Sobre la historia de amor de dos ancianos ex integrantes de la Unión de Jóvenes Comunistas de Cuba. Sobre cómo mi padre es uno de esos ancianos. Sobre cómo la muerte de mi padre es algo en lo que pienso.



I
  Sobre la historia de amor de dos ancianos ex integrantes de la Unión de Jóvenes Comunistas de Cuba. Sobre cómo mi padre es uno de esos ancianos. Sobre cómo la muerte de mi padre es algo en lo que pienso.
  Entre las cosas superficiales que me desagradan bastante (chinos, peruanos, enanos, niños, cuerpos sin curvas) se encuentran también, los ancianos. Y aunque tengo amigos chinos, amigos peruanos, amigas con cuerpos sin curvas, amigos ancianos, amigos enanos y amigos niños, en su generalidad, me molestan. Me desagradan. Me hacen sentir incómoda. Es que siento que se me pegan esas cosas, ¿me entienden? Por ejemplo: si estoy cerca de un enano, me siento enana, si estoy cerca de un anciano, me siento anciana, si estoy cerca de un cuerpo feo, me siento fea. Tengo la sensación de que todo aquello se me mete por cada poro abierto de mi piel hasta convertirme físicamente, en algo que no soy. El problema no es de los demás, el problema es mío y de mi amigo Dios, que me hizo así, no apta para aceptar cambios en mí.
  Pero bueno (que ya me estoy desviando) en esta oportunidad, quería hablarles sobre un anciano en particular: mi padre. Mis hermanas y yo, todas lejos de él (físicamente) estábamos convencidas de que nos enteraríamos de su muerte tres días después, cuando su cuerpo apestara y alguien nos avisara. Es una de las pesadillas que durante mucho tiempo había ocupado mi mente y que hace que le escriba como loca todo el tiempo y ansíe sus respuestas. Pero mi padre no sabe utilizar bien el celular y sólo responde cuando quiere, cuando  o sus dedos gordos le permiten teclear.
  No obstante, por esas contradicciones que tengo siempre, también me entusiasmaba la muerte poética de un hombre solo, en su casa desaliñada, entre libros, periódicos y películas en dvd. Con las fotos de sus hijas alrededor y para rematar, varios poemas y textos inconclusos, regados por ahí. Eso es una muerte poética. Mejor que morirte en un accidente, o simplemente, de viejo. Mi padre vivía en una soledad interna y externa difícil de superar. Yo, repito, sabía más que nadie que eso no estaba bien. Que por lo menos hay que amainar una de las dos, pero también secretamente alentaba la poesía melodramática y bucólica de la soledad extrema.
  De repente, un día todo cambió. Nos envió un correo a mis hermanas y a mí, contándonos que había encontrado el amor nuevamente. Se reencontró con una novia de la juventud, para la cual, él fue su primer amor carnal.
  Mi hermana mayor se asustó pues pensó que ya comenzaba a estar en un estado mental senil. Yo pesé que era mentira, una forma de llamar la atención. Y mi otra hermana, ni caso le hizo.
  Entonces, otro correo más hablando de lo mismo. Mi hermana mayor, ya a punto de la histeria, comenzó a averiguar por todos lados si era cierto o no, lo de la novia de la tercera edad.
  ¡Y cierto era! Mi hermana mayor se quedó atónita. Mi hermana del medio se quedó atónita. Yo me quedé atónita, pero doblemente, al enterarme que la iniciadora indirecta de ese romance, había sido ¡¡¡¡El gato de Monique!!!!
TURURURUUUUUUUUUUUUUU
 II
  Y es que debido al blog,  un día un chico me habló por Messenger. Las cosas no pasaron del hola, hola, me gusta tu blog Monique, ah muchas gracias, qué bueno y de alguna u otra tontería de hombre que quiere llamar la atención. El chico estaba  aburridamente obsesionado con su padre, que ya había muerto.  Ahora se obsesionaba con su madre, vieja sola, sola, sola, sola. Un día, sin ninguna razón, hablamos de los trabajos de nuestros padres y sin más, no volvimos a comunicarnos, durante algunos meses.

III
  Finalmente nos enteramos de quién era la novia de nuestro padre. Una señora que a los quince años, había tenido ciertos encuentros amorosos con mi futuro progenitor. Luego del romance, cada uno siguió su camino. Mi padre se casó, enviudó, se volvió a casar, se divorció y nunca más, supieron uno del otro. Hasta un día en que una antigua amiga le pasó el número a mi papá, de la antigua quinceañera pasional. Ahí empezaron a hablar, luego planearon un encuentro para dar un paseo y luego otro. Al tercero ella le preguntó por sus intenciones, él le dijo que quería algo serio y ya. Comenzaron a salir.

IV
  De repente el chico de Messenger me escribe y me dice: oye te cuento algo, ¡tu padre y tu madre me regalaban pollos rostizados cuando yo era niño! Como eso me parecía más interesante que sus pláticas del padre muerto, o de algo en el blog que le había recordado a su padre, me interesé por ese chisme. Entonces me contó. Que su padre y su madre habían comenzado a salir gracias a mi papá. Que su madre era muy amiga de él y años después su padre se hizo amigo de él. Y que mi padre, de casamentero, los unió. Años después nació él y ya todos amigos, el niño de Messenger pasaba las tardes con mis padres, en Yucatán, comiendo pollo.

V
  Obviamente, yo tenía que ver esa historia de la novia con mis propios ojos y agarré un avión y me fui a la Habana. Quería saber los detalles. Quería saber cómo había ocurrido eso. Quería poder definir por qué azares del destino la muerte bucólica y poética de mi padre se había convertido en una llamada al instante de una novia anunciándome que a mi padre le había dado un paro cardíaco, o qué se yo, alguna muerte de esas de los viejos. Por otro lado, me hacía feliz saber que mi padre estaba rehaciendo su vida, que no moriría solo, que estaba feliz. Era confuso todo. Me sentía enferma, como si un montón de chinos, enanos, peruanos, todos con cuerpos feos, niños, ancianos y también adolescentes con Síndrome Down y sexualmente activos, estuvieran acosándome. Pero decidí relajarme y no pensar, porque miren que para aquel entonces, yo tenía una piedra en la vesícula y si me alteraba, me inflamaba y si me inflamaba me veía sin curvas y ¡voila! Una de las cosas superficiales que me desagradan, me podía atacar.
  Cuando llegué a la Habana, comencé a planear el encuentro con mi padre y su novia, la antigua quinceañera fogosa. Llevé regalos y mi mejor cara, pero la señora, la pobre tenía la presión descontrolada y no era capaz de viajar hasta la Habana. Todo esto lo supe mientras comía con mi padre. Él estaba preocupado. Su rostro se me hacía desconocido: una mezcla de inquietud y de aparentar que todo está bien. Pero todo no estaba bien... Resulta que la señora estaba con la presión alta ya hace semanas debido a los horarios de sueño descontrolados de mi padre. Y también porque él la invitaba a tomar cervezas y una hipertensa no puede. Mi padre es muy imprudente. A mis catorce años, mató sin querer a mi ratón de laboratorio porque le dio ron, en vez de agua… a ver qué pasaba. Yo recordé eso y no pude dejar de pensar que ese podía ser el futuro de la antigua quinceañera. ¡NOOO, NOOO! Así que hablé con él y le dije: papá, tienes que portarte bien, tienes que aprender a convivir con otra persona y sobre todo, ¡tienes que dejar que las personas duerman! Recuerda cómo estabas enfermando de los nervios a tu hija mayor, por estar toda la noche en el sillón, viendo la tele, o llamándome por teléfono. Todos no son como tú y como yo. Le dije que a su edad, viejo y loco no iba a conseguir a nadie. Que era una suerte que esa señora con hipertensión hubiese accedido a darle un poco de amor. Papá, le dije, nosotros no estamos hechos para el amor, debido a nuestra angustia ancestral, pero si tú quieres amor, pues entonces cuídalo. Me sentí muy adulta, muy seria. Hasta sentía que, de tanto estar en contacto físico y emocional con mi padre, que me salía una arruga en la frente. Mi papá me escuchó atentamente y me prometió intentar portarse bien.

VI
  Resulta - dijo el chico de Messenger - que un día estoy viendo la tele con mi mamá y vemos a la tuya, cantando en un programa. Entonces, mi madre me contó que esa señora había sido la esposa de un gran amigo suyo, del hombre que los había presentado, pero desafortunadamente, ese hombre, como su padre, había muerto. El chico de Messenger, que sabía que ese hombre (mi padre) seguía vivo, le dijo a su mamá que eso no era cierto, que su amigo seguía en este mundo. Entonces fue cuando me escribió nuevamente para que yo le pasara el número de teléfono de mi padre y así, los amigos de la juventud, hablaran.
  La madre del chico de  Messenger y mi papá se conocieron cuando tenían veinte años. Ambos eran parte de la Unión de Jóvenes Comunistas. La mejor amiga de la madre del chico de Messenger, en aquel entonces tenía quince años y también era parte de la UJC. Al conocerse la mejor amiga y mi padre, tuvieron su desvarío amoroso. Más de treinta años después, al volver a hablar los amigos, mi padre le preguntó por su amiga, la quinceañera, y ésta otra le comentó que habían seguido en contacto durante toda la vida. Entonces, le pasó su número.
  Y bueno aquí estamos, todos anonadados de cómo El gato de Monique pudo unir a dos personas y  cambiar por completo el presente de alguien. Narrando la historia de dos jóvenes que encontraron el amor pueril bajo las alas de la naciente Unión de Jóvenes Comunistas, con Silvio y Pablo de fondo  y que luego comenzarían de nuevo su historia, a las puertas del 60 aniversario del Triunfo de la Revolución Cubana, seguramente con el fondo musical citadino actual del Micha o el Chacal.

  Por mi parte, sólo me quedan los correos que me envía, a veces contándome que se porta muy bien y que a su novia no le ha subido la presión. Otras expresándome lo difícil que es dejar de ser un hombre solo, para convertirse en uno acompañado, pendiente de otro ser. Ya le dejo su muerte al destino. Aunque secretamente he comenzado a imaginar que quién sabe, quizás los dos puedan morir en una marcha del Día del Trabajador, o alguna manifestación  de esas en contra del bloqueo yanqui. Y sueño despierta en contarle a mis amigos que sí, que mi padre murió, junto a su amor quinceañero pasional, cerca de un cuadro de Fidel y miles de personas oprimidas, gritando hipócritamente “Abajo el bloqueo”. No sería una muerte melancólica ni bucólica, pero sí bizarra. Muy bizarra.  Comunista. Con olor a anciano rancio. Desagradable. Maravillosa.
Yo amo a mi padre, lo amo hasta morir. De eso no les quepa duda.

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Yuca y Pan



  En una semana me voy a la Habana. Por un lado, estoy realmente entusiasmada porque mi piel clama por humedad caribeña. Acá está tan seco el clima que mis pómulos se están agrietando. También me entusiasma la idea de ver a mis padres y a los amigos que allá continúan; siempre tienen tantas historias que contar, entre gritos de exasperación o susurros para que los vecinos no escuchen… Otro punto de mi contentura es que quizás iré al campo, a montar caballo. Todos saben  que yo, Monique, odio el campo de una manera descomunal, pero, yo, Monique, sí amo a los caballos y me he creído siempre una gran jinete. Por último, necesito dar rienda suelta a los deseos ya desquiciantes que tengo de comer yuca, mezclado con la necesidad de bailar descontroladamente durante un par de horas. La yuca y el baile se mezclan y se pegan, por el mojo de ajo, el mojo caliente, el mojo con limón o con naranja agria. Hay veces en que me encuentro con el espíritu de Lezama encima y no dejo de pensar en mi variante de almuerzo lezamiano, con congrís, con tostones rellenos, con carne de cerdo, con plátanos fritos, con camarones empanizados, con camarones al ajillo, con ensalada, con suflé,  con flan, con arroz con leche, con pudín, con buñuelos, con la tan anhelada yuca. Y lo saboreo todo como si fuera real y en esos momentos puedo entender por qué Virgilio Piñera escribió un cuento como La cena. Todo esto se dispara en mí, cuando sé que en 168 horas estaré en mi primer hogar.

Sólo me preocupa algo de mi viaje: que ahora no hay harina en Cuba. Es que a mí me gusta mucho el pan y más el de la bodega. 
¡Ay, la Habana! Esta vez con yuca, pero sin pan.

En fin, gracias por leerme.

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Para este dos mil diecinueve, yo, Monique, deseo el mal



Siempre me ha parecido que el veinticuatro de diciembre, el veinticinco de diciembre, el veintiséis de diciembre, el veintisiete  de diciembre, el veintiocho de diciembre, el veintinueve de diciembre, el treinta de diciembre, el treinta y uno de diciembre, el primero de enero, el dos de enero, el tres de enero, el cuatro de enero, el cinco de enero y el seis de enero, son los días en que las personas realmente se tragan el cuento de que se son buenas personas, y de que los demás son buenas personas, y de que todos somos buenas personas. ¡Qué bonito! Repito, ¡qué bonito!
  Comemos y comemos, como cerdos, imaginando que todo eso nos hará bien, que estamos consumiendo alegría, alegría con grasa, alegría con azúcar, alegría con verduras. Ya luego de que pasan esas fechas, comienza el proceso de desintoxicación de la felicidad. Pasamos el año con nuestras dietas, con nuestra falta de alimento, hasta llegar nuevamente a los últimos días, donde ya estamos anoréxicos de esa felicidad que nos inundó durante tres semanas. Y entonces volvemos a comer. Es el nuevo comienzo de esa bella positividad. Y es que la necesitamos.
  Particularmente, yo siempre me siento muy positiva durante esas fechas. No sé si pueda considerar que me trago el cuento de ser mejor persona, pero sí la positividad y los deseos de hacer me inundan.  Por ejemplo, estas tres semanas me las pasé encerrada en una habitación pensando en que quiero que alguien desaparezca, que le vaya muy mal, incluso, si no es mucho pedir amigo Dios, que esa persona se muera en un accidente, o consciente de que desea su muerte. Estos pensamientos los tengo el año entero, pero durante dichos días, mi petición se vuelve más fuerte, se vuelve potente, se vuelve invencible y siento que no estoy sola, que no estoy sola, que no estoy sola,  siento que estoy con Dios,  con Yahvé de los ejércitos, con el padre del bien y el mal, y que él está conmigo, confabulando, viendo cómo puede complacerme. Con una aguja que se entierre en el dedo de esa persona, con una cortada que la deje sin sangre, con una mala noticia que la destroce, con la pérdida de su alma, con una existencia podrida, con lepra, con peste bubónica, con dengue hemorrágico, con hambre, mucha hambre, con un fracaso marcado en la frente, con la fealdad extrema, con la esterilidad mental y física, con falta de luz, falta de paz, falta de amor, falta de acción, con un Tsunami que arrase con todo lo que desea. Y hoy, seis de enero, día final del ciclo de la felicidad, pido con más fuerza todo esto y lo consagro en un texto escrito para que surta efecto como un mantra.    
Qué bonito. Repito, qué bonito
Es
Estar
Lleno
De
Esperanzas

En fin, gracias por leerme. ¡Feliz dos mil diecinueve!
Les desea,
Monique

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Sobre un recuerdo que no llega a nada, pero que aun así, persiste

Photo by Gary Goremez



  Alguna vez estuve en una playa tan fría que ni me atreví a palpar el mar. En ese entonces, aun quedaba en mí cierta calidez que siento, ya no existe. En la arena, había cientos de caracolitos desgastados por el oleaje. Algunos eran tan pequeños que el viento los arrastraba y en algunos casos, los hacía volar.
  Yo recuerdo los caracoles dando vueltas, confundiéndose con la arena, jugueteando como si los caracoles fueran felices, como si la arena fuera feliz.  Y recuerdo también cómo me tumbé en la arena creyendo que la felicidad era algo palpable. Respiré profundo aquel aire que en mi nariz se volvía fuego. Sentía el mar, sentía la arena, sentía la brisa, sentía el juego de los caracoles, todo en mis manos, todo en mi rostro, todo encontrando aperturas por donde entrar en mí.  Yo tenía veinticuatro años.

  En fin, gracias por leerme

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La pobre historia de Yanpier, en el Aeropuerto Internacional de la Habana



I
  Resulta que a las tres de la tarde del lunes pasado, llegué yo a la Habana. Me fui a La Habana, porque mi marcada hipocondriaquez ya necesitaba una buena racha de médicos buenos (y gratis). Como llevaba demasiado equipaje, era necesario que fuera directo a la “pesa”, donde me dirían cuánto tendría que pagar por todo. En casi cualquier lugar del mundo, ese es un proceso (si se llegara a realizar) rápido y sin ninguna complicación. Pero en Cuba no. En Cuba, de entrada, hay que invertir una hora mínimo para ese proceso, cruzando los dedos todo el tiempo para que a la Aduana no le dé por comenzar a abrirte el equipaje y a quitarte cosas. Es toda una experiencia, ir a la pesa en el Aeropuerto Internacional José Martí. Pero bueno, no hay problema. Ya eso lo sabía, estaba preparada. Lo que no sabía era el enredo que se le iba a formar a Yanpier.

II
  Cuando llegamos, el único vuelo en toda la sala era el nuestro. Bien, poca gente. Pasé todos los filtros habituales y, después de lograr agarrar un carrito para mi equipaje, me fui a la pesa. Habían cuatro personas delante de mí: tres muchachos que venían juntos de España y entonces tenían mucho equipaje porque habían nacido tres niños en la familia y  entonces uno de los tres se había casado con una española y recién habían tenido un chama y entonces recogieron todo lo que al chama ya no le servía y entonces lo iban a regalar a la familia y entonces si no le servía a los chamas recién nacidos lo podrían vender porque eran cosas buenas, coas de marca, cosas del Corte Inglés y entonces por eso habían ido a la pesa, y una señora que no le dio tiempo contarme de donde venía porque fue la primera de la cola. Detrás de mí, había una negrona, relativamente joven que también venía de México y su profe, una señora mayor ya. La negrona y su profe fueron por algún evento deportivo. Me recordaron los tiempos en que estudié en una Institución deportiva (sí, porque Monique, alguna vez, fingió ser gimnasta). La negrona y su profe estaban ma-ra-vi-lla-das por cómo en México les vendieron tres carteras por doscientos pesos, unas carteras buenísimas, de piel de cocodrilo, pero claro de imitación, pero lo importante es que se veían súper buenas. También estaban hablando de la ropita bonita que la negrona le compró a su niña, ropa a la moda, porque su niña está bien linda. Yo, que estaba conversando con ellas, les dije, mire qué casualidad, los de adelante también trajeron ropa para unos niños que nacieron. Entonces todos se pusieron a conversar de la “ropa pa los chamas”. Como ya la conversación giraba demasiado en torno a niños, le pedí a la negrona y a su profe, que me cuidaran mi equipaje porque yo estaba enferma y necesitaba sentarme. Ahí la conversación de niños paró y la negrona bien buena onda me preguntó qué me pasaba. Ahí ya me sentí realizada. Les conté que no sabía qué tenía, que no paraba de vomitar y de tener dolores intensos en el abdomen. Que me habían dicho que tenía una gastritis muy aguda pero que ya yo sentía que tenía una úlcera. Los tres muchachos que venían de España, se compadecieron de mí, al igual que la negrona y su profe. Me dijeron que sí mi vida, ve a sentarte tranquilita que nosotros te avisamos cuando te toque.
  Fui a sentarme.
  En todo este rollo, llegó un vuelo de Rusia, donde a todo el mundo lo mandaron a revisión porque supuestamente sus equipajes estaban llenos de contrabando de ropa para vender en Cuba. Como las sillas estaban en esa parte de la cola, me puse a conversar con un señor que efectivamente, su sobrina le había pagado el pasaje a Moscú, para que trajera mercancía de allá y de paso diera el paseíto. El pobre señor me contaba con pesar, que en su condición, mucho no había tenido tiempo de conocer, pero que su prima por lo menos lo llevó a comer a restaurantes muy bonitos. El problema es que el señor era inválido y estaba en silla de ruedas. Además tenía como ochenta años. Luego, la sobrina me contó, ya molesta, que ella había pensado estratégicamente, en llevarse a su tío porque como estaba viejo e inválido, seguro en la Aduana no los molestaban tanto, pero que mira esto, al final los mandaron a revisión , de nada sirvió el viejo en silla de ruedas. A ver qué pasaba….
  En eso, la señora mayor me llamó porque ya me tocaba. ¡Qué felicidad! Máximo, en una hora, estaría con mi mamá y mi mejor amiga, contándoles todas mis historias chinas y también todas mis enfermedades. Entonces, se fue el sistema en el aeropuerto entero.

III
  Que se vaya el sistema en el aeropuerto, significa que se cayó la red. Y si se cae la red, la pesa no funciona, ni tampoco los equipos de revisión. Y ahí, en ese instante, nos dijeron, hay que esperar…. indefinidamente. La gente se empezó a poner loca.
  Pasadas dos horas, ahí seguíamos. Ya el aeropuerto estaba lleno. Un vuelo de Francia también había llegado y también estaba atrapado, como nosotros (porque la pesa…) Pero esos franceses estaban de lo más contentos, maravillados por llegar a la isla paradisíaca, cuando de repente, se siente un grito: ¡Camilaaaaaa, llama al jefe por tu vidaaaa, yaaa yaaaa, dejen eso yaaaa! Dos aduaneros, porque uno decía sí y el otro decía no, se comenzaron a pelear de una manera espantosa, justo delante de todos los franceses fascinados por llegar al paraíso. ¡Camilaaa camilaaaa, camilaaa, llama al jefe! Pero el jefe no llegaba. ¿Por qué? Porque andaba intentando hablar con Yanpier.

IV
  Yanpier es el único informático en todo el aeropuerto. Es un muchachito que no pasa de los veinte años. Blanco como un papel y con la cara llena de granos. Desde que se fue el sistema, el jefe y todas las personas que estaban esperando, comenzaron a “sofocar” a Yanpier. Venía el jefe y le gritaba. Yanpier, ¿ya se arregló? No jefe, todavía. Y ahí todo el mundo brincaba: no jodas Yanpier, qué pasa, Yanpier, oye tú no le sabes a esto, Yanpier, se te van a reventar los granos de la cara, Yanpier…. Cada vez que Yanpier revisaba la pesa, una avalancha de chistecitos mezclados con gritos del jefe, caían sobre el pobre Yanpier, que ya estaba rojo. Hasta que no pudo más y reventó. Ahí fue que nos enteramos que él era el único informático en todo el aeropuerto, pero lejos de causar lástima, comenzaron molestarlo más, hasta que Yanpier soltó un último grito de desesperación y se encerró con llave en su oficina. El jefe fue a ver si Yanpier le abría la puerta (¡Yanpier, abre la puerta, Yanpier! Nada. Yanpier estaba tranca’o como un caracol. Entonces, el jefe mandó a llamar a la psicóloga del aeropuerto, a ver si Yanpier quería conversar con ella, pero nada. La psicóloga le tocó la puerta y le dijo, Yanpier, abre por favor, mira que tengo a tu mamá al teléfono. Eso fue suficiente para que el aeropuerto entero se viniera abajo de la risa. Al final, Yanpier abrió y entraron el jefe, la psicóloga y la llamada de su mamá. Y en eso, la pelea afuera. Aparte, la sobrina del señor en silla de ruedas discutía con otra aduanera, porque a su tío le estaba bajando la presión y que necesitaban que la dejaran salir para comprarle un juguito al viejo. Pero el viejo a mí me dijo que él se sentía bien, que era una estrategia para que ella saliera y le dejara a la persona que los estaba esperando afuera, todas las cosas que traía escondida debajo de la ropa, en los bolsillos, etc.
  Dos horas después (ya cuatro en total), los dos aduaneros, que ya se habían reconciliado, informaron que…. ¡Yanpier, había solucionado el problema! Yanpier salió. Pero las burlas siguieron y todo el mundo empezó: vaya, vaya Yanpier, ¿ya hablaste con tu mamá? ¿Ya diste “pie con bola”? Y Yanpier se volvió a encabronar. Entonces, el jefe le dijo que le daba el resto del día libre para que se relajara. O sea, iban a dejar el aeropuerto sin informático. Pero no importa, Yanpier se lo merecía. Necesitaba ver a su madre.
  Como yo era la primera, pasé rápido a la pesa. Le dije a la muchacha aduanera que por favor, que terminara rápido conmigo porque yo tenía una úlcera casi mortífera, que posiblemente ya fuese cáncer, y que ya necesitaba ingerir alimento y mis medicamentos, o podía sufrir un desmayo. La muchacha de la aduana se compadeció de mí, como la negrona, su profe y los tres muchachos. Me dejó salir rápido. Dije adiós a todos.
  Pasando la puerta, el golpe de calor, la humedad rizándome el cabello, el olor a cigarro popular, el ocaso todo bonito. Ya eran las siete y media de la noche. Agarré mis cosas y muerta de la risa, comencé a caminar hasta encontrar un taxi que me llevara a mi casa. Con mi mamá. Como Yanpier, con la suya.
  A mí nunca se me olvida que soy cubana. Y cuando voy a Cuba, menos que menos se me olvida que lo soy. Esa mezcla insólita de enojo, desesperación, cinismo, calor y ataque de risa, esa mezcla que se da al mismo tiempo, no gradual, no una primero y otra después, sino al mismo tiempo, sólo la he sentido allá.

 En fin, gracias por leerme.

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Sobre una tarde en Beijing, con un chino viejo.

                   Artwork: Goremez

 Una tarde en Beijing, a la hora del té, me senté en una mesa con un chino viejo que ya tenía delante su termo con agua caliente y su mezcla de cebada  y de jazmín lista para saborear su infusión. El chino no hablaba español. Yo no hablo mandarín. Aún  así , conversamos  de esa manera en que se conversa con el cuerpo y con el alma.
 El chino me contó toda su vida. Me contó su infancia. Me contó su adolescencia. Me contó su casamiento. Me contó sobre su esposa. Me contó sobre su único hijo. Me contó cómo decidieron  tener otro hijo, a pesar de que estaba prohibido. Me contó cómo pensaban no registrarlo y cuando fuera lo suficientemente  grande, sacarlo del país primero a Rusia, intentando atravesar el río Pinyín. Me contó que se les murió a los tres meses, mientras viajaban en tren. Me contó que tuvieron que llevarlo muerto todo el trayecto. Me contó que nadie se enteró.Me contó que el hijo que sí vivió, hoy trabaja en una tiendita  turística cerca de la Ciudad Prohibida. Me contó que tenía una nieta con  un nombre que no puedo pronunciar. Me contó que  era muy muy feliz. Nunca me dijo su edad. Ni la de su mujer. Ni la de su hijo. Ni la de su nieta.
 A todas estas, ya casi terminaba el té. Yo, como concluyendo la plática, le expresé lo bien y contento que había él llegado a esa edad, lo bien que había llevado su adultez. Igual concluyendo, entre señas y sonidos raros, me explicó algo: que la adultez sólo funciona si pretendes ser feliz, si finges ser feliz, si sonríes para ser feliz. Y me explicó que hay dos opciones ante esto: o terminas creyendo fielmente que eres feliz, o tomas mucho té de cebada y de jazmín, para que la rabia acumulada no afecte tu salud.
 Al final, le enseñé a decir Adiós en español y él me enseñó a decir Adiós en mandarín. Sonreímos ambos, felizmente.

 En fin, gracias por leerme.

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El animal que me está persiguiendo


                                                                Artwork: Tepal-tetl

  
Está todo el tiempo caminando detrás de mí, o sobre mi espalda. Pesa tanto que ya siento una joroba. Cuando me enderezo, me abre la boca a la fuerza y se me mete dentro y se instala en mi intestino grueso. Hay gente que me ha dicho, es la soledad. Otras me han dicho, es la angustia ancestral que heredaste de tu padre. Mi amigo, el cura, me dice que tengo detrás a los cuatro jinetes del apocalipsis; que estoy condenada, que vaya más a la iglesia a confesarme y no a conversarme. Mi madre, que es santera, no le importan las causas, sino el efecto y quiere bañarme con hiervas que dan comezón y limpiarme con un huevo.
  Yo quiero eliminar a ese animal que me agarra como diversión de niños, entrando y saliendo cada vez que quiere. Sé que la culpa es mía, pues fui yo la que caminé a su encuentro cuando escuché que algo me susurraba: muchacha, muchacha, acércate, hagamos un trato. Y me llamó la atención sentir su aliento, mezcla de azufre y pasto mojado. Y me llamó la atención que me propusiera cosas tan interesantes. Y me llamó la atención que las cumpliera. Y me llamó la atención que soplara el aire. Y me llamó la atención que se me fuera el enojo. 
  Tanto me llamó la atención, que en un momento de credibilidad ante la maravillosa vida, comenzó a perseguirme. Y cuando se aburrió de caminar, sacó sus garras, me las encajó en la espalda, y se pegó a mí con su cuerpo viscoso. Como el empacho cuando se me pega. Como las ventosas cuando se me pegan. Como los perros cuando se me pegan. Como la fe cuando se me pega. Qué desagradable.

  En fin, gracias por leerme.

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Sobre algo que (quizás) es hermoso en este mundo

                                          
                                                               Artwork: Dara Scully


  Hace cinco días, a un amigo el dieron un disparo en el vientre y le cortaron un pedazo de intestino. Hace cuatro días, una prima estuvo abortando un feto, una madrugada entera. Hace dos días, mojaba yo el asfalto con sudor, que goteaba mientras corría para bajar calorías. Hace tres horas, una de mis hermanas me hablaba, intentando expulsar la tristeza que sentía porque extraña a mi sobrina.

  Cuando el pedazo de intestino, el feto, el sudor y la tristeza tocan el suelo, la tierra los absorbe, los nutre y los vuelve árboles, o flores. Cuando se queman, inundan el aire, y entonces los respiramos; los respiramos a todos. Cuando llegan al fondo del mar, se vuelven algas que se esparcen por todos lados y que se comen los peces, peces que luego comemos nosotros.

  Al final, nada desaparece completamente. En este mundo, nada desaparece completamente. Eso es algo hermoso.

 

  En fin, gracias por leerme.

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Sobre todas las cosas que, en menos de veinticuatro horas, son Azúcar Amargo, o sobre la desesperación porque mis amigas escuchen mi reflexión



  Hoy me he detenido a escuchar una canción de esas que jamás escucharía. Y he reflexionado. Y he descubierto en esa rola, cargada de cursilería, una revelación. Una de esas que son evidentes, pero que hace falta escuchar de otro (o por lo menos me pasó así). Y he querido compartir mi revelación a mis amigos. He llamado a todos, sin importar el país, sin importar la hora, porque las reflexiones hay que compartirlas. Pero nadie me ha hecho caso. Todos se reían de mí. ¡Oh , Oh, qué triste mi vida solitaria! Y sólo porque la canción es horrible. Muy popular en los noventa, puedo decir, que Azúcar Amargo me ha hecho pensar sobre todas las cosas que en menos de veinticuatro horas cumplen ese precepto.
  De las diez de la mañana a las once y cuarenta y tres de la noche, de un sábado, enumeraré todas las cosas que han sido Azúcar Amargo.
  Azúcar amargo fue mi despertar: porque amé abrir los ojos, pero odié pensar que llevo veintisiete años abriéndolos de la misma forma porque los tengo muy chinos.
  Azúcar amargo fue hablar una hora con mi tutor de tesis: porque platicamos sobre los cambios que debía hacer a mi tesis, pero a la vez, disfrutaba enormemente escuchar cada una de las correcciones.
  Azúcar Amargo fue el cigarro que placenteramente  fumé, con el estómago totalmente vacío y mi gastritis intensa.
  Azúcar Amargo fue el café Cappuccino  que tomé, de esos de paquetitos de treinta y ocho pesos.
   Azúcar Amargo fue ver en Facebook, un recuerdo que mi sobrinita compartía: éramos nosotras dos, en un almendrón de la habana, moviendo la cabeza al ritmo de una canción horrible de reggaetón: porque sentí la contradictoria sensación ante la cercanía de la temporalidad virtual y la agonía ante la lejanía de la real.
  Azúcar Amargo fue luego hacer video llamada con ella: y la misma y contradictoria temporalidad me consumió.
  Azúcar Amargo fue casi llorar por las calorías, a la vez que devoraba un plato de pasta con tocino y crema,  un trozo de pastel azteca y un poco de cochinita pibil.

(Y todavía no llego a la una de la tarde)

  Azúcar amargo fue ir por otra cajetilla de cigarros porque ya había terminado la otra.
  Azúcar amargo fue caminar por el centro mientras llovía.
  Azúcar Amargo fue comprar muy entusiasmada, dos pulseras para mi hermana y no podérselas dar yo.
  Azúcar Amargo fue pensar en que seguramente, lo que sentía Hanna Arend por Heidegger, era Azúcar Amargo.
  Azúcar amargo fue llegar a casa y ver que la gotera insoportable de la ducha estaba ahí presente: porque significaba que había agua.
   Azúcar amargo fue escuchar música y bailar sola, sabiendo que tenía que terminar un ensayo.
  Azúcar Amargo fue disfrutar escribir el ensayo y analizar hermenéuticamente esta canción, cuando sé que lo más probable es que deba quitarlo si quiero obtener la máxima calificación.
  Azúcar Amargo fue saber que mi amiga, en Canadá, por ir a una feria de tulipanes, se requemó el brazo (también azúcar amargo para ella)
 Azúcar amargo fue ponerme una mascarilla de bicarbonato en el rostro y sentir que se me quemaba un poco la cara.
   Azúcar y amargo fue compartir con mis conocidos, esta canción reveladora, y que todos se rieran.
   Azúcar Amargo fue lo que le ocurrió a mi amiga colombiana, que escuchando la canción, lloraba… de risa.
  Azúcar amargo es saber que esto sólo lo entiendo yo, porque soy un gato y me llamo Monique, pero aun así lo publicaré.
  Azúcar Amargo fue poner tres canciones y volver a repetir Azúcar Amargo y luego tres canciones más y así hasta el cansancio.
  Azúcar Amargo fue saber que debo tener a los vecinos locos repitiendo la canción, y que por eso pongo tres rolas de por medio, para que no quede tan loca yo.
  Azúcar Amargo fue escuchar que la chica de Azúcar Amargo, canta que se deshará, que por dentro se deshará, de dolor pero no dará, por pararle ni un solo paso.
  Azúcar Amargo fue sentir que arde la panza, por esa, la gastritis intensa y aun así, fumar el último cigarro de mi cajetilla.
  Y esto, hasta las once y cuarenta y dos.
  ¡OHHH, OHHHH! ¡Pura filosofía! ¡Pura filosofía! Todo es azúcar Amargo. Pero aun así, siempre tenemos la responsabilidad, o al menos, la posibilidad, de tomar una postura dentro de la contradicción
  Esta canción, definitivamente, la escribió Blaise Pascal. O Simone Weil. O Blaise Pascal. O ambos, en esos rejuegos de la temporalidad. Estoy segurísima.

  En fin, gracias por leerme.


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Quememos a una bruja



  Cuando yo era adolescente, y supe qué cosa era el suicidio, comencé a preguntarme si la muerte, el sentido de la muerte, era el mismo ante la muerte natural que ante la muerte suicida.
  Pero, con el paso del tiempo, hubo más protagonistas en mis dudas. También me empezaron a interesar los asesinados. Me pregunté, ¿acaso el asesinado, el torturado a punto ya de morir, entiende la vida de la misma manera que yo la entiendo? ¿Incluso, entiende la vida de la misma manera que antes de que lo violentasen de esa forma? ¿Pensará en una vida donde no hay oxígeno, o algo que le entre por la nariz? ¿El que está a punto de morir asesinado, está consciente de que va a morir?
  Esos temas terminaron siendo mi modo de vida, mis intereses académicos. Y la inocencia de dichas preguntas, y el deseo de saber por el mero gusto, quedó opacado por la necesidad de entender esas cosas para poder vivir.
  Actualmente, la verdad, en lo que más pienso, con esa intensidad naïve de la adolescencia, con ese gusto sin sentido, es en quemar a una bruja. No me pregunten por qué. Simplemente quiero quemar a una bruja. Sería muy bonito.
  
En fin, gracias por leerme.

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Me he enterado de dos chismes interesantes esta semana. El primero, que Bruckner dijo que en Cuba hay fascismo. El segundo es que, finalmente se resolvió el problema de los huevos en cuba; ¡ahora los venderán el polvo!




  Les cuento bien, para que entiendan la historia.
  Ayer estaba yo, muy tranquilita, leyendo un libro de filosofía posmoderna (o transmoderna, pero mejor dejémoslo en posmoderna, porque eso de la transmodernidad es para gente muy transmoderna, así como burros evolucionados, y nosotros que aún somos burros normales, no podemos entender). El tema es que, según la autora, el Tercer Mundo debe responsabilizarse por los actos genocidas y las barbaries bajo las cuales vivimos; que tenemos que dejar de culpar a Europa por todo lo que nos ha ocurrido. A la misma vez, Europa, debe dejar de autoflagelarse por el asunto de la colonización. Porque ya nosotros, los del Tercer Mundo, somos grandes y debemos concientizar nuestros errores, sin pensar en todo aquello que históricamente nos ha construido de esta manera. Lo importante es el presente, mirar el presente, pensar desde el presente; lo demás, no interesa. ¡Ya debemos crecer amigos! Para contribuir a su tesis sobre dicho asunto, cita a Bruckner que, hablando de todos los errores del Tercer Mundo, lanza una frase que amé: “el fascismo en Cuba”. ¡Qué maravilla he encontrado hoy, Dios! ¡Gracias siempre por darme motivos para que mis ojitos brillen y la lengua se me moje!
    Pero no sabía que a mi noche le deparaban aún más cosas...
  Así, chismeando (porque todo ha sido chisme), me encuentro el siguiente titular: “Ministerio de Finanzas aprueba el precio del huevo deshidratado en Cuba”. ¿¿¿¿Cómooooo???? – lancé un grito. Oye mira que pasar tantos años en Cuba con problemas con el comercio de huevos. Y ahora que ya podría comer todo el huevo que quisiera, ojo, DESHIDRATADO, ¿ya no vivo allá? ¡Qué cosas tiene la vida, carajo! – pensé. Acto seguido me fui a preparar un huevo frito. Porque cuando un cubano escucha las palabras “huevo, leche, papa, papel sanitario y pollo por pescao”, ese cubano siente cosas fuertes en su interior. A ese cubano le empieza a dar una ansiedad, un cosquilleo en la panza, una necesidad de salir corriendo a hacer una cola, con la libreta de abastecimiento en mano y una jabita, para no tener que pagar dos pesos por una… Yo les digo que ese cubano, de veras, se pone todo loco.
  Entonces, imagínense, así me puse yo cuando vi esa noticia del huevo deshidratado. Y fui corriendo a hacerme mi huevito para sentirme contenta.
  Pero algo ocurrió mientras lo hacía.
  Es que como siempre, saben que yo reflexiono mucho. Sobre cosas realmente importantes. Y también hablo con Dios, mi amigo Dios. Y Dios me ha enseñado que todo, absolutamente todo está relacionado en un sentido conspirativo.
  Me percaté de algo. Hace menos de quince días fue la semana Santa, con la muerte y resurrección de mi otro amigo Cristo y toda esa fiesta. Luego, los huevos de Pascua. Luego, leo lo del fascismo cubano, y luego que van a vender por la libre, huevos deshidratados en Cuba. ¡TODO ESO SIGNIFICA ALGO!
 Yo lo sentí así mientras vigilaba que la yema del huevo no se me pusiera dura. O sea, piénsenlo:
  Muerte de Cristo – En cuba somos fascistas
  Huevos de Pascua – Huevos deshidratados
 Pensé en la primera relación: la de Cristo – Cuba fascista. Y me pregunté, ¿de qué manera entonces, se construye la raza aria cubana? ¿A lo Vasconcelos y su Raza Cósmica? ¿A lo Nicolás Guillén y su negritud, o a lo Lezama con el criollismo cultivado y barroco?  Y ¿cuáles serían los no – arios cubanos? A mí eso me ha conflictuado mucho, porque además me pregunto: ¿Y yo, yo que soy? Bueno, un unicornio, pero ¿aparte de eso? Obvio estoy pasando por alto la idea que se tiene igual de que el fascismo podría ser cualquier movimiento político que reprima a las minorías, porque entonces el mundo entero es fascista. Hasta los pollos serían fascistas porque a los pollos muy amarillos no les gusta mezclarse con los pollos manchados. Yo hablo del ser ario, de seres superiores. No sé… no sé…. Porque al final, me parece que la historia de Cuba en los últimos años, más que un régimen fascista, más que pensamiento ario, podría asociarse a cómo el pueblo judío, mató a su “elegido”. A mi amigo Cristo lo mataron crucificándolo. Nosotros, creo que matamos a Fidel, con el poder de tantas mentes unidas, durante tantos años. Una cruz o un mausoleo… es lo mismo a la larga.
Cristo – Judíos no - amiguitos de Cristo
Fidel Castro - pueblo no – simpatizante del régimen

 La segunda relación: huevos de Pascua – Huevos Deshidratados. Creo que eso fue que Dios metió las manos por mí. Porque hace una semana, les contaba en el otro post, de cómo jamás pude yo experimentar el ritual de los huevos de Pascua en Cuba. En primer lugar, porque no es una costumbre allá. En segundo, bueno, porque la verdad, con la escasez de huevos que siempre hubo, ni loco uno puede ponerse a estar pintando huevitos ni nada de eso. Y hacerlo de papier maché… igual… por la falta de papel higiénico en algunos momentos, el papel en general es muy apreciado en Cuba, supongo. Entonces no. ¿Cuál sería, alors, la solución para ese cubano que quiere sentir y conocer el huevo de Pascua? ¡HUEVO DESHIDRATADO! ¡Y POR LA LIBRE!!! ¡¡¡Ahora sí caballero!!!! Ya con sesenta y cinco pesos cubanos, se puede armar una Pascua buenísima allá.
  Mi conclusión fue la siguiente (mientras ya lavaba los platos, porque en todo este proceso me comí el huevo): YA ESTAMOS LISTOS PARA CELEBRAR LA SEMANA SANTA EN CUBA. Los cristianos (representado por los seguidores de Fidel) pueden cargar su ataúd y representar una y otra vez su muerte y esperar a ver cuándo resucita (porque eso va a pasar…o quién sabe, ya pasó y esté encarnado en el cuerpo de su hermano). Y luego, para finalizar, se podrá esconder por los múltiples jardines o matorrales que hay en Cuba, unos pequeños huevos de Pascua, fabricados con un magnífico huevo deshidratado, que el Ministerio de Finanzas, aprobó como producto de libre venta, a sesenta y cinco pesos el kilo.
En fin, gracias por leerme.


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La semana Santa. El huevo de Pascua. Cristo con dolores musculares. Y el conejo de Monique. Resumiendo: micropost sobre la toma de conciencia.



  Por estos días, solo puedo recordar tres cosas:
  I: Cuando tomé conciencia del dolor muscular de Cristo en la Cruz. Manos atravesadas por estacas; un pie montado sobre el otro, impidiendo el movimiento de los dedos; cuello torcido; hiperextensión de los brazos.
  II: Cuando tomé conciencia de que en mi país no existían los huevos de Pascua.  Pasé un día entero buscándolos y buscándolos y jamás aparecieron para mí.
  III: Cuando Cristo crucificado y el mismísimo huevo de Pascua tomaron conciencia de que yo no podía comprender las dinámicas de la Semana Santa. Entonces hicieron que por lo menos, mi amiga Monique me regalara un conejo.
Hace tres años.
Una pintura.
Hecha por ella.
En Nueva Zelanda.
Cuando era pequeña.
Y tampoco comprendía muchas cosas.
Pero aun así, ya estaba crucificada.

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La explicación de por qué me sangran las encías, según el señor alto. También se hace mención a dinosaurios, caballos y ardillas.



  
Me han empezado a sangrar las encías. No solo me sangran, sino que también las tengo hinchadas. Rojas, casi negras, como sangre coagulada. Siento que por día, los dientes se esconden más dentro de todo eso que está hinchado dentro de mi boca. Aunque mi odontólogo dice que es por causa del cigarro, que fumo y que fumo y aunque yo sé que  podría ser cierto, no creo que la razón sea esa. O prefiero no creerlo porque no voy a dejar de fumar. No. ¿Los dinosaurios herbívoros dejan de comer hierba? No. ¿Los dinosaurios carnívoros dejan de comer carne? No. ¿Los caballos dejan de comer alpiste? No. ¿Las ardillas dejan de comer nueces? No. Entonces ¿por qué yo tengo que dejar de fumar?
  Está en mí fumar. Yo fumo y disfruto fumar. Y que me duelan los pulmones. Y cuando me duelen los pulmones, yo digo que no son los pulmones, sino que es la espalda. Listo.
  Pero para no desviarme más, como siempre suelo hacer, mis encías están sangrando.
  Hace unas semanas en medio de uno de mis cursos, empecé a chorrear sangre.
  Hace cuatro días me levanté con los dientes marrones de la sangre seca de toda la noche.
  Hace dos días apenas pude lavarme los dientes porque no soportaba que el cepillo tocara mis encías.
  Hace un día (ayer, pero suena mejor hace un día porque parece que el tiempo practica gimnasia) sentía que mis dientes frontales querían caerse.
  Pero hoy, hoy estaba parada frente al tragante del baño, lo miraba fijamente, y de repente sentí que mi mandíbula iba a desprenderse. Iba a desprenderse por peso el de mi encía y se iba a caer dentro del tragante del baño. Iba a desprenderse por el peso de mi encía, se iba a caer dentro del tragante del baño y por ahí me iba a ir yo a buscar mi mandíbula con mis encías. Pero no pasó nada. Solo fue mi imaginación, o mi concentración, o mi posición.
   Hace un rato tomé una siesta. Y soñé con un hombre alto y delgado, rodeado de luz, con un traje azul y unas botas. Y ese señor sonreía y sonreía. No paraba de sonreír, hasta que su sonrisa se convirtió en risa. Se acercó a mí. Se apoyó en mi hombro derecho y me susurró al oído: “Te duelen las encías porque te han traicionado y te van a matar”.
  Entonces no era el cigarro el causante. Es la mera existencia. La existencia que siempre busca a alguien que te traicione. La existencia que es siempre finita. De punto a punto. Ni más ni menos. Como la vida de los dinosaurios herbíveros. Como la vida de los dinosaurios carnívoros. Como la vida de los caballos. Como la vida de las ardillas.
  No es tan grave el problema entonces. Es lo que toca, así que todo bien. Todo happy. Todo fresa.
  En fin, gracias por leerme.

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Las veinte cuartillas de Wikipedia (o sobre el ¡wow, qué suerte!)




  Tarde de un tranquilo domingo. Y así, en mi tranquilidad, de tranquilo domingo, recordé por puro azar, lo mucho que en alguna época me gustó Wikipedia.
  Cuando tenía dieciséis años y vivía en Cuba, tuve la suerte (¡wow, qué suerte!) de tener Intranet en mi casa. Intranet significa acceso solamente a páginas de la red local. Teniendo en cuenta que no habían páginas en la red cubana, pues lo único que yo podía hacer era enviar y recibir correos (¡wow, qué suerte, repito!). Hasta un día, que maravillosamente habilitaron el acceso a esa enciclopedia quasi dieciochesca… ilustrada… el proyecto que tanto quisieron Diderot, Rousseau y hasta el mismísimo Jean Le Rond D’Alembert.   Cuando éste último estaba creando su enciclopedia, seguro tenía en mente ésta, la enciclopedia que tenemos hoy llamada Wikipedia.
  Pero bueno, no me desviaré hablando sobre los iluministas franceses.
  Entonces, así de la nada, me he acordado de Wikipedia. Y lo sabia que me volví en esos años. Sabia y feliz. Porque todo en esa gran enciclopedia llamada Wikipedia estaba reducido a las cuartillas necesarias, máximo veinte, para llenarte la cabeza de una deliciosa mezcla entre avidez de conocimiento y plenitud ante lo aprendido en tan corto tiempo. Más directo aún: uno se sentía satisfecho. Yo me sentía satisfecha.  Y pensé que así, quizás sería la dinámica ante el conocimiento. Y sentí más satisfacción. Al sentimiento de satisfacción, se sumó la tranquilidad. ¡Qué lindo!
  Hasta el día en que quise saber más de un tema. Y más y más. Y el tema se fue tornando oscuro. Y mi mente también. Mis párpados demasiado grandes, mi nuca demasiado cansada. Y lo mismo cuando quise conocer más de veinte cuartillas a las personas. Entonces se me cansaron las piernas, la lengua me creció hasta arrastrarse, se me marcaron los pómulos del rostro, desapareció mi nariz, se tupieron mis cejas, mi cara terminó siendo otra.
  Veinte cuartillas. Veinte cuartillas es lo único que necesitamos saber de cada cosa y de cada quién para mantenernos lozanos y felices. Veinte cuartillas para que no te cambie el rostro. Para que nuestra sombra no crezca más que nosotros.


En fin, gracias por leerme.

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Las cebollas y su psicoterapia políticamente correcta


  Es cuestión de tiempo que ocurra todo lo que estoy pensando le dije yo a él y él se quedó mirándome con cara de incrédulo y yo le dije que sí que es cuestión de tiempo que ocurra todo lo que estoy pensando y de nuevo él se me quedó mirando con cara de incrédulo y sin pronunciar palabra alguna y yo continué hablando porque no puedo parar de hablar cuando considero que lo que digo es importante y como lo que yo digo siempre es importante pues entonces jamás paro de hablar y hablar y la gente se queda como mismo se queda él mirándome con cara de incredulidad y entonces agregué es que yo sé que todo esto es falso la manzana el buen olor las flores el frío húmedo y es que el tiempo tergiversa todo lo tergiversa lo cambia lo hace  más bonito pero yo sé que nada es cierto nada es real pero bueno por qué lo dices fue lo único que logró decirme y yo le dije sé que es así porque hay demasiadas mentiras por el medio y yo cada vez siento más la desesperación de la mentira la mentira la mentira las mentiras no son buenas a menos que sean mentiras para uno autoengaños maravillosos pero mentir a los demás mentir a los demás es mentirle al tiempo y el tiempo lo siente y se desespera y se acelera por eso hubo sismos y terremotos porque ya son demasiadas mentiras que no son mentiras para uno  son mentiras para los demás son mentiras conscientes y eso altera al tiempo y si altera al tiempo altera a Dios y si altera a Dios me altera a mí porque Dios me cuenta todo aunque yo no quiera me cuenta todo  y él volvió a mirarme con cara de incrédulo y yo ni le reclamé porque pienso que su expresión es sincera es sincera aunque él sea el primero que me está mintiendo y por eso es sincera porque yo también lo estoy engañando él no sabe que yo sé que me miente él no sabe que yo sé que todos mientes aunque apenas me hable aunque la mayoría de las conversaciones las imagine yo y realmente no pasen porque igual da lo mismo si las conversaciones son reales o no porque todo es una mentira la manzana el buen olor las flores el frío húmedo ese es mi secreto esa es mi mentira hacia  los demás hacia él hacia mis padres porque así funcionan las cosas al parecer y hay que ser parte de las cosas porque lo políticamente correcto consiste en la simulación y la justificación de hechos en otras cosas por ejemplo a mí me gustan las cebollas porque gracias a las cebollas disimulo muchas cosas disimulo si no me lavé los dientes disimulo mi tristeza disimulo no saber cuál es el punto exacto de cocción para una comida lo disimulo todo gracias a esa cosa llamada cebolla, pero aun así el tiempo siente la mentira y se acelera y se acelera el doble porque siente tus mentiras porque siente las mentiras de los demás y se acelera y se acelera y vienen los sismos los tsunamis a lo que tanto les temo y todo lo provocas tú por engañarme tanto y lo provoco yo por engañarte al no decirte que sé que me engañas tanto y como estoy pensando y pensando y como no puedo dejar de pensar a la misma velocidad en que hablo o como no puedo dejar de hablar a la misma velocidad que pienso esto sale así como ideas que se hilvanan en la incomprensión de todos contra todos y en la incomprensión precisa de nosotros dos y por eso digo que es cuestión de tiempo que ocurra todo lo que he pensado que todo reviente por eso ya hice una lista una lista de todo lo que necesito para sobrevivir el agua los cigarros el encendedor el chocolate el pantalón nuevo que compré las gafas de sol mi libro de Joyce la avena la leche el vino el pan la miel mis modestos ideales.

Y me iré.

En fin, gracias por leerme. 

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