Archive for enero 2016

La marimba sonando en mi cabeza


Hace algunas semanas me está costando mucho dormir. Y luego me está costando mucho despertar.

Me está costando dormir, simplemente porque no me duermo. Ya no sé si es el café, o el té con leche, o el cigarro, o la ansiedad, la ansiedad de un hacer que en realidad es un no hacer nada. Y me está costando despertar porque simplemente, no me quiero despertar. ¿Para qué?

A la hora de ir a la cama, siento que el corazón me palpita fuerte. Pero fuerte. Y ya le temo a la habitación. Porque sé lo que viene. No poder dormir. Y comenzar a pensar en mi próximo día. Deleuze-Chul Hang-Agamben-Bauman-Zambrano-Bataille-Rushdi. El desayuno-la cena-el whatsapp -el Facebook - los mails - las pláticas, mi fingida conexión con mi “yo” espiritual y la música de los vecinos.

A la hora de despertar, ya mi inconsciente sabe que lo haré y también el corazón comienza a palpitar muy fuerte. Pero no empieza a palpitar sólo porque sé lo que me espera con el despertar. Sino porque, en mis sueños, ya se siente que despertaré y comienzan a cambiar. Todo empieza a volverse más real. El calamar deja de vivir en la pared y se pasa al agua. Las risas con cualquiera que no estoy tan de buenas comienzan a  apagarse y a apagarse, hasta que mis ojos se ponen chinos de la rabia. La vela que olía tan deliciosamente comienza a oler a nada. Y el frío,  muy lentamente vuelve. Dejo de andar tranquilamente, para comenzar a moverme en cuatro patas, como animal encerrado, que saliva todo el tiempo. Y también me doy cuenta que no quedan tantas pastillas para dormir. Porque en mis sueños, quedan muchas, muchísimas.

Tampoco esto significa que en “la otra realidad” las cosas vayan de maravillas (bueno, el otro día sí, porque soñé que encontraba unas botas que en México no existen). También camino a veces, en cuatro patas, desesperada, y salivo como animal enjaulado. Y hay mucha gente muerta, o niños quemando espantapájaros en un maizal. O se me queman unas papas francesas. Pero, cuando mi inconsciente siente que ya voy a despertar, hay un instante, segundos (o una vida, en temporalidad interior), en que me relajo porque sé que acabarán en poco tiempo. Luego, como dije, las cosas comienzan a volverse reales y comienza la desesperación por el despertar.

Y ya.

Abro los ojos.

 La dinámica entre mis sueños y mi realidad es muy estresante. Porque termino confundida, termino alterada. Y sobre todo, termino nostálgica. Nostálgica por algo que no logro identificar.

Sé que empezaré con esa nostalgia que sólo me abandona cuando me ducho, porque en mi cabeza comienza a sonar una marimba. Una marimba que suena muy fuerte. Una marimba con una sonoridad encantadora pero que es demasiado estridente. Y con ella comienzo la dinámica habitual. Con la marimba ahí, todo el tiempo. Así hasta la hora de dormir. Más bien hasta la hora en que logro dormir. Ya en los sueños, la marimba desaparece. Y el silencio dura hasta diez minutos más o menos después de levantarme. Pero luego despierto. Y vuelve.

Hay quien dice que vive a través de la música. Yo no vivo a través. Yo vivo con. Y cuando sólo es la música lo que te consume, cuando sólo es eso lo que te llena – para bien o para mal – pues entonces no hay problema. El problema es cuando se mezclan: los sueños, la realidad, la nostalgia y la marimba. Todo el tiempo ahí sonando. Eso es desesperante. Eso es doloroso. Eso te taladra la cabeza. Es demasiado. Por lo menos para mí. Si al menos, en mi cabeza, sonara una flauta…

En fin, gracias por leerme.

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ME VALE "VELGA"



Hace un rato conversaba con mi amiguita mexicana. Luego de irnos a comer una orden de tacos al pastor, compartir una cemita y tomarnos una sangría, continuamos con una plática que ya llevábamos desde ayer. Una conversación de esas enrevesadas, mezcla de depresión, decepción, desajuste, delirio, desasosiego y otras D, no tan positivas a las tres de la mañana. Hablamos del por qué. Del por qué constante que tiene en la cabeza todo aquel que estudia filosofía y que para colmo es (o se cree) medio artista y  que para colmo plus es mujer (y trágica). La pregunta inicial fue, ¿qué es el ser? ¡Jaja, no es cierto! Para nada nos preguntamos por el ser. O al menos no por el ser sobre el cual nos hacen reflexionar en una academia donde el súper hombre es el aburrido de Heidegger. Más bien, andábamos en temas muy “banales”. Nos cuestionábamos sobre los humanos, sobre la sociedad de los humanos, sobre nosotras en la sociedad de los humanos y sobre los humanos penetrando en nuestra sociedad particular: la sociedad que creamos con los libros, con las ideas, con la música enajenante. Nuestra sociedad individual. Luego comenzamos a hablar sobre los hombres ( machos – varones - masculinos) y de las actitudes de los hombres (machos - varones -masculinos). Los hombres y sus actitudes “culeras”. De las actitudes de las mujeres “culeras” con los hombres “culeros”. Y nos preguntamos por qué es necesario todo eso. Por qué es importante. Por qué no podemos evitarlo. Lo más jodido – le decía  hoy o ayer, no recuerdo – es que, aunque uno quiera, el cuerpo lo busca. El cuerpo y solo el cuerpo, el cuerpo que se traduce en instinto. Porque todo esto es instintivo. Y lo otro más jodido es que las cosas se complican cuando entra la mente. Nuestra morbosa mente, que le gusta la autoflagelación, que le gusta el sacrificio, que le encanta posicionarse en esa actitud sumamente hipócrita de mártir, que busca y busca el conflicto en pos de disfrutar el instante. Y se esconden bajo la suposición de que lo importante es el instante. El instante es la felicidad. Pero luego, viene la desesperación. Viene el dolor, viene la paranoia, viene el pensar y el pensar. Es como aquello de que perdiendo se gana, en este caso, el instante excitante de la felicidad, algo así a lo  Bataille (y es que mi amiguita mexicana investiga sobre este filósofo y ya yo la sigo en sus avatares conceptuales).

Luego me contó algo que le sucedió a una amiga y yo le conté algo que le sucedió a otra amiga y luego contamos lo que nos sucedió (y nos sucede) a nosotras. Y a partir de esas historias “banales”, comenzamos a hacer análisis supuestamente no “banales”. Empezamos a traducir todo eso en cuestiones abstractas, cuestiones existenciales. A reunir a Dostoievski y a Schopenhauer en situaciones dignas de Laura Pausini. Y lejos de darnos risa (aunque reímos), lejos de avergonzarnos (aunque nos avergonzamos), continuamos con el tema. Y el salón cada vez se ponía más denso y más lleno de humo de tanto cigarro y cigarro.  Lo que no se debe hacer es tratar de explicarnos las cosas “banales”, con presupuestos tan intelectuales. Y lo otro que no deberíamos hacer es descubrir el origen de toda nuestra crisis. Porque lejos de ayudar, lejos de dar una pista para encontrar la solución, lo que hace es que uno se desespere más. Porque sabes la causa y sabes también que no tiene solución. Ese es el producto de tanta novela leída,  de tanto pensar en Nietzsche, de tanta película de Bergman y de Dolan. Y producto también de la juventud. De la juventud, que en algunas personas jamás se larga.

Luego hablamos sobre “coger”. Y sobre lo rico que es “coger”. Y de lo divertido que es “coger”. De que te la metan (porque luego de relacionar a Pausini con Dostoievski, ya se perdió el pudor, así que, claramente, hablamos de “te la metan”). Y también de las implicaciones que trae consigo eso. ¿La conclusión? Que es bueno, muy bueno, pero que, aunque sea bueno, es malo. Porque luego del período instintivo y luego de que el instante sagrado de felicidad de Bataille, te dice au revoir, pues interviene la mente, la morbosa mente y ya. Comienza la complicación, que es complicación porque somos morbosos. Por nada más. Porque, complicado no es, y menos debería serlo para personas tan “instruidas” como nosotras. Lo curioso es que, a cada rato decíamos: es que me vale verga, es que me vale verga, es que me vale verga. Es que DEBERÍA valerme verga. Incluso pensamos en un cuaderno para anotar las cosas que tienen ese valor para nosotros: ninguno, porque valer verga aquí, es que algo no importe, que algo no tenga valor, o por lo menos es algo que no DEBERÍA tener valor.

También hablamos de cómo la Habana está inundada. De cómo el malecón está furioso furioso. Y creo que hablamos de eso porque esa tempestad de la Habanita queridita, refleja de cierta forma, como están por dentro las queriditas en México. (la insoportable manía de buscarle una relación a todo). Y volvimos a hablar de los hombres y de cómo  son crueles, o desaparecen si algo no les gusta (en este pedazo creo que fumamos como cinco cigarros cada una). Y ahí, de nuevo, dijimos que eso nos valía verga, nos valía verga, nos valía verga, nos DEBERÍA valer verga. Y pensamos en que sería mejor olvidarnos de todos y de todas, de la sociedad entera y volvernos ascetas. Pero luego vino la parte, de nuevo la parte, de que es muy rico coger, follar, hacer el amor, que te la metan. La penetración, la violación al cuerpo, el malecón y sus olas. Y volvimos a pensar en Bataille. Y también pensamos en Bauman. Y también hablamos del cabello. Y de mi laptop que está toda loca y tiene un virus.  Y también de que este fin de semana había estado demasiado sobrio, cargado de lecturas, reflexiones y de cosas que valían verga. Y ya, sin cigarros, pues me fui a casa a escribir mi post.

De más está decir que la música de fondo para redactar, más deprimente no ha podido estar: destroy everything you touch… la la la. Supuestamente quería escribir algo coherente, interesante… no sé, hablar del rizoma de Deleuze, de la contaminación ambiental, de cómo le va al Chapo en la prisión, de cosas que no valgan “velga” (porque según los mexicanos, nosotros los cubanos no pronunciamos la R). Pero tanto hablar de ella y de como ella te penetra entera, te penetra duro, te atraviesa, te desborda, malecón, olas, inundación, tanto hablar de la "velga", ha hecho que ahora, no pueda sacármela de adentro.

Y bueno, lo único que queda después de escribir esto, lo único que se puede acoplar a toda esta plática tan “profunda”, es ponerme a ver Sex and the city

En fin, gracias por leerme.


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Las cosas íntimas que comparto con mi amigo, el de la cámara




 

 

Hace dos días hablaba con mi sobrina sobre una nueva noticia que está circulando por las redes (o al menos nueva para mí). Me dijo, muy preocupada: A, mira, tú que tienes tantos seguidores, te aconsejo que, a no ser que estés utilizando el Skype, le pongas un pedazo de papel a la cámara de tu computadora, y también si puedes a la de tu móvil. Porque ahora hay un nuevo tipo de hacker, que a partir de un mail, tiene acceso a tu cámara, aunque tengas todo apagado. Mi primera reacción fue: risa. ¿Seguidores? ¿Tantos? Y me llenó de amor, el bello y serio sentido que mi sobrina puede, por momento, darle a las cosas chiquititas chiquititas, como son los gatos. La segunda reacción fue de  vergüenza. Pensé, por un minuto, en lo que implicaría que alguien estuviera viendo todo el tiempo, lo que a diario hago yo, sola. Y la tercera reacción fue recordar un video de The Knife que vi cuando vivía en Nueva Zelanda.

Luego fumé, me desvelé pensé en pingüinos y dormí.

Pero ayer, ayer me levanté diferente, con la idea de que alguien me estaba observando. Si no era por la laptop, era por el tablet y si no, por el móvil que duerme a mi lado. Lo curioso es que no se me ocurrió tapar las cámaras, no recordé eso. Más bien, sentí aquello que se experimenta cuando vienen  a visitarte y quieres que todo esté organizado. Perfecto. Y que las personas digan ¡¡¡¡Ohhh!!!! y que las personas digan ¡¡¡¡Ahhh!!!!, como si tuvieras un Brueghel o un Monet en el medio de tu salón. Entonces, con mucha delicadeza, volteé el rostro hacia el lado opuesto a todas mis cámaras (todas están a la derecha… si duermo boca arriba; boca abajo sería a la izquierda, pero bueno) y me organicé un poco el cabello, me enderecé el septum y me limpié los ojos. Y con el rostro un poco más decente, hice como que despertaba. Así, muy bonita. ¡Tilín, tilín!

Mientras me lavaba los dientes (en ese momento sí tenía intimidad, pues las cámaras no llegan), me puse a pensar en todas las cosas que había hecho por estos últimos días, con cámaras cerca: utilicé una piedra y un cuchillo de matar vacas, para abrir una lata de sardinas. Grité como loca porque no lograba abrirla. Simulé que enviaba mensajes por whatsapp porque tenía deseos de hablar sola. Metí la mano dentro del tragante de la bañera y saqué una bola de pelos asquerosa. Lloré porque no lograba abrir una ventana. Me pinté todos los dedos de los pies y luego fui quitando todo el barniz con quita esmaltes. Estuve con los ojos bizcos durante tres minutos porque ya me tenían loca dos filósofos y luego me reí y luego me filmé un video y luego me volví a reír. Hice otro video cómico con un pedazo de pollo que compré. Estuve riendo todo el día por eso. Estuve mucho tiempo intentando abrir la llave del gas para el lado que no era… y así otras cosas, todas vergonzosas, la verdad, o que al menos uno no hace si tiene a un invitado en la casa, como ahora lo tenía yo, en mis cámaras. Entonces  salí del baño y tendí mi cama (por primera vez) y dejé todas las cámaras en la habitación para poder leer tranquila, en la sala.

Pero luego me traje la laptop conmigo. Y el móvil. Y fue, digamos, interesante, pensar en que alguien está siguiendo todo lo que haces. Que esté observando esas cosas de casa, de la puerta para adentro. Entonces continué leyendo y ya de vez en cuando hacía comentarios en alta voz. Cuando reía por algo, al momento explicaba por qué reía. Preparé un té y fumé un cigarro mirando fijamente a la computadora. Y por momentos me encontré sonriendo. Sonriendo  no sé a quién. Luego siguió mi día. Tranquilo. Y ya dejé de estar tensa por verme bien, por tener todo organizado, para el visitante hacker de la cámara. Hice las mismas estupideces de siempre. Hoy, por ejemplo, abrí una lata de champiñones de la misma manera que abrí la de sardinas. Y cociné. Y hablé mientras cocinaba. Y comí, todavía observando a la cámara. Y luego me tumbé en el sofá, a leer nuevamente, subiendo y bajando los pies. Y me moví sola en una silla, como si fuera una mecedora. Y escuché la misma canción como nueve veces. Me dormí. Volví a despertar al rato. Y volví a mirar la cámara. Pensé en cuántas personas podrían estar mirando del otro lado. Pensé en cómo serían. Pensé incluso, en lo que pensarían de mí, de mis cosas. Pero luego todo eso me dio igual. No me enderecé el septum. No me acomodé el cabello. No me limpié los ojos. Me atreví a decir hola. Sonreí. Continué tumbada en el sofá.

A veces es importante compartir esas cosas que ocurren a puertas cerradas. A veces es importante. Aunque sea con un extraño. A veces es importante.

En fin, gracias por leerme.

 

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Sobre “la wiffi” en Cuba y el Poker face de Lady Gaga



¡¡Ay “la wiffi”!!! Eso sí es surrealismo. Surrealismo puro. Y no al estilo Dalí. Ni al de Breton es un bebé. Ni al de Memorias del subdesarrollo. Ni a las del desarrollo. Ya conocía de los avatares de la conexión. Porque ya estaba habituada a hablar por Imo con mi sobrina. Y porque también mi madre me llamó un día y lo único que  podía ver era su nariz. Sabía que era complicado. Sabía que era loco. Pero cuando llegué a la Habana estas Navidades, Papá Noel me tenía ese grato regalo. El de tenerme que conectar obligatoriamente para decir hola a los amigos, para ver las novedades de la universidad, para cerciorarme de que no se hubiesen comido mis chocolates, bien guardados en mi departamento, y por supuesto, para publicar el post. Entonces, como solía hacer en mis otros viajes a La Habana, escribí mi post el sábado, y el domingo, como toda buena bloggera, me fui a la Lisa, a casa de mi padre y mi sobrina, a conectarme, casa privilegiada porque tiene ese ciber-monstruo. Entonces empezaron los problemas. Imposible acceder a nada. Ni a las redes, ni al blog, ni al mail… Dos horas esperando, a ver si algo abría por gracia de Dios divino y amigo. Pero todo fue en vano. Tras un ataque de histeria y desesperación, me fui al parque  que hay en frente, donde está la mejor conexión wiffi de la Habana. Para conectarte necesitas comprar una tarjeta que por el “módico” precio de dos cuc (dos USD, más o menos), tiene uno derecho a conectarse una enterita y maravillosa hora. Pero el tráfico en la Habana es como la red de prostitutas de Yarini, así que sin mucho trabajo, encontré a un chico que por el igual “módico” precio de dos cuc más uno extra, me vendió la tarjeta. Gracias mi amiguito – le dije y me senté.

De más está decir que ese lugar estaba repleto de gente. Personas con laptops, con tablets, con celulares y para mejorar el servicio, un chico con unas mesitas y varias computadoras, te oferta que, si no tienes nada de eso, pues te conectas de una de sus computadoras y ya, solucionado el problema, claro, eso por el “módico” precio de dos cuc más uno más uno. Pero bueno, el punto es que me senté y me conecté sin problema alguno. Esa noche fue la menos interesante. Porque, la verdad nadie vino a hablarme, pero yo, como buen gato, pude observar, cómo, a pesar de que todos andaban muy concentrados en sus asuntos, siempre una miradita hacia al lado estaba, para ver qué hacía el otro ciber navegante. Pero como ahora yo soy “extranjera”, la verdad que ni le hice caso a las miradas y me concentré en lo mío y en los míos del otro lado. Y así, en un abrir y cerrar de ojos, mi sagrada hora de internet se acabó.

Yo me fui a Cuba con la firme convicción de conéctame sólo lo necesario. Porque quería “desintoxicarme” un poco de la enajenación que provocan las redes. Pero no sé cómo, al otro día terminé de nuevo conectada, pagando tres cuc. Ahora en otra wiffi, en una del Vedado, en el medio de la Rampa. La Rampa, para que entienda quien no ha ido a la Habana, es una calle larga. Ya. No un parque, no un café. La calle. Y ahí, en un muro vacío, entre tantos navegantes, me senté y me conecté de nuevo. Esta vez la cosa fue distinta. Primero fueron los gritos de la gente hablando por Imo. Ahí me enteré de varias cosas: que un paquete que mandaron de Ecuador no llegó. Que el par de zapatos que le mandaron a Camila para los quince le quedaron chiquitos y entonces los vendieron a veinticinco cuc y ahora hacía falta que mandaran veinte cuc más para comprar otros. Que la hermana de una vieja de Maisí, era una descarada porque decía que no tenía dinero y ella había visto por Imo que tenía una tele grandísima y un montón de pares de zapatos. Que Tito seguía en Costa Rica, ahí, “embarcao”, pero que ni loco volvía pa Cuba. Que a lo mejor los mandaban a todos pa México. Y también me enteré de un lío con una herencia en Miami. Porque el viejo, pobrecito, se había muerto pero el testamento lo dejó a nombre de una sobrina que nunca se ocupó de él y ella (la que estaba haciendo el cuento), le había limpiado hasta el culo al viejo cuando estaba en Párraga. Y que de madre, que venga esa sobrina a disfrutar la casa ahora. ¡Pobre sobrina, lo que le cayó encima! También escuché conversaciones más profundas. Por ejemplo, había un chico que estaba aplicando a una beca como hice yo, y que no le alcanzaba el dinero para pagar los trámites.  A mí eso me dio una lástima, que estuve a punto de decirle, mijito, a ver, pide prestado, pero no, como ahora soy “extranjera”, me comporté bien y recordé la canción de Lady Gaga: Poker face y entonces, con mi cara de póquer, continué escribiendo, escribiendo porque ¡ni loca me ponía yo a hacer Imo ni a mandar mensajes de voz! Yo sí no quería que nadie se enterara de mis asuntos. Mis asuntos son míos. Son privados. Yo, las cosas que escuché, fueron porque era inevitable. Porque la gente en Cuba no habla, grita. Y bueno, ¿qué iba a hacer? Como a la media hora de estar hablando con mis hermanas, me pidieron que les enviara una foto. Y ahí fui yo, a tomarme una instantánea y mandarla. Y cuando me disponía a hacerlo, vino el de al lado y me dijo: - oye, la fotico esa te quedó movida. Ven dale que te la voy a tirar yo pa que te quede mejor.- Y ahí vino, a quitarme el celular y hacerla. Luego la miró y me dijo, - no quedó muy bien. Mira mejor tíratela tú misma desde arriba. Así hago yo.- Me quedé en una pieza. ¡Pero qué clase de loco! Igual le agradecí y seguí en lo mío, con mi cara de po po po poker face, ma ma m ama, a lo Gaga…Y cuando vine a ver, ¡se me acabó la hora!

 En ese momento me dije a mí misma: A, no más conexión. Pero al otro día terminé en el mismo lugar, tirada en el suelo, con mi laptop, sudando como un ruso en África y publicando el post. Y de paso, de nuevo, llamando a los míos. En ese punto ya el cubano se me empezó a salir, y aunque continuaba con mi cara de póquer, comencé a mandar mensajes de voz. Claro, me puse los audífonos para que al menos la gente no escuchara lo que me decían a mí. Pero igual en una de esas, hablando de algo privado con mi hermana, viene el de al lado, me toca el hombro y me dice, - ¡oye, no cojas lucha, tú verás cómo todo se resuelve! ¿Qué iba a responder yo a eso? Un simple gracias, un ojalá y de paso me dijo que si le podía tomar una foto “pa la jeva que estaba en el yuma”. Yo lo ayudé y en eso, se acabó mi hora.

La próxima vez que me conecté, igual desde el Vedado, fue a las once de la noche, saliendo de casa de un amigo que vive a quince calles de ese lugar, pero no sé por qué andando y andando, ¡llegué allá! Y, como siempre, estaba alguno que vende las tarjetas y compré una y bueno… ya saben lo demás. Esa noche igual me puse los audífonos, y así andaba, pero la curiosidad era mayor y me los quité para escuchar, mientras hacía lo mío, lo que hablaban los demás. Me concentré en la conversación de una señora que recién se había operado del apéndice y le estaba mostrando a la hija, la cicatriz de la operación. También le dijo que no sabía por qué, se le había infestado. ¡Cómo no se le iba a infestar si se pasaba hasta a las once de la noche en la calle, conectada! Eso requiere descanso y limpieza. Y la Habana, es cualquier cosa menos limpia. Pero me controlé, porque todavía me quedaba algo de “extranjera”, algo de póquer, algo de Lady Gaga. Pero cuando no pude controlarme, cuando la cabeza me hizo un corto circuito y no pude evitar comentar, fue cuando la escuché hablar sobre uno de los grandes y más profundos problemas que hay en Cuba ahora mismo. Sólo tuvo que mencionar la palabra papel higiénico ¡y ahí salté yo! Ella le comentaba a la hija que el dinerito que le había mandado se lo había tenido que gastar en comprar un papel higiénico que están trayendo de contrabando, porque en la tienda estaba “perdío”. – ¡Perdío es poco señora!- le dije yo - Óigame, que en ningún lugar.

-          Así mismo mijita, pero si te vas a una cafetería privada ¡ahí sí que hay!

-          Exactamente. Imagínese que tengo un amigo extranjero, que andaba por los baños de los lugares privados, recogiendo rollitos, para luego llevárselos para la casa. Y él me preguntaba por qué no había papel, ¡y yo qué le iba a decir!

-          Nada, ¡qué pena con tu amigo el turista! Porque lo de este país no tiene nombre. Yo, pa la operación, necesitaba, porque yo no sé, pero cuando te operan del apéndice dan unos deseos de ir al baño… ¿A tí te han operado del apéndice?

-          No, no me han operado, pero a mi hermana sí

-          Oye qué suerte tú tienes. Eso es lo peor, la operación del apéndice, y más cuando necesitas el papel, ¡pal baño y pa todo!

En ese momento, parece que se le acabó el tiempo y ya yo había reservado los quince minutos que me quedaban para la próxima vez. Entonces me puse a hablar con la señora. Sobre el papel higiénico.

-          Imagínate tú, que el hombre los trae de Ecuador y vende el paquete de seis en ¡diez cuc! – me dijo.

-          Pero está barato- saltó otro, que también estaba para el chisme. Yo pagué cinco cuc por dos rollitos. Dos rollitos. ¿Ustedes saben lo que es eso?

-          ¿Y a quién tú se lo compras?

-          Yo, a un tipo que igual los trae de Ecuador. Pero ahora se le jodió el negocio por todo el lío ese de Costa Rica.

En eso, se vira la mujer para mí y me pregunta:

-          ¿Y tú no compras papel higiénico?

-          Yo no señora.

-          ¿Y por qué?

-          Es que yo ahora vivo fuera de Cuba.

-          ¡Oye qué rico! ¿Y dónde vives?

Ahí comencé a hacerle el cuento de mi vida. Y en eso estuvimos hasta la una de la mañana que me regresé a casa, directo a hablarle a mi abuela, sobre la situación del papel higiénico.

La última vez que me conecté fue el treinta y uno de diciembre. En la Lisa. Para que mi papá pudiera saludar a sus hijas y a su nieta. Quedamos en vernos en el parque. Cuando llegué, él estaba hablando con otro viejo sobre yo qué sé. Ese es otro grupo: los que van al parque no a conectarse, sino a enterarse de lo que hablan los demás. Luego de tantas conexiones, ya yo andaba a lo loco. Y en el medio de la Lisa, formé tremenda gritería con mi papá y mis hermanas. Y mensajes de voz venían y se iban. Ya sin audífonos y sin nada. Entonces, yo trataba de explicarle a mi papá que cuando mis hermanas hablaban, él no podía responder, sino esperar a que ellas terminaran y luego mandar un mensaje de voz. A todas esas, el viejo aquél continuaba sentado al lado nuestro, abiertamente escuchando todo y luego escuchando a mi papá que le contaba la vida de sus hijas en el extranjero. Lo mejor fue, cuando, en una de esas íbamos a tomarnos una foto para mandarla y el viejo le dice a mi papá: - oye dile a tu hija que se quite el moco que tiene en la nariz, que parece que no se ha dado cuenta. ¡Que no es un moco, señor! Es un septum! Un piercing!

Luego de toda esa gritería e intercambio social (porque el cubano, hasta con internet es sociable), nos fuimos para la casa y ¡se acabó la wiffi!

También están los cuentos que me han hecho. Dice mi padre que un día, en la noche, pasó por delante de un chico que le decía a su mujer: oye chica, dale, enséñame una teta, mira que aquí no hay nadie. ¿¿¿QUE NO HAY NADIE???

También tengo un amigo, que ha sustituido sus salidas nocturnas, por reunirse con los socios, comprar una botella de ron e irse a conectar. Otra vez, hace un tiempo, leí una noticia sobre un hombre que había tumbado una estatua de un héroe nacional, porque se subió encima para ver si cogía mejor conexión. Pero lo mejor de lo mejor fue el especial que hicieron en las noticias de la tele, sobre la wiffi. Al parecer, para modernizar al pueblo cubano, hay un instructor de wiffi. Entonces uno veía el video del instructor, con su playera de instructor, con su gorra de instructor y un silbato para callar a la gente. Él explicaba cómo conectarse. Decía: Ahora ustedes aprietan este ícono y aquí les sale una palabra Wiffi. Aprietan ahí. Y alrededor, se veía a cientos de cubanos haciendo lo que el instructor ordenaba. Luego venían los comentarios de la gente, hablando de lo útil que era tener un instructor de wiffi. ¡Ya les digo, surrealismo!

El dos de diciembre me monté en el avión. Pero cuando iba de camino al aeropuerto y pasé por la Rampa, no pude evitar sentir cierta nostalgia. Y es que la wiffi en Cuba, me hace pensar en las montañas de los parques de atracciones: pagas un montón de dinero por treinta segundos de adrenalina. Se tienen sentimientos encontrados. Se experimenta una felicidad infantil. Por lo menos eso sentía yo cada vez que me conectaba. Y eso debe sentir mi sobrina cada vez que me llama por Imo. Y mi padre. Y mi madre. Y mis amigos: la ingenua sensación de estar fuera de la isla. La felicidad de sentir, de alguna manera, cerca, a aquellos que están lejos. Y es la misma que siente uno del lado acá, cada vez que suena el teléfono y es alguien de allá que te invita a montarte en esa montaña de parque de atracciones. Y a quien puedes expresarle tu amor, virtualmente, treinta segundos, cuarenta segundos, dos minutos. Una hora.

En fin, gracias por leerme.

 

 

 

 

 

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