Archive for octubre 2017

Breve historia, a dos horas de París, de por qué él se volvió loco



  Hace cinco meses un loco, en un parque de locos, me explicó por qué él estaba loco. Yo fui a ese parque de locos, en una ciudad a dos horas de París, una ciudad que también estaba loca, como París también está loca, pero esa otra ciudad estaba más loca, porque oficialmente tenía su parque de locos, además tenía a ese loco, que me explicó por qué él estaba loco. Él estaba loco  (así se refirió a él, en tercera persona) porque lo volvieron loco y por eso él estaba loco. – ¿Pero por qué a él lo volvieron loco? – le dije. – A él lo volvieron loco, la gente lo volvió loco porque no lo dejaban quedarse tranquilo en su casa, sin hacer nada. – ¿Y por qué no lo dejaban tranquilo en tu casa, sin hacer nada? – A él no lo dejaban tranquilo en casa sin hacer nada, porque le decían que tenía que hacer cosas. Entonces a él lo mandaban al súper a hacer las compras y de tanto hacer las compras, empezó a fumar mucho y se volvió loco. – ¿Entonces por ir mucho al súper, él se volvió loco? – No. Él se volvió loco porque cada vez que iba al súper tenía que elegir él las cosas, porque no le daban una lista la mayoría de las veces. Entonces, un día ya no supo qué elegir y no compró nada y se puso muy nervioso y se volvió loco. –  ¿Se volvió loco por no poder elegir? – Sí. Se volvió loco por eso. Y porque la gente comenzó a burlarse de él. Y además, porque luego llegaba a su casa sin nada y su mamá lo golpeaba mucho por la cabeza y le gritaba ¡tienes que elegir, tienes que elegir, siempre hay que elegir! Así se volvió loco él y creció loco él. Si tú no sabes elegir cosas, tú estás loca. ¿Entiendes, entiendes? – Entiendo, entiendo – le respondí.
Luego fumamos un cigarro. Uno al lado del otro. Yo le conté que venía de una islita en el Caribe, lejos de Francia. Y que también allá había locos. Pero que se volvían locos por culpa del mar. Un mar vengativo que siempre nos quiere tragar. – Qué bonito, me dijo. – Sí, muy bonito, le dije. Y ya.


En fin, gracias por leerme. 

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Mi amigo Esteban, el enano que se disfraza de bonsái


 Mi  nuevo amigo Esteban, el enano, quiere ser un bonsái. El pobre, es muy estúpido. O no sé si estúpido sea la palabra apropiada para referirme a él. Su madre, la enana Isabel, me dijo que cuando nació le diagnosticaron una falla en los testículos.  Como que acumula demasiado semen y que eso le afecta a un nivel neuronal. Algo de eso me explicó su madre, la enana Isabel. La verdad, no pude escuchar bien, porque ella estaba de pie, y yo también estaba de pie, y como ambas estábamos de pie, y ella es enana y yo no soy enana, pues su voz se perdía, se expandía, se iba volando con los pajaritos.
  Mantener una plática con un enano puede ser complicado. Hay que cumplir ciertos protocolos, seguir ciertas reglas: sentarse y que ellos se queden de pie, no invitarlos al departamento de ropa infantil, evitar el estiramiento en las clases de yoga, decir que sí, que has leído la revista trimestral que publica el sindicato de enanos unidos (SEU), en Washington. Y así, varias cosas que me desesperan pero que las hago porque es muy genial tener un amigo enano.  Es como tener un edición origina de Tartuffe. Es como tener un licuado de sirena de Starbucks todo el tiempo en tu boca. Es como caminar por la calle y que todos te griten ¡uyyy qué guapa! Es como tener un bolso Gucci, colección primavera 1987. Tener un amigo enano es algo poderoso.  Por eso aguanto todo.
  El punto es que Esteban, el enano, mi nuevo amigo, se obsesionó con los bonsái. Quiere ser uno. Yo le dije “Esteban, primeramente, no puedes ser un bonsái porque eres un ser humano, o por lo menos un quasi ser humano. En segunda, eres demasiado grande para ser un bonsái. Si quieres puedes disfrazarte de chino, que no están muy lejos de tener tu tamaño. Pero un bonsái, Esteban... un bonsái… creo que será difícil. Mas Esteban no entendía. Estaba encaprichado.
  Todo esto comenzó porque yo tengo un bonsái en casa. Antes era muy lindo. Ahora se ha secado, siguiendo mi estilo de perra amargada la mayor parte del tiempo. Cuando Esteban, mi nuevo amigo, vino  por primera vez, lo vio y se antojó. Nunca había visto uno. Creo que él quiere ser un bonsái porque se identifica totalmente con él. El bonsái es una deformación del árbol clásico. Y mi amigo Esteban, el enano, es una deformación del hombre clásico. Yo le expliqué todo esto, a ver si se le quitaba esa idea, pero Esteban seguía encaprichado.
  Al final le dije “ok, Esteban, entiendo que por la acumulación que tienes en los testículos no puedes analizar lo que te digo. Te haremos un disfraz”. Fui a casa de su madre, la enana Isabel, y le hicimos un traje de bonsái. Quedó muy bien, la verdad. Muy colorido. Tenía florecitas. Y también le pusimos una maceta gigante, con tierra de verdad. Si hubiesen visto la cara de Esteban, queridos amigos… Estaba tan feliz.
  Luego de eso no quería quitarse el disfraz. Y también le gustaba venir a mi casa para que yo lo regara como si fuera una planta de verdad. Y ahí andaba yo, que tengo tantas cosas que hacer, echándole agua en la cabeza mientras él abría su boca de enano para tragarse un poco del líquido.  A veces me daban deseos de ahogarlo, pero luego pensaba en lo genial que es tener un amigo enano y controlaba mis instintos. Además estaba feliz, mi amigo Esteban. Y de vez en cuando es bonito ver a la gente feliz, aunque sea ésta una felicidad falsa. Porque yo, Monique, no creo en la felicidad.
  El problema empezó hace unos días. Esteban se ha cansado de ser un bonsái. Y también se ha cansado de ser un enano. Yo le dije, “amigo de estatura pequeña, podrás convertirte en otro árbol, pero no podrás dejar de ser un enano”. Eso lo ha afectado mucho. El pobre. Yo no sé qué más decirle. Le dije que se metiera a trabajar en la industria de la pornografía, para que, aunque fuera enano, se hiciera muy famoso… no sé. O que se disfrazara de gnomo, digo, porque está divertido ser un gnomo… no sé, de veras que no sé.
  Lo último que se me ocurrió decirle (y espero que no lea este post y se dé cuenta del engaño), es que hay un tipo de bonsái que sí crece cuando lo riegan mucho. Cómo él es medio estúpido por la acumulación en los testículos, se lo ha creído. Así que ahora lo que hago es ponerlo en la maceta, meterlo debajo de la ducha y que se riegue y se riegue. Y que trague agua y más agua. Una de dos ocurrirá: o crecerá, o se ahogará. En cualquier caso, será un final más feliz que el actual. Aunque, como les dije, yo, Monique, no creo en la felicidad.

  
En fin, gracias por leerme. 

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