunten por qué (porque no sé), hay una chica a la que sigo y me sigue en twitter. A ella le encanta publicar y publicar fotos. Fotos de ella por todo su perfil. Selfes, selfies, selfies (acompañadas siempre de un pensamiento bien “profundo” porque es muy intelectual). Obviamente las veo. Y debo reconocer, vivía enamorada. Bello rostro. Bella mirada (tiene un ojo medio bizco, pero bueno, eso... eso también es bello). Yo, realmente no soy amante de ese tipo de fotografía tan “artística”. No porque estén deformando a la humanidad. No porque sea un transgredir el espacio privado. No porque esté exponiéndome. Para nada. Todo eso es bueno, porque vivimos en el mejor de los mundos posibles y si eso ocurre es debido a que nada mejor nos puede pasar. A mí me gusta Leibniz. Leibniz dijo esto, ergo, yo cito a Leibniz. También debo reconocer que en algún momento llegué a sentirme mal. Porque cuando a mí se me ocurre tomarme una selfie, salgo como algo deforme. Imagen ideal para película de David Lynch. Y les digo, no es que me guste mucho ese estilo, pero una siempre tiene algo de niña caprichosa y se pregunta ¿por qué ella sí y yo no? (violines de fondo).

A pesar de que mi amiguita mexicana (a la cual hice partícipe de la belleza de twitter), amiguita esta conflictiva, me decía que no era tal cual como yo pensaba, que esas fotos estaban muy bien tomadas y que ella estaba segura segurísima de que en realidad no se veía de esa forma, yo continuaba enamorada de ese bello rostro.

Entonces un día, caminando por Juan de Palafox, ¡las cosas del diablo! Reconozco un par de botas. Reconozco el cabello. Reconozco el ojo bizco… ¡Era la chica! Con disimulo caminé casi a su lado. El impacto fue fuerte. Esa belleza twitteriana, esa sensualidad poblana, se convirtió en una enana fea, deforme, con un rostro mofletudo, con unos ojos caídos, con brazos gordos, espalda torcida y caderas inexistentes. Un asco. Repugnante a mis ojos de Afrodita cubana.

Este hecho puede ser lo más banal del mundo, pero a mí, a mí me traumatizó. Porque automáticamente comencé a pensar (y como yo pienso y luego existo, pues comencé a existir). Yo vivía fascinada con algo ahí. Algo que para mí era tangible. Algo que para mí era real. Y de repente, el golpe. La realidad en Juan de Palafox. Mas luego volví a pensar, ¿por qué razón lo de Juan de Palafox debe ser lo real? Últimamente las redes son más importantes, son más reales. No hace falta contacto humano si lo tienes ahí. Por lo cual, si la imagen que transita por el cibermundo es la de una bella señorita, y no la de un enano distrófico, pues esa, la primera, debe ser la más válida. Llegué a casa y lo primero que hice fue tomarme una selfie. Horrenda. Luego me posicioné frente al espejo. Me observé. No tan horrenda como en la foto. Pero como ya les dije, lo que vale es la imagen, la imagen imaginosa. Acto seguido llamé a mi amiguita mexicana. Necesitaba una selfie linda. Tomamos muchas. Pusimos filtros. Retocamos mi nariz, aumentamos un poco mis ojos. Me explicó cómo sonreír o cómo poner una mirada sexy. Al final salió la foto. Guapa, la verdad. Mas luego, volví al espejo. Y me observé. Y observé la foto. Quizás sea mi falta de costumbre, pero no pude subirla. No pude porque esa persona no era yo. Como tampoco soy yo la que sale en las fotos sin retoques. Me traumé más. Al pobre Narciso que lo crucificaron para toda la vida porque se fue un ratillo a mirarse al lago... Luego pues pasamos del lago al espejo y del espejo a las fotos y de las fotos a las selfies (porque no es lo mismo). Eso está bien. Lo que no comprendo es por qué las personas no se ponen nerviosas, como me pongo yo. Ya no sé quién soy. O la que se acaba de levantar, o la que se mira al espejo sin maquillaje, o la que se mira al espejo con maquillaje, o la que se toma una selfie sin filtros, o la que se la toma con.

Supongo que aquí la respuesta de muchos sería: el exterior no es lo importante, no es lo esencial. Pero como igual ya me conocen, pues saben que ese criterio me importará muchísimo (nada), así que no resuelven mi problema. El exterior, mi carne, mis fracturas, mis pies pequeños y mis ojos chinos también son parte de mí. Son parte de mi esencia. Porque cuando yo despierto y veo mi reflejo en cualquier lugar, me auto reconozco y me saludo: ¡Hola Monique!

Supongo que lo que hacen todos aquellos selfieadictos es que logran reconocerse en esa imagen que proyectan en las redes. Pero ahí va otro problema, ¿cómo hago para siempre verme igual en las fotos? Tantos filtros, tantas cositas para retocarse, que en serio, debe ser muy aburrido regirse sólo por una. Restricciones hasta cuando uno mismo se crea. Si puedo ponerle filtros a mis fotos, yo quiero ser un día verde, otro día azul, otro día tener ojos grandes y otros simplemente agregarme un sombrero… no sé. Cambiar. Y es que en las selfies hay cambios. ¡Muchos! Ahora con Snapchat todo el mundo tiene cara de perrito o de oso panda. Pero la modificación de la imagen viene a partir de una primera modificación. Y esa primera es la que no cambia: el retoque primero ya se queda inmóvil. A partir de ese es que comienzan los cambios. También recordé a Heráclito y su “nunca nos bañamos en el mismo río”. Pensé en Narciso, ¿se habrá mirado él también en un río? ¿Habrá visto que el río no es el mismo y él tampoco era el mismo, porque todo el tiempo cambiamos? En fin, que ese tipo de imagen perfecta creada y que siempre es la misma, hace que la hipótesis heracliteana de que somos y no somos todo el tiempo por nuestro constante cambio,  se vea desarticulada gracias a las selfies. Y atención, el señor Heráclito se refiere a que somos y no somos los mimos ni por dentro ni por fuera (para los que dicen que lo esencial es el interior, ese interior también cambia y bastante). Con las fotos de ese estilo, lentamente nos quedamos estáticos y esa esteticidad va penetrando y penetrando hasta que también nos paralizamos por dentro. ¡Ay Heráclito destrozado por las selfies! 

Pero ya les digo, eso está bien. Así son las cosas ahora. Por eso, he decidido que la opción es, primeramente crear, aceptar y acostumbrarme a la estaticidad  esa de la foto. Tratar de reconocerme ahí. Y por último, seguir deleitándome entre tantas fotos bonitas que me ofrecen las redes y jamás, jamás, volver a salir a la calle. O por lo menos, andar con la mirada perdida, sin observar a ningún transeúnte. Me parece que de esa forma, me evitaré muchos malos ratos y no tendré que confrontar a personas distróficas. Estoy segura que si logro esto, seré súper trendy y feliz en este, el mejor de todos los mundos posibles.

En fin, gracias por leerme.

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Cuando fui a una charla de alcohólicos anónimos y descubrí que yo soy yo y mis adicciones



Tengo tres cigarros para redactar esto. Se acaban los cigarros, se acaba el post. He dicho.

Hace una semana y media fui a una reunión de alcohólicos anónimos. Estaba yo en mi trabajo, dispuesta a leerle a mis alumnos una historia de Cortázar y de repente, pues nos dicen que suspendido todo. Debíamos asistir a una charla que darían unos chicos de AA. Los estudiantes no estaban muy contentos que digamos porque, por muy “perdida que esté esta juventud”, es preferible imaginar cómo se vomitan conejos a pasarse dos horas escuchando a otros vomitar alcohol. El alcohol debe ir siempre hacia adentro, no hacia afuera. Mas, las cosas son como son y allá nos fuimos todos.

 Eran cinco chicos, la mayoría menores que yo, con una trayectoria adictiva de mínimo diez años. Uno, recuerdo, tenía veintidós. Es decir, que con doce había comenzado a meterle a la coca, a “la mota” y a beber. Debo reconocer que eso me impactó. Cuando yo tenía doce años, no recuerdo bien en qué andaba pero de ninguna forma, estaba consumiendo nada. A pesar de que mi novio de aquel entonces, sí. Pero a mí, la verdad, drogas… no sé… es que yo ya vivo drogada mentalmente. El punto es que, el discurso dado por cada uno daba lástima. O sea, no puedo tomar mucho en cuenta la tristeza  de alguien, si el resto de los conferencistas sufridos se la pasaba tomándose selfies. No obstante intenté prestarles toda la atención posible porque al final, uno en estos tiempos no sabe si pueda terminar así, o cuidado uno ya no esté así. Ergo, yo presté atención para autoanalizarme a partir de la reflexión del otro. Igual mis alumnos prestaron atención para ver qué se cuestionaban al final de la charla. Es que les prometí un punto extra a todo aquel que preguntara al final. Y ellos, adictos a las buenas calificaciones…

Después de escuchar a los AA decir que ya estaban curados, que no necesitaban de NADA para estar felices, que tenían un padrino espiritual dentro del grupo, que estaban tan tranquilos que ya no se fijaban cada cuánto sus exnovias se conectaban a Facebook o cambiaban su foto de perfil, obviamente yo tuve muchas dudas. Y como siempre, alcé mi bracito petit y comencé.

La primera fue en torno al nombre. Yo siempre pensé que si un grupo de AA daba una conferencia fuera de su entorno privado, se pondrían unas máscaras, o se proyectarían como hologramas, o montarían un teatro de títeres… no sé, pero verlos, verlos implica una severa contradicción en el nombre. Ya no son Alcohólicos Anónimos, más bien son Alcohólicos no - Anónimos. El chico que llevaba las riendas del debate (un adicto fuertote) no supo qué decirme, pero bueno, igual me habló nuevamente de Facebook y de que ya no veía cuántas veces se conectaba su exnovia. Y bueno, yo acepté la respuesta porque quizás, no sé, se relacionaba con mi pregunta por el hecho de que ya él se mantenía anónimo ante las fotos de perfil de su chica, es decir: alcohólico anónimo en el Facebook de la exnovia… digo yo.  Luego lancé mi segunda pregunta: sobre el padrino espiritual. Eso sonaba bien. Otro de los chicos (el de veintidós), me dijo que cada uno tenía un padrino diferente, y que servían para orientarlos en la vida. Por ejemplo – volvió el fuertote – mi padrino espiritual fue quien me aconsejó que no revisara más el Facebook de mi exnovia (volvemos a la exnovia). Igual lo acepté. Yo quiero a alguien que me diga que no mire más el Facebook de muchas personas. Eso es un gran problema, la verdad. La tercera fue en torno a la cero necesidad de NADA para ser feliz. Yo acabo de terminar un semestre entero estudiando a Heidegger, así que escucho esa palabra, “nada”, y de repente sufro una especie de colapso mental porque recuerdo el infierno que viví con la nada que nadea. Primero los felicité por esa poca necesidad de cosas para llegar a la ataraxia (agradecieron, uno se tomó una selfie conmigo de fondo). Ya después les pregunté si no habían tenido necesidad de sustituir un vicio por otro. Cuando vivía en Nueva Zelanda y no podía fumar, cambié el tabaco por el té con leche. Y me volví adicta a eso. Ellos me dijeron que no. Que no les había hecho falta nada. Entonces volví a preguntar: ¿alguno fuma? Respuesta: todos. Luego, ¿alguno toma café? Respuesta: todos. Otra más, ¿alguno hace algo muy repetitivamente al punto de que si no lo hace no se siente bien, ejemplo gimnasio (pensando en el fuertote), pastillas para dormir, etc.? Respuesta: todos. No obstante, el fuertote me dijo que antes era adicto a revisar el Facebook de su exnovia, pero que ya, por suerte, no lo hacía (en serio, comenzaban a entrarme unos deseos irresistibles de revisar el Facebook de la exnovia, porque como yo no tengo un padrino espiritual, aún no sé cómo controlar eso). Muy bien, muy bien – exclamé yo – pero, ¿no les parece que al final sí necesitan de cosas para ser “felices”? Porque por ejemplo tú – le dije al de las selfies -, ¿si no te fumas tus cigarros, te sientes cómodo? Respuesta: no, no me siento cómodo.  

Paréntesis: Se acabaron los cigarros, pero como quiero seguir, bajo por más y continúo




Ya regresé.

Entonces yo respondí: ¡Ahhh, ahhh! ¿Ya ven? Alcohólicos ya no serán. O drogadictos, o lo que sea. Pero adictos… adictos… eso sí son. Silencio. Ahí ya mis alumnos comenzaron a mirarme, pues los había casi dejado sin tiempo para que preguntaran y ganaran su punto extra. Así que me callé. Cada uno planteó sus cuestionamientos, los AA contestaron. En algún momento volvió a salir el tema del Facebook de la exnovia (si no encuentro a la maldita exnovia, la que no va a alcanzar la felicidad jamás seré yo). Al final hubo aplausos y nos entregaron, primero unos folletos para personas que piensen, puedan ser alcohólicos. Lo más interesante de eso era que había uno para mujeres y otro para hombres. Conclusión: no es lo mismo ser alcohólica que ser alcohólico. Eso me fascinó. Lo otro interesante es que  cada folleto tiene cuarenta cuartillas con una tipografía que ni con lupa. Como me dijo ayer uno de mis profesores: para leerse eso, hay que obligatoriamente darse un trago.

Luego, nos entregaron a cada uno un test para saber si éramos adictos o no.

Como aún quedaba una hora de clases, la directora me pidió que resolviera el cuestionario con ellos y que les diera una charla sobre lo malo que es ser un adicto. Ahí sí me puse nerviosa. Porque sabía lo que me dirían mis alumnos: pero miss, ¿cómo nos va a hablar de eso, usted que se fuma cuarenta y seis cigarros en seis horas? Y así fue. Mas yo soporté la pregunta estoicamente y les dije, primero respondamos esto. Experiencia horrible para mí ese test que, cambiando la palabra alcohol por muchas otras (y también dejando la palabra alcohol), salía que era  una perra adicta destinada a reclusión por tiempo indefinido. Mis alumnos salieron por el estilo: muchos adictos al Facebook y a revisar el de sus exnovias-os (ya les dije, eso que repitió tanto el fuertote, es un tema importante). Algo también buenísimo del test es que te repetía tres veces: “¿has tenido lagunas mentales?” Claro, eso es algo lógico: si tienes lagunas mentales, hay que repetírtelo varias veces.

Al final, todos con caras largas nos quedamos en silencio. Entonces yo, en un ataque de Cristo redentor, grité: a ver muchachos, ¿quién no es adicto a algo en esta sociedad? Reflexionen, concéntrense. ¿Hay manera de no ser un adicto hoy en día?

Cuando llegué a casa no pude dejar de recordad a Ortega una vez más (como mismo lo recordé en el post del japonés y los pingüinos azules de Nueva Zelanda). Y pensé en mis circunstancias. Yo, ahora mismo, vivo en una circunstancia adictiva. La circunstancia es la adicción. Y no puedo escapar de ella. De ninguna manera.

Comencé a reflexionar sobre algunas de mis adicciones. Yo soy adicta al cloro. No puedo hacer nada en mi casa si no lo utilizo. Lavo toda la ropa con cloro, no importa el color que tenga. Limpio el piso con coloro, friego los platos con cloro. Desempolvo las cosas con cloro. Y cuando termino, no me lavo las manos para continuar con el olor a cloro. Ya les digo, me lo tomaría si no supiese que me puede provocar una perforación en el hígado. En mi departamento puede faltar comida, puede faltar agua, pero no puede faltar cloro. También me he dado cuenta que soy adicta a los animales, o más bien a los animales que no están vivos. Ahora mismo me he puesto a contar: tengo una estatuilla de un kiwi, otra de una jirafa, un pony de madera, un dibujo de un conejo y cuatro unicornios: tres pintados y uno inflable con los colores de la bandera gay en el cuerno y la cola.  Yo necesito llegar a mi casa y verlos a todos. Y sentarme en el sofá y mirarlos. Soy adicta a agarrar el unicornio inflable y apretarle las patas para ver cómo chilla. He llegado al tal punto que, si en algún lugar de la casa no hay algún animal con el que pueda hablar, pues me pongo ansiosa. También soy adicta a los zapatos. Sobre todo a los zapatos que se parecen y son negros. Llegué a este país con tres y ya voy por dieciséis, de los cuáles, trece son negros. Las pastillas, a las pastillas. A esas que relajan: diazepán, clorodiazepóxido, difenhidramina (que es para la alergia, pero me la tomo para dormir). Hace poco me fui a Cuba un par de días a buscar más de todo esto porque ya se me habían acabado. Al cigarro, pues mi relación con el cigarro es como con alguien a quien dices poder dejar si quieres, pero que al final te desquicia y vuelves y vuelves. Cigarro- pastilla- unicornio, es la combinación perfecta luego de limpieza con cloro. También soy adicta a la lectura. Cada día tengo que leer algo. Lo que sea, pero algo. Y luego reflexionar sobre eso. No incluyo la escritura pues eso no es una adicción, es una necesidad. También soy adicta a la imbecilidad. No puedo vivir sin imbecilidad, sin ser imbécil, sin rodearme de ello. Si no tengo una conversación imbécil, preferiblemente con un imbécil de esos que no habla de literatura intelectualoide, ni de cine intelectualoide, ni de lo tanto que le afecta el calentamiento global y la muerte de los animales, ni de cómo es capaz de amarrarse a un árbol para evitar el asesinato de un pollito o de un pez en un río contaminado, ni de cómo el PVC va a destruir a la humanidad, ni de cuánto sufre y se angustia por dichas cuestiones… si  no tengo una conversación con un imbécil que no hable de estos temas tan pero tan profundos, pues no puedo resistir un día. Muero. También, como ya saben, soy adicta a las mentiras. A las mentiras intelectuales. Si no invento cosas, si no las cambio, si no creo citas y referencias pues también muero. Es como un día sin cloro. Me tiembla la mano. Igual soy a dicta a que me muerdan el labio inferior. Si no me besan, no hay problema, me lo muerdo yo misma, pero un beso sin una mordida ahí, no es un beso. No y no. Ese dolor ínfimo es delicioso. Adictivo.

Y bueno, estas son mis adicciones más fuertes, las que no puedo evitar. Sin ellas, sudo frío. En ocasiones lo que hago es sustituir temporalmente una por otra: cloro por veneno para cucarachas, mentiras a los demás por auto-mentiras, zapatos por cemitas, las pastillas por remedios homeopáticos. Yo me justifico pensando que todo esto me ha ocurrido porque soy como el Quijote ante la llegada de la Modernidad. El Quijote muere y yo también muero ante el Capitalismo, pero me olvido de mi muerte con todo esto. Yo soy yo y mis adicciones Ortega, mis adicciones que no son más que mis circunstancias y las de todos los demás. Porque no sólo yo ando así. Adicto ya anda hasta Dios, mi amigo. Él me lo ha dicho.

Entonces, definitivamente debo entrar en algún grupo de AA. Pero eso sí, si yo entro a uno, si me decido a tener un padrino espiritual, a no revisar el Facebook de mi ex. Si yo me decido a ir por ahí dando charlas sobre lo malas que son las adicciones, pues voy a crear un teatro de títeres, o me crearé un holograma, o me pondré una máscara de unicornio. Porque si soy anónima, soy anónima.

En fin, gracias por leerme.

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