Sobre un recuerdo que no llega a nada, pero que aun así, persiste

Photo by Gary Goremez



  Alguna vez estuve en una playa tan fría que ni me atreví a palpar el mar. En ese entonces, aun quedaba en mí cierta calidez que siento, ya no existe. En la arena, había cientos de caracolitos desgastados por el oleaje. Algunos eran tan pequeños que el viento los arrastraba y en algunos casos, los hacía volar.
  Yo recuerdo los caracoles dando vueltas, confundiéndose con la arena, jugueteando como si los caracoles fueran felices, como si la arena fuera feliz.  Y recuerdo también cómo me tumbé en la arena creyendo que la felicidad era algo palpable. Respiré profundo aquel aire que en mi nariz se volvía fuego. Sentía el mar, sentía la arena, sentía la brisa, sentía el juego de los caracoles, todo en mis manos, todo en mi rostro, todo encontrando aperturas por donde entrar en mí.  Yo tenía veinticuatro años.

  En fin, gracias por leerme

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La pobre historia de Yanpier, en el Aeropuerto Internacional de la Habana



I
  Resulta que a las tres de la tarde del lunes pasado, llegué yo a la Habana. Me fui a La Habana, porque mi marcada hipocondriaquez ya necesitaba una buena racha de médicos buenos (y gratis). Como llevaba demasiado equipaje, era necesario que fuera directo a la “pesa”, donde me dirían cuánto tendría que pagar por todo. En casi cualquier lugar del mundo, ese es un proceso (si se llegara a realizar) rápido y sin ninguna complicación. Pero en Cuba no. En Cuba, de entrada, hay que invertir una hora mínimo para ese proceso, cruzando los dedos todo el tiempo para que a la Aduana no le dé por comenzar a abrirte el equipaje y a quitarte cosas. Es toda una experiencia, ir a la pesa en el Aeropuerto Internacional José Martí. Pero bueno, no hay problema. Ya eso lo sabía, estaba preparada. Lo que no sabía era el enredo que se le iba a formar a Yanpier.

II
  Cuando llegamos, el único vuelo en toda la sala era el nuestro. Bien, poca gente. Pasé todos los filtros habituales y, después de lograr agarrar un carrito para mi equipaje, me fui a la pesa. Habían cuatro personas delante de mí: tres muchachos que venían juntos de España y entonces tenían mucho equipaje porque habían nacido tres niños en la familia y  entonces uno de los tres se había casado con una española y recién habían tenido un chama y entonces recogieron todo lo que al chama ya no le servía y entonces lo iban a regalar a la familia y entonces si no le servía a los chamas recién nacidos lo podrían vender porque eran cosas buenas, coas de marca, cosas del Corte Inglés y entonces por eso habían ido a la pesa, y una señora que no le dio tiempo contarme de donde venía porque fue la primera de la cola. Detrás de mí, había una negrona, relativamente joven que también venía de México y su profe, una señora mayor ya. La negrona y su profe fueron por algún evento deportivo. Me recordaron los tiempos en que estudié en una Institución deportiva (sí, porque Monique, alguna vez, fingió ser gimnasta). La negrona y su profe estaban ma-ra-vi-lla-das por cómo en México les vendieron tres carteras por doscientos pesos, unas carteras buenísimas, de piel de cocodrilo, pero claro de imitación, pero lo importante es que se veían súper buenas. También estaban hablando de la ropita bonita que la negrona le compró a su niña, ropa a la moda, porque su niña está bien linda. Yo, que estaba conversando con ellas, les dije, mire qué casualidad, los de adelante también trajeron ropa para unos niños que nacieron. Entonces todos se pusieron a conversar de la “ropa pa los chamas”. Como ya la conversación giraba demasiado en torno a niños, le pedí a la negrona y a su profe, que me cuidaran mi equipaje porque yo estaba enferma y necesitaba sentarme. Ahí la conversación de niños paró y la negrona bien buena onda me preguntó qué me pasaba. Ahí ya me sentí realizada. Les conté que no sabía qué tenía, que no paraba de vomitar y de tener dolores intensos en el abdomen. Que me habían dicho que tenía una gastritis muy aguda pero que ya yo sentía que tenía una úlcera. Los tres muchachos que venían de España, se compadecieron de mí, al igual que la negrona y su profe. Me dijeron que sí mi vida, ve a sentarte tranquilita que nosotros te avisamos cuando te toque.
  Fui a sentarme.
  En todo este rollo, llegó un vuelo de Rusia, donde a todo el mundo lo mandaron a revisión porque supuestamente sus equipajes estaban llenos de contrabando de ropa para vender en Cuba. Como las sillas estaban en esa parte de la cola, me puse a conversar con un señor que efectivamente, su sobrina le había pagado el pasaje a Moscú, para que trajera mercancía de allá y de paso diera el paseíto. El pobre señor me contaba con pesar, que en su condición, mucho no había tenido tiempo de conocer, pero que su prima por lo menos lo llevó a comer a restaurantes muy bonitos. El problema es que el señor era inválido y estaba en silla de ruedas. Además tenía como ochenta años. Luego, la sobrina me contó, ya molesta, que ella había pensado estratégicamente, en llevarse a su tío porque como estaba viejo e inválido, seguro en la Aduana no los molestaban tanto, pero que mira esto, al final los mandaron a revisión , de nada sirvió el viejo en silla de ruedas. A ver qué pasaba….
  En eso, la señora mayor me llamó porque ya me tocaba. ¡Qué felicidad! Máximo, en una hora, estaría con mi mamá y mi mejor amiga, contándoles todas mis historias chinas y también todas mis enfermedades. Entonces, se fue el sistema en el aeropuerto entero.

III
  Que se vaya el sistema en el aeropuerto, significa que se cayó la red. Y si se cae la red, la pesa no funciona, ni tampoco los equipos de revisión. Y ahí, en ese instante, nos dijeron, hay que esperar…. indefinidamente. La gente se empezó a poner loca.
  Pasadas dos horas, ahí seguíamos. Ya el aeropuerto estaba lleno. Un vuelo de Francia también había llegado y también estaba atrapado, como nosotros (porque la pesa…) Pero esos franceses estaban de lo más contentos, maravillados por llegar a la isla paradisíaca, cuando de repente, se siente un grito: ¡Camilaaaaaa, llama al jefe por tu vidaaaa, yaaa yaaaa, dejen eso yaaaa! Dos aduaneros, porque uno decía sí y el otro decía no, se comenzaron a pelear de una manera espantosa, justo delante de todos los franceses fascinados por llegar al paraíso. ¡Camilaaa camilaaaa, camilaaa, llama al jefe! Pero el jefe no llegaba. ¿Por qué? Porque andaba intentando hablar con Yanpier.

IV
  Yanpier es el único informático en todo el aeropuerto. Es un muchachito que no pasa de los veinte años. Blanco como un papel y con la cara llena de granos. Desde que se fue el sistema, el jefe y todas las personas que estaban esperando, comenzaron a “sofocar” a Yanpier. Venía el jefe y le gritaba. Yanpier, ¿ya se arregló? No jefe, todavía. Y ahí todo el mundo brincaba: no jodas Yanpier, qué pasa, Yanpier, oye tú no le sabes a esto, Yanpier, se te van a reventar los granos de la cara, Yanpier…. Cada vez que Yanpier revisaba la pesa, una avalancha de chistecitos mezclados con gritos del jefe, caían sobre el pobre Yanpier, que ya estaba rojo. Hasta que no pudo más y reventó. Ahí fue que nos enteramos que él era el único informático en todo el aeropuerto, pero lejos de causar lástima, comenzaron molestarlo más, hasta que Yanpier soltó un último grito de desesperación y se encerró con llave en su oficina. El jefe fue a ver si Yanpier le abría la puerta (¡Yanpier, abre la puerta, Yanpier! Nada. Yanpier estaba tranca’o como un caracol. Entonces, el jefe mandó a llamar a la psicóloga del aeropuerto, a ver si Yanpier quería conversar con ella, pero nada. La psicóloga le tocó la puerta y le dijo, Yanpier, abre por favor, mira que tengo a tu mamá al teléfono. Eso fue suficiente para que el aeropuerto entero se viniera abajo de la risa. Al final, Yanpier abrió y entraron el jefe, la psicóloga y la llamada de su mamá. Y en eso, la pelea afuera. Aparte, la sobrina del señor en silla de ruedas discutía con otra aduanera, porque a su tío le estaba bajando la presión y que necesitaban que la dejaran salir para comprarle un juguito al viejo. Pero el viejo a mí me dijo que él se sentía bien, que era una estrategia para que ella saliera y le dejara a la persona que los estaba esperando afuera, todas las cosas que traía escondida debajo de la ropa, en los bolsillos, etc.
  Dos horas después (ya cuatro en total), los dos aduaneros, que ya se habían reconciliado, informaron que…. ¡Yanpier, había solucionado el problema! Yanpier salió. Pero las burlas siguieron y todo el mundo empezó: vaya, vaya Yanpier, ¿ya hablaste con tu mamá? ¿Ya diste “pie con bola”? Y Yanpier se volvió a encabronar. Entonces, el jefe le dijo que le daba el resto del día libre para que se relajara. O sea, iban a dejar el aeropuerto sin informático. Pero no importa, Yanpier se lo merecía. Necesitaba ver a su madre.
  Como yo era la primera, pasé rápido a la pesa. Le dije a la muchacha aduanera que por favor, que terminara rápido conmigo porque yo tenía una úlcera casi mortífera, que posiblemente ya fuese cáncer, y que ya necesitaba ingerir alimento y mis medicamentos, o podía sufrir un desmayo. La muchacha de la aduana se compadeció de mí, como la negrona, su profe y los tres muchachos. Me dejó salir rápido. Dije adiós a todos.
  Pasando la puerta, el golpe de calor, la humedad rizándome el cabello, el olor a cigarro popular, el ocaso todo bonito. Ya eran las siete y media de la noche. Agarré mis cosas y muerta de la risa, comencé a caminar hasta encontrar un taxi que me llevara a mi casa. Con mi mamá. Como Yanpier, con la suya.
  A mí nunca se me olvida que soy cubana. Y cuando voy a Cuba, menos que menos se me olvida que lo soy. Esa mezcla insólita de enojo, desesperación, cinismo, calor y ataque de risa, esa mezcla que se da al mismo tiempo, no gradual, no una primero y otra después, sino al mismo tiempo, sólo la he sentido allá.

 En fin, gracias por leerme.

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Sobre una tarde en Beijing, con un chino viejo.

                   Artwork: Goremez

 Una tarde en Beijing, a la hora del té, me senté en una mesa con un chino viejo que ya tenía delante su termo con agua caliente y su mezcla de cebada  y de jazmín lista para saborear su infusión. El chino no hablaba español. Yo no hablo mandarín. Aún  así , conversamos  de esa manera en que se conversa con el cuerpo y con el alma.
 El chino me contó toda su vida. Me contó su infancia. Me contó su adolescencia. Me contó su casamiento. Me contó sobre su esposa. Me contó sobre su único hijo. Me contó cómo decidieron  tener otro hijo, a pesar de que estaba prohibido. Me contó cómo pensaban no registrarlo y cuando fuera lo suficientemente  grande, sacarlo del país primero a Rusia, intentando atravesar el río Pinyín. Me contó que se les murió a los tres meses, mientras viajaban en tren. Me contó que tuvieron que llevarlo muerto todo el trayecto. Me contó que nadie se enteró.Me contó que el hijo que sí vivió, hoy trabaja en una tiendita  turística cerca de la Ciudad Prohibida. Me contó que tenía una nieta con  un nombre que no puedo pronunciar. Me contó que  era muy muy feliz. Nunca me dijo su edad. Ni la de su mujer. Ni la de su hijo. Ni la de su nieta.
 A todas estas, ya casi terminaba el té. Yo, como concluyendo la plática, le expresé lo bien y contento que había él llegado a esa edad, lo bien que había llevado su adultez. Igual concluyendo, entre señas y sonidos raros, me explicó algo: que la adultez sólo funciona si pretendes ser feliz, si finges ser feliz, si sonríes para ser feliz. Y me explicó que hay dos opciones ante esto: o terminas creyendo fielmente que eres feliz, o tomas mucho té de cebada y de jazmín, para que la rabia acumulada no afecte tu salud.
 Al final, le enseñé a decir Adiós en español y él me enseñó a decir Adiós en mandarín. Sonreímos ambos, felizmente.

 En fin, gracias por leerme.

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El animal que me está persiguiendo


                                                                Artwork: Tepal-tetl

  
Está todo el tiempo caminando detrás de mí, o sobre mi espalda. Pesa tanto que ya siento una joroba. Cuando me enderezo, me abre la boca a la fuerza y se me mete dentro y se instala en mi intestino grueso. Hay gente que me ha dicho, es la soledad. Otras me han dicho, es la angustia ancestral que heredaste de tu padre. Mi amigo, el cura, me dice que tengo detrás a los cuatro jinetes del apocalipsis; que estoy condenada, que vaya más a la iglesia a confesarme y no a conversarme. Mi madre, que es santera, no le importan las causas, sino el efecto y quiere bañarme con hiervas que dan comezón y limpiarme con un huevo.
  Yo quiero eliminar a ese animal que me agarra como diversión de niños, entrando y saliendo cada vez que quiere. Sé que la culpa es mía, pues fui yo la que caminé a su encuentro cuando escuché que algo me susurraba: muchacha, muchacha, acércate, hagamos un trato. Y me llamó la atención sentir su aliento, mezcla de azufre y pasto mojado. Y me llamó la atención que me propusiera cosas tan interesantes. Y me llamó la atención que las cumpliera. Y me llamó la atención que soplara el aire. Y me llamó la atención que se me fuera el enojo. 
  Tanto me llamó la atención, que en un momento de credibilidad ante la maravillosa vida, comenzó a perseguirme. Y cuando se aburrió de caminar, sacó sus garras, me las encajó en la espalda, y se pegó a mí con su cuerpo viscoso. Como el empacho cuando se me pega. Como las ventosas cuando se me pegan. Como los perros cuando se me pegan. Como la fe cuando se me pega. Qué desagradable.

  En fin, gracias por leerme.

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Sobre algo que (quizás) es hermoso en este mundo

                                          
                                                               Artwork: Dara Scully


  Hace cinco días, a un amigo el dieron un disparo en el vientre y le cortaron un pedazo de intestino. Hace cuatro días, una prima estuvo abortando un feto, una madrugada entera. Hace dos días, mojaba yo el asfalto con sudor, que goteaba mientras corría para bajar calorías. Hace tres horas, una de mis hermanas me hablaba, intentando expulsar la tristeza que sentía porque extraña a mi sobrina.

  Cuando el pedazo de intestino, el feto, el sudor y la tristeza tocan el suelo, la tierra los absorbe, los nutre y los vuelve árboles, o flores. Cuando se queman, inundan el aire, y entonces los respiramos; los respiramos a todos. Cuando llegan al fondo del mar, se vuelven algas que se esparcen por todos lados y que se comen los peces, peces que luego comemos nosotros.

  Al final, nada desaparece completamente. En este mundo, nada desaparece completamente. Eso es algo hermoso.

 

  En fin, gracias por leerme.

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Sobre todas las cosas que, en menos de veinticuatro horas, son Azúcar Amargo, o sobre la desesperación porque mis amigas escuchen mi reflexión



  Hoy me he detenido a escuchar una canción de esas que jamás escucharía. Y he reflexionado. Y he descubierto en esa rola, cargada de cursilería, una revelación. Una de esas que son evidentes, pero que hace falta escuchar de otro (o por lo menos me pasó así). Y he querido compartir mi revelación a mis amigos. He llamado a todos, sin importar el país, sin importar la hora, porque las reflexiones hay que compartirlas. Pero nadie me ha hecho caso. Todos se reían de mí. ¡Oh , Oh, qué triste mi vida solitaria! Y sólo porque la canción es horrible. Muy popular en los noventa, puedo decir, que Azúcar Amargo me ha hecho pensar sobre todas las cosas que en menos de veinticuatro horas cumplen ese precepto.
  De las diez de la mañana a las once y cuarenta y tres de la noche, de un sábado, enumeraré todas las cosas que han sido Azúcar Amargo.
  Azúcar amargo fue mi despertar: porque amé abrir los ojos, pero odié pensar que llevo veintisiete años abriéndolos de la misma forma porque los tengo muy chinos.
  Azúcar amargo fue hablar una hora con mi tutor de tesis: porque platicamos sobre los cambios que debía hacer a mi tesis, pero a la vez, disfrutaba enormemente escuchar cada una de las correcciones.
  Azúcar Amargo fue el cigarro que placenteramente  fumé, con el estómago totalmente vacío y mi gastritis intensa.
  Azúcar Amargo fue el café Cappuccino  que tomé, de esos de paquetitos de treinta y ocho pesos.
   Azúcar Amargo fue ver en Facebook, un recuerdo que mi sobrinita compartía: éramos nosotras dos, en un almendrón de la habana, moviendo la cabeza al ritmo de una canción horrible de reggaetón: porque sentí la contradictoria sensación ante la cercanía de la temporalidad virtual y la agonía ante la lejanía de la real.
  Azúcar Amargo fue luego hacer video llamada con ella: y la misma y contradictoria temporalidad me consumió.
  Azúcar Amargo fue casi llorar por las calorías, a la vez que devoraba un plato de pasta con tocino y crema,  un trozo de pastel azteca y un poco de cochinita pibil.

(Y todavía no llego a la una de la tarde)

  Azúcar amargo fue ir por otra cajetilla de cigarros porque ya había terminado la otra.
  Azúcar amargo fue caminar por el centro mientras llovía.
  Azúcar Amargo fue comprar muy entusiasmada, dos pulseras para mi hermana y no podérselas dar yo.
  Azúcar Amargo fue pensar en que seguramente, lo que sentía Hanna Arend por Heidegger, era Azúcar Amargo.
  Azúcar amargo fue llegar a casa y ver que la gotera insoportable de la ducha estaba ahí presente: porque significaba que había agua.
   Azúcar amargo fue escuchar música y bailar sola, sabiendo que tenía que terminar un ensayo.
  Azúcar Amargo fue disfrutar escribir el ensayo y analizar hermenéuticamente esta canción, cuando sé que lo más probable es que deba quitarlo si quiero obtener la máxima calificación.
  Azúcar Amargo fue saber que mi amiga, en Canadá, por ir a una feria de tulipanes, se requemó el brazo (también azúcar amargo para ella)
 Azúcar amargo fue ponerme una mascarilla de bicarbonato en el rostro y sentir que se me quemaba un poco la cara.
   Azúcar y amargo fue compartir con mis conocidos, esta canción reveladora, y que todos se rieran.
   Azúcar Amargo fue lo que le ocurrió a mi amiga colombiana, que escuchando la canción, lloraba… de risa.
  Azúcar amargo es saber que esto sólo lo entiendo yo, porque soy un gato y me llamo Monique, pero aun así lo publicaré.
  Azúcar Amargo fue poner tres canciones y volver a repetir Azúcar Amargo y luego tres canciones más y así hasta el cansancio.
  Azúcar Amargo fue saber que debo tener a los vecinos locos repitiendo la canción, y que por eso pongo tres rolas de por medio, para que no quede tan loca yo.
  Azúcar Amargo fue escuchar que la chica de Azúcar Amargo, canta que se deshará, que por dentro se deshará, de dolor pero no dará, por pararle ni un solo paso.
  Azúcar Amargo fue sentir que arde la panza, por esa, la gastritis intensa y aun así, fumar el último cigarro de mi cajetilla.
  Y esto, hasta las once y cuarenta y dos.
  ¡OHHH, OHHHH! ¡Pura filosofía! ¡Pura filosofía! Todo es azúcar Amargo. Pero aun así, siempre tenemos la responsabilidad, o al menos, la posibilidad, de tomar una postura dentro de la contradicción
  Esta canción, definitivamente, la escribió Blaise Pascal. O Simone Weil. O Blaise Pascal. O ambos, en esos rejuegos de la temporalidad. Estoy segurísima.

  En fin, gracias por leerme.


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Quememos a una bruja



  Cuando yo era adolescente, y supe qué cosa era el suicidio, comencé a preguntarme si la muerte, el sentido de la muerte, era el mismo ante la muerte natural que ante la muerte suicida.
  Pero, con el paso del tiempo, hubo más protagonistas en mis dudas. También me empezaron a interesar los asesinados. Me pregunté, ¿acaso el asesinado, el torturado a punto ya de morir, entiende la vida de la misma manera que yo la entiendo? ¿Incluso, entiende la vida de la misma manera que antes de que lo violentasen de esa forma? ¿Pensará en una vida donde no hay oxígeno, o algo que le entre por la nariz? ¿El que está a punto de morir asesinado, está consciente de que va a morir?
  Esos temas terminaron siendo mi modo de vida, mis intereses académicos. Y la inocencia de dichas preguntas, y el deseo de saber por el mero gusto, quedó opacado por la necesidad de entender esas cosas para poder vivir.
  Actualmente, la verdad, en lo que más pienso, con esa intensidad naïve de la adolescencia, con ese gusto sin sentido, es en quemar a una bruja. No me pregunten por qué. Simplemente quiero quemar a una bruja. Sería muy bonito.
  
En fin, gracias por leerme.

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Me he enterado de dos chismes interesantes esta semana. El primero, que Bruckner dijo que en Cuba hay fascismo. El segundo es que, finalmente se resolvió el problema de los huevos en cuba; ¡ahora los venderán el polvo!




  Les cuento bien, para que entiendan la historia.
  Ayer estaba yo, muy tranquilita, leyendo un libro de filosofía posmoderna (o transmoderna, pero mejor dejémoslo en posmoderna, porque eso de la transmodernidad es para gente muy transmoderna, así como burros evolucionados, y nosotros que aún somos burros normales, no podemos entender). El tema es que, según la autora, el Tercer Mundo debe responsabilizarse por los actos genocidas y las barbaries bajo las cuales vivimos; que tenemos que dejar de culpar a Europa por todo lo que nos ha ocurrido. A la misma vez, Europa, debe dejar de autoflagelarse por el asunto de la colonización. Porque ya nosotros, los del Tercer Mundo, somos grandes y debemos concientizar nuestros errores, sin pensar en todo aquello que históricamente nos ha construido de esta manera. Lo importante es el presente, mirar el presente, pensar desde el presente; lo demás, no interesa. ¡Ya debemos crecer amigos! Para contribuir a su tesis sobre dicho asunto, cita a Bruckner que, hablando de todos los errores del Tercer Mundo, lanza una frase que amé: “el fascismo en Cuba”. ¡Qué maravilla he encontrado hoy, Dios! ¡Gracias siempre por darme motivos para que mis ojitos brillen y la lengua se me moje!
    Pero no sabía que a mi noche le deparaban aún más cosas...
  Así, chismeando (porque todo ha sido chisme), me encuentro el siguiente titular: “Ministerio de Finanzas aprueba el precio del huevo deshidratado en Cuba”. ¿¿¿¿Cómooooo???? – lancé un grito. Oye mira que pasar tantos años en Cuba con problemas con el comercio de huevos. Y ahora que ya podría comer todo el huevo que quisiera, ojo, DESHIDRATADO, ¿ya no vivo allá? ¡Qué cosas tiene la vida, carajo! – pensé. Acto seguido me fui a preparar un huevo frito. Porque cuando un cubano escucha las palabras “huevo, leche, papa, papel sanitario y pollo por pescao”, ese cubano siente cosas fuertes en su interior. A ese cubano le empieza a dar una ansiedad, un cosquilleo en la panza, una necesidad de salir corriendo a hacer una cola, con la libreta de abastecimiento en mano y una jabita, para no tener que pagar dos pesos por una… Yo les digo que ese cubano, de veras, se pone todo loco.
  Entonces, imagínense, así me puse yo cuando vi esa noticia del huevo deshidratado. Y fui corriendo a hacerme mi huevito para sentirme contenta.
  Pero algo ocurrió mientras lo hacía.
  Es que como siempre, saben que yo reflexiono mucho. Sobre cosas realmente importantes. Y también hablo con Dios, mi amigo Dios. Y Dios me ha enseñado que todo, absolutamente todo está relacionado en un sentido conspirativo.
  Me percaté de algo. Hace menos de quince días fue la semana Santa, con la muerte y resurrección de mi otro amigo Cristo y toda esa fiesta. Luego, los huevos de Pascua. Luego, leo lo del fascismo cubano, y luego que van a vender por la libre, huevos deshidratados en Cuba. ¡TODO ESO SIGNIFICA ALGO!
 Yo lo sentí así mientras vigilaba que la yema del huevo no se me pusiera dura. O sea, piénsenlo:
  Muerte de Cristo – En cuba somos fascistas
  Huevos de Pascua – Huevos deshidratados
 Pensé en la primera relación: la de Cristo – Cuba fascista. Y me pregunté, ¿de qué manera entonces, se construye la raza aria cubana? ¿A lo Vasconcelos y su Raza Cósmica? ¿A lo Nicolás Guillén y su negritud, o a lo Lezama con el criollismo cultivado y barroco?  Y ¿cuáles serían los no – arios cubanos? A mí eso me ha conflictuado mucho, porque además me pregunto: ¿Y yo, yo que soy? Bueno, un unicornio, pero ¿aparte de eso? Obvio estoy pasando por alto la idea que se tiene igual de que el fascismo podría ser cualquier movimiento político que reprima a las minorías, porque entonces el mundo entero es fascista. Hasta los pollos serían fascistas porque a los pollos muy amarillos no les gusta mezclarse con los pollos manchados. Yo hablo del ser ario, de seres superiores. No sé… no sé…. Porque al final, me parece que la historia de Cuba en los últimos años, más que un régimen fascista, más que pensamiento ario, podría asociarse a cómo el pueblo judío, mató a su “elegido”. A mi amigo Cristo lo mataron crucificándolo. Nosotros, creo que matamos a Fidel, con el poder de tantas mentes unidas, durante tantos años. Una cruz o un mausoleo… es lo mismo a la larga.
Cristo – Judíos no - amiguitos de Cristo
Fidel Castro - pueblo no – simpatizante del régimen

 La segunda relación: huevos de Pascua – Huevos Deshidratados. Creo que eso fue que Dios metió las manos por mí. Porque hace una semana, les contaba en el otro post, de cómo jamás pude yo experimentar el ritual de los huevos de Pascua en Cuba. En primer lugar, porque no es una costumbre allá. En segundo, bueno, porque la verdad, con la escasez de huevos que siempre hubo, ni loco uno puede ponerse a estar pintando huevitos ni nada de eso. Y hacerlo de papier maché… igual… por la falta de papel higiénico en algunos momentos, el papel en general es muy apreciado en Cuba, supongo. Entonces no. ¿Cuál sería, alors, la solución para ese cubano que quiere sentir y conocer el huevo de Pascua? ¡HUEVO DESHIDRATADO! ¡Y POR LA LIBRE!!! ¡¡¡Ahora sí caballero!!!! Ya con sesenta y cinco pesos cubanos, se puede armar una Pascua buenísima allá.
  Mi conclusión fue la siguiente (mientras ya lavaba los platos, porque en todo este proceso me comí el huevo): YA ESTAMOS LISTOS PARA CELEBRAR LA SEMANA SANTA EN CUBA. Los cristianos (representado por los seguidores de Fidel) pueden cargar su ataúd y representar una y otra vez su muerte y esperar a ver cuándo resucita (porque eso va a pasar…o quién sabe, ya pasó y esté encarnado en el cuerpo de su hermano). Y luego, para finalizar, se podrá esconder por los múltiples jardines o matorrales que hay en Cuba, unos pequeños huevos de Pascua, fabricados con un magnífico huevo deshidratado, que el Ministerio de Finanzas, aprobó como producto de libre venta, a sesenta y cinco pesos el kilo.
En fin, gracias por leerme.


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La semana Santa. El huevo de Pascua. Cristo con dolores musculares. Y el conejo de Monique. Resumiendo: micropost sobre la toma de conciencia.



  Por estos días, solo puedo recordar tres cosas:
  I: Cuando tomé conciencia del dolor muscular de Cristo en la Cruz. Manos atravesadas por estacas; un pie montado sobre el otro, impidiendo el movimiento de los dedos; cuello torcido; hiperextensión de los brazos.
  II: Cuando tomé conciencia de que en mi país no existían los huevos de Pascua.  Pasé un día entero buscándolos y buscándolos y jamás aparecieron para mí.
  III: Cuando Cristo crucificado y el mismísimo huevo de Pascua tomaron conciencia de que yo no podía comprender las dinámicas de la Semana Santa. Entonces hicieron que por lo menos, mi amiga Monique me regalara un conejo.
Hace tres años.
Una pintura.
Hecha por ella.
En Nueva Zelanda.
Cuando era pequeña.
Y tampoco comprendía muchas cosas.
Pero aun así, ya estaba crucificada.

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La explicación de por qué me sangran las encías, según el señor alto. También se hace mención a dinosaurios, caballos y ardillas.



  
Me han empezado a sangrar las encías. No solo me sangran, sino que también las tengo hinchadas. Rojas, casi negras, como sangre coagulada. Siento que por día, los dientes se esconden más dentro de todo eso que está hinchado dentro de mi boca. Aunque mi odontólogo dice que es por causa del cigarro, que fumo y que fumo y aunque yo sé que  podría ser cierto, no creo que la razón sea esa. O prefiero no creerlo porque no voy a dejar de fumar. No. ¿Los dinosaurios herbívoros dejan de comer hierba? No. ¿Los dinosaurios carnívoros dejan de comer carne? No. ¿Los caballos dejan de comer alpiste? No. ¿Las ardillas dejan de comer nueces? No. Entonces ¿por qué yo tengo que dejar de fumar?
  Está en mí fumar. Yo fumo y disfruto fumar. Y que me duelan los pulmones. Y cuando me duelen los pulmones, yo digo que no son los pulmones, sino que es la espalda. Listo.
  Pero para no desviarme más, como siempre suelo hacer, mis encías están sangrando.
  Hace unas semanas en medio de uno de mis cursos, empecé a chorrear sangre.
  Hace cuatro días me levanté con los dientes marrones de la sangre seca de toda la noche.
  Hace dos días apenas pude lavarme los dientes porque no soportaba que el cepillo tocara mis encías.
  Hace un día (ayer, pero suena mejor hace un día porque parece que el tiempo practica gimnasia) sentía que mis dientes frontales querían caerse.
  Pero hoy, hoy estaba parada frente al tragante del baño, lo miraba fijamente, y de repente sentí que mi mandíbula iba a desprenderse. Iba a desprenderse por peso el de mi encía y se iba a caer dentro del tragante del baño. Iba a desprenderse por el peso de mi encía, se iba a caer dentro del tragante del baño y por ahí me iba a ir yo a buscar mi mandíbula con mis encías. Pero no pasó nada. Solo fue mi imaginación, o mi concentración, o mi posición.
   Hace un rato tomé una siesta. Y soñé con un hombre alto y delgado, rodeado de luz, con un traje azul y unas botas. Y ese señor sonreía y sonreía. No paraba de sonreír, hasta que su sonrisa se convirtió en risa. Se acercó a mí. Se apoyó en mi hombro derecho y me susurró al oído: “Te duelen las encías porque te han traicionado y te van a matar”.
  Entonces no era el cigarro el causante. Es la mera existencia. La existencia que siempre busca a alguien que te traicione. La existencia que es siempre finita. De punto a punto. Ni más ni menos. Como la vida de los dinosaurios herbíveros. Como la vida de los dinosaurios carnívoros. Como la vida de los caballos. Como la vida de las ardillas.
  No es tan grave el problema entonces. Es lo que toca, así que todo bien. Todo happy. Todo fresa.
  En fin, gracias por leerme.

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Las veinte cuartillas de Wikipedia (o sobre el ¡wow, qué suerte!)




  Tarde de un tranquilo domingo. Y así, en mi tranquilidad, de tranquilo domingo, recordé por puro azar, lo mucho que en alguna época me gustó Wikipedia.
  Cuando tenía dieciséis años y vivía en Cuba, tuve la suerte (¡wow, qué suerte!) de tener Intranet en mi casa. Intranet significa acceso solamente a páginas de la red local. Teniendo en cuenta que no habían páginas en la red cubana, pues lo único que yo podía hacer era enviar y recibir correos (¡wow, qué suerte, repito!). Hasta un día, que maravillosamente habilitaron el acceso a esa enciclopedia quasi dieciochesca… ilustrada… el proyecto que tanto quisieron Diderot, Rousseau y hasta el mismísimo Jean Le Rond D’Alembert.   Cuando éste último estaba creando su enciclopedia, seguro tenía en mente ésta, la enciclopedia que tenemos hoy llamada Wikipedia.
  Pero bueno, no me desviaré hablando sobre los iluministas franceses.
  Entonces, así de la nada, me he acordado de Wikipedia. Y lo sabia que me volví en esos años. Sabia y feliz. Porque todo en esa gran enciclopedia llamada Wikipedia estaba reducido a las cuartillas necesarias, máximo veinte, para llenarte la cabeza de una deliciosa mezcla entre avidez de conocimiento y plenitud ante lo aprendido en tan corto tiempo. Más directo aún: uno se sentía satisfecho. Yo me sentía satisfecha.  Y pensé que así, quizás sería la dinámica ante el conocimiento. Y sentí más satisfacción. Al sentimiento de satisfacción, se sumó la tranquilidad. ¡Qué lindo!
  Hasta el día en que quise saber más de un tema. Y más y más. Y el tema se fue tornando oscuro. Y mi mente también. Mis párpados demasiado grandes, mi nuca demasiado cansada. Y lo mismo cuando quise conocer más de veinte cuartillas a las personas. Entonces se me cansaron las piernas, la lengua me creció hasta arrastrarse, se me marcaron los pómulos del rostro, desapareció mi nariz, se tupieron mis cejas, mi cara terminó siendo otra.
  Veinte cuartillas. Veinte cuartillas es lo único que necesitamos saber de cada cosa y de cada quién para mantenernos lozanos y felices. Veinte cuartillas para que no te cambie el rostro. Para que nuestra sombra no crezca más que nosotros.


En fin, gracias por leerme.

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Las cebollas y su psicoterapia políticamente correcta


  Es cuestión de tiempo que ocurra todo lo que estoy pensando le dije yo a él y él se quedó mirándome con cara de incrédulo y yo le dije que sí que es cuestión de tiempo que ocurra todo lo que estoy pensando y de nuevo él se me quedó mirando con cara de incrédulo y sin pronunciar palabra alguna y yo continué hablando porque no puedo parar de hablar cuando considero que lo que digo es importante y como lo que yo digo siempre es importante pues entonces jamás paro de hablar y hablar y la gente se queda como mismo se queda él mirándome con cara de incredulidad y entonces agregué es que yo sé que todo esto es falso la manzana el buen olor las flores el frío húmedo y es que el tiempo tergiversa todo lo tergiversa lo cambia lo hace  más bonito pero yo sé que nada es cierto nada es real pero bueno por qué lo dices fue lo único que logró decirme y yo le dije sé que es así porque hay demasiadas mentiras por el medio y yo cada vez siento más la desesperación de la mentira la mentira la mentira las mentiras no son buenas a menos que sean mentiras para uno autoengaños maravillosos pero mentir a los demás mentir a los demás es mentirle al tiempo y el tiempo lo siente y se desespera y se acelera por eso hubo sismos y terremotos porque ya son demasiadas mentiras que no son mentiras para uno  son mentiras para los demás son mentiras conscientes y eso altera al tiempo y si altera al tiempo altera a Dios y si altera a Dios me altera a mí porque Dios me cuenta todo aunque yo no quiera me cuenta todo  y él volvió a mirarme con cara de incrédulo y yo ni le reclamé porque pienso que su expresión es sincera es sincera aunque él sea el primero que me está mintiendo y por eso es sincera porque yo también lo estoy engañando él no sabe que yo sé que me miente él no sabe que yo sé que todos mientes aunque apenas me hable aunque la mayoría de las conversaciones las imagine yo y realmente no pasen porque igual da lo mismo si las conversaciones son reales o no porque todo es una mentira la manzana el buen olor las flores el frío húmedo ese es mi secreto esa es mi mentira hacia  los demás hacia él hacia mis padres porque así funcionan las cosas al parecer y hay que ser parte de las cosas porque lo políticamente correcto consiste en la simulación y la justificación de hechos en otras cosas por ejemplo a mí me gustan las cebollas porque gracias a las cebollas disimulo muchas cosas disimulo si no me lavé los dientes disimulo mi tristeza disimulo no saber cuál es el punto exacto de cocción para una comida lo disimulo todo gracias a esa cosa llamada cebolla, pero aun así el tiempo siente la mentira y se acelera y se acelera el doble porque siente tus mentiras porque siente las mentiras de los demás y se acelera y se acelera y vienen los sismos los tsunamis a lo que tanto les temo y todo lo provocas tú por engañarme tanto y lo provoco yo por engañarte al no decirte que sé que me engañas tanto y como estoy pensando y pensando y como no puedo dejar de pensar a la misma velocidad en que hablo o como no puedo dejar de hablar a la misma velocidad que pienso esto sale así como ideas que se hilvanan en la incomprensión de todos contra todos y en la incomprensión precisa de nosotros dos y por eso digo que es cuestión de tiempo que ocurra todo lo que he pensado que todo reviente por eso ya hice una lista una lista de todo lo que necesito para sobrevivir el agua los cigarros el encendedor el chocolate el pantalón nuevo que compré las gafas de sol mi libro de Joyce la avena la leche el vino el pan la miel mis modestos ideales.

Y me iré.

En fin, gracias por leerme. 

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Breve historia, a dos horas de París, de por qué él se volvió loco



  Hace cinco meses un loco, en un parque de locos, me explicó por qué él estaba loco. Yo fui a ese parque de locos, en una ciudad a dos horas de París, una ciudad que también estaba loca, como París también está loca, pero esa otra ciudad estaba más loca, porque oficialmente tenía su parque de locos, además tenía a ese loco, que me explicó por qué él estaba loco. Él estaba loco  (así se refirió a él, en tercera persona) porque lo volvieron loco y por eso él estaba loco. – ¿Pero por qué a él lo volvieron loco? – le dije. – A él lo volvieron loco, la gente lo volvió loco porque no lo dejaban quedarse tranquilo en su casa, sin hacer nada. – ¿Y por qué no lo dejaban tranquilo en tu casa, sin hacer nada? – A él no lo dejaban tranquilo en casa sin hacer nada, porque le decían que tenía que hacer cosas. Entonces a él lo mandaban al súper a hacer las compras y de tanto hacer las compras, empezó a fumar mucho y se volvió loco. – ¿Entonces por ir mucho al súper, él se volvió loco? – No. Él se volvió loco porque cada vez que iba al súper tenía que elegir él las cosas, porque no le daban una lista la mayoría de las veces. Entonces, un día ya no supo qué elegir y no compró nada y se puso muy nervioso y se volvió loco. –  ¿Se volvió loco por no poder elegir? – Sí. Se volvió loco por eso. Y porque la gente comenzó a burlarse de él. Y además, porque luego llegaba a su casa sin nada y su mamá lo golpeaba mucho por la cabeza y le gritaba ¡tienes que elegir, tienes que elegir, siempre hay que elegir! Así se volvió loco él y creció loco él. Si tú no sabes elegir cosas, tú estás loca. ¿Entiendes, entiendes? – Entiendo, entiendo – le respondí.
Luego fumamos un cigarro. Uno al lado del otro. Yo le conté que venía de una islita en el Caribe, lejos de Francia. Y que también allá había locos. Pero que se volvían locos por culpa del mar. Un mar vengativo que siempre nos quiere tragar. – Qué bonito, me dijo. – Sí, muy bonito, le dije. Y ya.


En fin, gracias por leerme. 

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Mi amigo Esteban, el enano que se disfraza de bonsái


 Mi  nuevo amigo Esteban, el enano, quiere ser un bonsái. El pobre, es muy estúpido. O no sé si estúpido sea la palabra apropiada para referirme a él. Su madre, la enana Isabel, me dijo que cuando nació le diagnosticaron una falla en los testículos.  Como que acumula demasiado semen y que eso le afecta a un nivel neuronal. Algo de eso me explicó su madre, la enana Isabel. La verdad, no pude escuchar bien, porque ella estaba de pie, y yo también estaba de pie, y como ambas estábamos de pie, y ella es enana y yo no soy enana, pues su voz se perdía, se expandía, se iba volando con los pajaritos.
  Mantener una plática con un enano puede ser complicado. Hay que cumplir ciertos protocolos, seguir ciertas reglas: sentarse y que ellos se queden de pie, no invitarlos al departamento de ropa infantil, evitar el estiramiento en las clases de yoga, decir que sí, que has leído la revista trimestral que publica el sindicato de enanos unidos (SEU), en Washington. Y así, varias cosas que me desesperan pero que las hago porque es muy genial tener un amigo enano.  Es como tener un edición origina de Tartuffe. Es como tener un licuado de sirena de Starbucks todo el tiempo en tu boca. Es como caminar por la calle y que todos te griten ¡uyyy qué guapa! Es como tener un bolso Gucci, colección primavera 1987. Tener un amigo enano es algo poderoso.  Por eso aguanto todo.
  El punto es que Esteban, el enano, mi nuevo amigo, se obsesionó con los bonsái. Quiere ser uno. Yo le dije “Esteban, primeramente, no puedes ser un bonsái porque eres un ser humano, o por lo menos un quasi ser humano. En segunda, eres demasiado grande para ser un bonsái. Si quieres puedes disfrazarte de chino, que no están muy lejos de tener tu tamaño. Pero un bonsái, Esteban... un bonsái… creo que será difícil. Mas Esteban no entendía. Estaba encaprichado.
  Todo esto comenzó porque yo tengo un bonsái en casa. Antes era muy lindo. Ahora se ha secado, siguiendo mi estilo de perra amargada la mayor parte del tiempo. Cuando Esteban, mi nuevo amigo, vino  por primera vez, lo vio y se antojó. Nunca había visto uno. Creo que él quiere ser un bonsái porque se identifica totalmente con él. El bonsái es una deformación del árbol clásico. Y mi amigo Esteban, el enano, es una deformación del hombre clásico. Yo le expliqué todo esto, a ver si se le quitaba esa idea, pero Esteban seguía encaprichado.
  Al final le dije “ok, Esteban, entiendo que por la acumulación que tienes en los testículos no puedes analizar lo que te digo. Te haremos un disfraz”. Fui a casa de su madre, la enana Isabel, y le hicimos un traje de bonsái. Quedó muy bien, la verdad. Muy colorido. Tenía florecitas. Y también le pusimos una maceta gigante, con tierra de verdad. Si hubiesen visto la cara de Esteban, queridos amigos… Estaba tan feliz.
  Luego de eso no quería quitarse el disfraz. Y también le gustaba venir a mi casa para que yo lo regara como si fuera una planta de verdad. Y ahí andaba yo, que tengo tantas cosas que hacer, echándole agua en la cabeza mientras él abría su boca de enano para tragarse un poco del líquido.  A veces me daban deseos de ahogarlo, pero luego pensaba en lo genial que es tener un amigo enano y controlaba mis instintos. Además estaba feliz, mi amigo Esteban. Y de vez en cuando es bonito ver a la gente feliz, aunque sea ésta una felicidad falsa. Porque yo, Monique, no creo en la felicidad.
  El problema empezó hace unos días. Esteban se ha cansado de ser un bonsái. Y también se ha cansado de ser un enano. Yo le dije, “amigo de estatura pequeña, podrás convertirte en otro árbol, pero no podrás dejar de ser un enano”. Eso lo ha afectado mucho. El pobre. Yo no sé qué más decirle. Le dije que se metiera a trabajar en la industria de la pornografía, para que, aunque fuera enano, se hiciera muy famoso… no sé. O que se disfrazara de gnomo, digo, porque está divertido ser un gnomo… no sé, de veras que no sé.
  Lo último que se me ocurrió decirle (y espero que no lea este post y se dé cuenta del engaño), es que hay un tipo de bonsái que sí crece cuando lo riegan mucho. Cómo él es medio estúpido por la acumulación en los testículos, se lo ha creído. Así que ahora lo que hago es ponerlo en la maceta, meterlo debajo de la ducha y que se riegue y se riegue. Y que trague agua y más agua. Una de dos ocurrirá: o crecerá, o se ahogará. En cualquier caso, será un final más feliz que el actual. Aunque, como les dije, yo, Monique, no creo en la felicidad.

  
En fin, gracias por leerme. 

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Cuando la decapitación y el hastío crean preguntas directas



  Rápido. Con una sentencia. Siempre con una sentencia. Fría. Sin memoria. Sin recuerdos.
Así me decapitaste tú. Así me cortaste un brazo. Me amputaste las piernas. Me sacaste los ojos. Me inundaste la mente. Me perforaste el hígado con una aguja finísima.
  Y cuando a uno lo dejan inválido, ahogado, inútil ante el movimiento, cuando a uno lo dejan así, entonces ¿qué queda? Te pregunto a ti. ¿Qué queda?



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