Archive for octubre 2015

Menos octubre. Menos noviembre. Menos diciembre



Debe ser octubre. Y que casi viene noviembre. Y que luego viene diciembre. Y esos tres meses para mí son caóticos. Son duros. Porque me recuerdan al octubre y al noviembre y al diciembre de hace un año. Meses convulsos. Meses de cambios. O de recuerdos de cambios del octubre, del noviembre y del diciembre anterior. Una tríada complicada para mí. ¡Ay Pitágoras, qué has hecho conmigo! También el cambio de estación, por el cual esperé pasar ahora, se desvanece. Continúa el sol afuera. Radiando. Quemando. Tanto que me tiene con manchas. Con manchas en los brazos, que se extienden y se extienden y me manchan la mente. Por primera vez le he encontrado sentido al no manches mexicano, o al menos, un sentido para mí. Ese no manches ahora significa, no me manches más, sol, no me manches más, octubre, no me manches más, noviembre, no me manches más, diciembre.  Hasta me da risa mi reflexión. Es que ando profunda por estos días. Y por ende, ando angustiada. Ando con sed. Con sed de la Habana. Con sed de mar. Y andar así, manchada y con sed, hace que comience a decepcionarme de todo y de todos. Es un efecto extremadamente patético y superficial de gata mimada y con demasiado tiempo libre (tiempo físico, no intelectual), del cual no puedo escapar por más que quiera. Entonces comienza una picazón en la garganta que  no se me quita. Y comienzo a no pelear. Y eso es algo raro. Que yo no pelee. No peleo porque no tengo fuerzas, a no ser que me quede sin luz, o sin gas, como ando ahora. Ya les digo, que cuando las cosas dicen, ¡aquí vengo!, cargan con las maletas y vienen todas juntas. Si a eso se les puede llamar cosas importantes. Pero para mí, al menos esta semana, lo han sido.
Y nada, que estos siete días transcurrieron así. Entre estar sin luz, estudiando, leyendo sobre la necesidad que tiene el hombre de sacrificar para salvarse, de comer por ahí, de tomar mucho café, de tomar muchas cervezas, de esperar el huracán para al menos decirle, hola qué tal, yo soy cubana, ¡no me mates!, de conversar con mi sobrina, con mis hermanas, con mi madre, con mi esposo, con los chicos de casa, con mi amiga la perdida, tan perdida como yo… de escribir en trance. Y de volver a escribir. Y de nuevo a escribir: una reseña, unos cuentos, unas crónicas, un poema malísimo. De no tener ropa limpia. De no entender las actitudes humanas, y (una excelente noticia) de saber que recibiré veinte cajetillas de cigarrillos directamente de Cuba y con ellas, vendrá al menos un pedacito de ese mar, que me falta.
Yo supongo que estos traumas aparecen cuando a uno le va muy bien en la vida. Ya lo dijo Marx, no se puede pensar con el estómago vacío (para mí, que te vaya bien en la vida es sinónimo de que tengas mucha comida). Y como yo como tanto, me va muy bien y por ende, pienso mucho. La mayoría del tiempo, nada que valga la pena.
Espero realmente que la semana próxima sea mejor. O por lo menos, menos octubre, menos noviembre y menos diciembre.
Y así me despido, con un tra la la, que les alegre el domingo y que relaje el mío.

En fin, gracias por leerme.

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A mí nadie me cree que escalé un cerro




Eso es lo que ocurre cuando una es tan reacia a la naturaleza. Y a los animales. Y a la mística. Y a todo lo que no sea ciudad ciudadota, con humo, gente, asfalto y enajenación (eso dicen los más espiritualistas; para mí, la verdad, lo máximo).
Entonces…
Con mis compañeros de piso, todos hippies y felices de estar rodeados de natura, nos fuimos en la noche a una ecoaldea. En otro momento de mi vida, me hubiese negado rotundamente a ir. Pero como ahora soy mejor persona, y a todo digo que sí, pues dije sí. Y fui. La ecoaldea no está muy lejos de la ciudad. De hecho, en un bus ya llegamos al pueblo. Solo quedaba atravesarlo y luego adentrarse en la maleza. Con dos linternas, a las nueve de la noche. Con la hierba rozándonos las caderas. Y los mosquitos… bueno, ni hablar de los mosquitos. A mí, la verdad, no me molestó nada. Solo me abstraje. Pensé en los claros del bosque zambranianos y en la selva negra de Heidegger, o en el On the road, de Kerouac y me  sentí muy filósofa yo. Toda una pensadora en busca de inspiración en el medio de la nada. Claro, luego una mata me pinchó y me sacó de mi letargo intelectual, pero luego retorné.
Caminamos alrededor de cuarenta minutos, los cinco: el psicólogo tatuado, el ingeniero cazador, la encantadora chica de grelos y el otro que es músico, escalador, surfista, aprendiz de cómo armar motores (y todo lo que se pegue por ahí), y yo, el gato. ¡Miauuuu! Finalmente llegamos a la ecoaldea, que podría resumirse en dos casas. Una, donde vive el viejo Don Bernard y la otra, la nuestra, sin luz, sin baño, sin nada. Rodeada de maleza, de flores, de telarañas gigantes y de una lluvia feroz. Supongo que era la manera en que la naturaleza nos daba la bienvenida (ya les dije, andaba yo muy a lo Kerouac, Zambrano y Heidegger).  Allí nos sentamos. Con mucho trabajo halamos una vieja estufa. Lentamente, la llenamos de paja y de madera para calentar la comida. Eso fue otra cosa, la comida. Desde que salimos, yo estuve recalcando el hecho de que con un solo paquete de tostadas no alcanzaría para todos. Nadie me escuchó. Pero sobre eso hablaré después.  Prendimos la estufa, pusimos a calentar las sardinas e hicimos un té de esos mágicos, especiales, deliciosos. Luego de una larga plática a la luz de la luna (y de una lámpara intermitente), decidimos que era hora de cumplir el “ritual”: escalar el cerro. Entonces, mochila al hombro didjeridu a la mano y el té caliente en nuestros estómagos, salimos de casa. Debo confesar que una montaña es una novela. Con su inicio, su punto de giro, su crisis y su final, despejado, abierto. Una novela de esas donde uno sufre, uno piensa, uno reflexiona y al final, uno se encuentra con un final feliz. Algo que hace falta por estos días: finales felices. El inicio del cerro, podría asociarlo con el comienzo cruel y embustero de la novela. La tierra parecía tranquila, pero luego todo empezó a volverse fango sucio, fango provocado por el hombre, fango dañado. Y las botas comenzaron a estancarse ahí, por cada tres pasos que dábamos. La cruzada la dirigía el ingeniero cazador, que en sus ratos libres, se va a su pueblo a adentrarse en la maleza a cazar armadillos con un machete. Él, a la cabeza y con una caña que no sé ni dónde encontró, iba separándonos de la hierba mala, la venenosa, la que picaba, la que no quería que se entrara al lugar. Detrás venía el psicólogo tatuado, ese que sí se conoce bien el cerro porque él ya lo ha escalado. De hecho, él ayudó a construir la casa donde estábamos. Detrás venía la chica preciosa de grelos y su novio el músico, etc, etc, y al final yo, ahí medio perdida, entre el fango, los mosquitos y la novela de mi cabeza. Anduvimos por ese camino angosto y de repente, sin más, todo cambió. El fango se tornó hierba grande, muy grande, hierba que nos cubría, hierba que se movía a causa de la noche fresca. Y nos acariciaba. O al menos eso sentía yo a través de la chamarra. Yo sentía las caricias, las caricias de aquellas que querían enamorarme. Este es el punto donde los personajes se conocen, donde comienzan a hablar, donde aparece el otro. La otredad en general. Y cuando pensé que la situación no podía ser más erótica, llegamos al Edén. A nuestro Edén personal. Toda aquella maleza, toda aquella hierba que nos había ya acariciado, se tornó en flores. Flores pequeñas, que con la luz eran violetas y sin ella, blancas. Y las flores nos desaparecieron. Y las mariposas nocturnas revoloteaban, como diciendo “pasen, pasen”. El cerro se confiaba más de nosotros y nos invitaba a penetrarlo. A clavarle la caña en la tierra. El cerro que no es masculino. El cerro que es mujer porque se deja abrir, se deja penetrar. Se vuelve desconfiada y te embauca para saber qué quieres de él (ella) hasta que se relaja, se comienza a dilatar. Y las flores eran la demostración de esa dilatación. Todas abiertas, todas invitando a tocarlas, a profanarlas. En este punto ya yo alucinaba, y mi cabeza daba vueltas y se movía como las flores, como la hierba, como las mariposas. Para lo único que me detenía era para tomar fotos. Y era horrible la parada, porque estos chicos las detestan. No entienden que la memoria falla. No entiende que somos y nos somos, como dijo Heráclito, no comprenden que eso, lejos de ser una actitud “fresa”, es una bendición que trajo consigo la modernidad y que nos permite recordar para siempre. No entienden que una, a pesar de ser “fresa”, es filósofa, y no deja de reflexionar. Luego, sin previo aviso, las flores desaparecieron. Y comenzaron las piedras, las piedras grandes. Las piedras lisas, que fueron creciendo y creciendo, empinándose. Ya andábamos de subida. El ingeniero cazador de armadillos, a la cabeza, con su caña, tanteando el terreno, indicándonos y el psicólogo detrás, marcando el camino, los otros dos, disfrutando de la luz de la luna y yo, yo pensando en mi novela, mi novela romántica. En mi punto de giro. Donde entra un tercero, donde todo se complica, donde la protagonista se deprime. Donde sufre, donde llora, donde no sabe qué hacer. Donde se angustia. Donde solo quiere pensar. Y así, con trabajo, fuimos escalando, cada uno metido en el viaje. Mi reflexión solo se vio interrumpida por una torcedura de tobillo – típico en mí -que me hizo chillar como toda una becerra, pero lo interpreté como el dolor de ella, mi personaje sufriente. Mi Karenina. Mi Bovary, Mi Raquin. En una de esas encontramos una piedra gigante donde descansar. Y ahí nos sentamos. Prendimos un incienso, nos quedamos en silencio y el músico, escalador, surfista, aprendiz de cómo armar motores (y todo lo que se pegue por ahí), sacó el didjeridu y comenzó a tocar. Y desaparecí. Me volví naturaleza. Ya estábamos dentro. Ya éramos parte de ella. Ya nada molestaba, ni los mosquitos, ni las rocas, ni la maleza. Nada. Miré hacia al lado y vi los puntos. Vi la ciudad. Llena de luces. Pensé en cómo cambia todo. En cómo allá, en la ciudad, éramos ventanas. Existíamos. Pero aquí, aquí no existíamos, aquí éramos rocas, rocas que observan hacia la ciudad y ríen de saber que nadie sabe que estamos allá. Nadie sabe que pensamos. Que tenemos historias. Que tenemos cosas que decir. Que tenemos sangre que habla. Sangre que cuenta. Y en ese estado, de intimidad, de incognicidad, continuamos subiendo, entre las rocas, que cada vez se inclinaban más. Pero lo fantástico fue que en un momento, en que alumbramos, nos dimos cuenta de que esas rocas, esas “simples piedras” realmente eran todo aquello que yo pensaba. Eran Kareninas, Bovaries, Raquins… pues ese cerro, supuestamente intrascendente, eran las ruinas de una antigua ciudad. Y las rocas eran antiguas construcciones olvidadas, calladas. Y esa, en la que andábamos, se erigía como el sexo de una mujer, pintado de rojo. Era una diosa, estoy segura. Y todos la tocamos, para sentirla, conocerla. Saludarla y pedirle permiso por casi estar en la cima de su ciudad. A partir de ahí todo cambió de nuevo. El camino se tornó suave. Ya era casi el final. Era la reconciliación de esa que andaba trastocada con todos.
Hasta que llegamos a la cima. Y la ciudad se hizo inmensa ante nosotros. Lo único decepcionante fue que, obviamente, habían catolizado el cerro y allí, en la cima, subido en un pedestal, estaba el señor Jesús Cristo, mi rock super star. Todo manchado, sucio y lleno de graffities. Y como ya habíamos llegado hasta ese punto, pues que subimos las piedras sobre el cual estaba y allá, en la punta, sentimos el aire, y gritamos y reímos (y yo fumé como toda una loca, porque sin cigarros, el viaje no es viaje; obviamente, mi personaje fuma). Luego, con mucho trabajo, bajé del aposento de mi amiguito Cristo (aclaro, más amigo mío es Dios, porque Dios es pop), y me senté en la punta del cerro, a ver la ciudad. En eso me dieron un incienso, y cada uno lo puso en una esquina, para purificar el viaje y ofrecérselo a la Tierra. Pero como soy tan despistada, se me olvidó y me quedé con mi incienso ahí echándome humito yo misma. En fin, que me purifiqué. Luego vino la bajada, que fue como un tobogán. Bajé rodando, de piedra en piedra, diciendo adiós a todo. Adiós Cristo, adiós, hierba, rocas, fango… ¡chaolín! Entonces vino el punto final. El Fin total de mi novela, en que todos se reconcilian y todos son felices. Se acabó esa vida alternativa perfecta. Y lentamente llegamos a casa, donde nos esperaban las sardinas, con papas y champiñones. Y obviamente, como yo dije, ¡no alcanzaron las tostadas! Ahí se acabó el misticismo, Heidegger, Zambrano Kerouac y toda su familia. Porque con la comida, yo sí no juego. La comida es sagrada. Y a tres tostadas por persona, ¡que me quedo con hambre! Pero bueno, no me quejé (mucho) y al rato nos fuimos a dormir, rodeados de mosquitos y yo, con un dolor en el pie que me calaba el alma. Y ya ese dolor no era novelesco. Era un dolor feo. De ciudad.
Al otro día nos marchamos. Y el recorrido matutino fue tan lindo como el que hicimos en la noche. Salimos del campo, tomamos el autobús y llegamos a casa.
Este es el punto en que comencé a cabrearme. Porque todos empezaron a  reírse de mi viaje. De mi mística. Y más que nada, de que hubiese escalado un cerro. Nadie lo creía. Eso sí, cuando comenté lo de las tostadas, a nadie le cupo dudas de que me hubiese cabreado. Mala fama que tengo…
Por eso este post, es para al menos, documentarlo “escritorialmente”.
Ahora ando en un café, en la ciudad (si a Puebla se le puede llamar ciudad), tomando un bombocho, fumando y escuchando jazz, con dos chicas besándose a mi lado y ofreciéndome más cigarros. Y es que, para seguir con el estilo de la ecoaldea, nos han cortado la luz todo el fin de semana. Y me he quedado sin carga, sin redes. Sin nada. Y eso, como en el cerro, también implica no existir. Porque aunque tuve ese viaje, yo, Monique, pertenezco a la ciudad. Yo soy una ventana. Abierta, como las flores, pero una ventana.

En fin, gracias por leerme.

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Las cuatro cosas que quiero para este domingo




Hoy me he levantado pensando en las cosas que quisiera para este domingo.
Raro. Porque habitualmente, es el sábado el día en que pienso en eso. Debe ser porque el sábado es el sexto día de la semana y el seis es un número par. Y los números pares equilibran más que los impares. Diga lo que diga Pitágoras… el tres y toda su camarilla, lo que hacen es volverlo loco a uno. Además, los sábados, hacemos proyecciones cinematográficas en mi casa hippie. Entonces hemos puesto un cartel con las cosas que necesitamos comprar con las contribuciones que nos dejan. Ya pueden leerlas en la imagen que he puesto. Y si se animan a colaborar… pues ya saben. No es para algún tratamiento contra el cáncer, pero igual, ¡nuestros deseos también son importantes!
Y bueno, que me levanté pensando en eso. En las cosas que quisiera tener específicamente hoy.
Son pocas, la verdad. Cuatro.
1. Quiero un esclavo. No un mayordomo. Un esclavo.
2. Quiero no tener que hacer un ensayo sobre las conferencias de la profesora que babeaba por Merleau – Ponty, porque obviamente,  mi cabeza vuela y siempre va hacia la redacción sobre la baba, como pasó con aquel post.
3. Quiero una pizza familiar extra grande de pepperoni, con mostaza por encima.
Y…..
4. Quiero ver a mi sobrina dormir con la boca semi-abierta e hinchada. Eso siempre me ha hecho sonreír.
Ya. No quiero nada más.
La paz mundial, Ayotzinapa y la libertad… eso hoy, domingo, como dicen aquí en México, me vale verga.
En fin, gracias por leerme.

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