La mueca


 La mueca a causa del dolor en la espalda que me despierta. La mueca porque el dragón que habita en mi barriga despertó y rugió. La mueca porque algo me incomoda y no sé qué es. La mueca porque fumo un cigarro con el estómago vacío. La mueca por tener que preparar el desayuno. La mueca por no prepararlo. La mueca por el dolor en la parte derecha del pecho. La mueca porque fumo  otro cigarro con el estómago vacío. La mueca por detenerme a pensar en qué pasaría si dentro de mi jarrón lleno de agua y flores, vivera un pez y que eso sería una forma económica de tener peces sin peceras. La mueca porque extraño tener cerca mis libros de Lezama. La mueca porque tengo hambre. La mueca porque pienso en todas las cosas buenas de la vida. La mueca porque me doy cuenta que no hay nada bueno, al menos para mí. La mueca de la decepción. La mueca ante la desconfianza. La mueca ante los engaños. La mueca porque ya es tarde y aún no desayuno. La mueca porque no entra suficiente luz. La mueca porque las cañerías huelen feo. La mueca porque Perri, el perro de abajo, ladra mucho. La mueca porque me asfixio en mi casa. La mueca porque vuelvo a fumar. La mueca porque me entero de situaciones desagradables. Y la mueca porque tienen que ver conmigo. La mueca por tener que untarme crema antiarrugas y protector solar. La mueca a causa de tener que vestirme tapada. La mueca porque mi abrigo no va con mis zaparos. La mueca porque debo salir a comer. La mueca al concientizar que no cocinaré. La mueca por no encontrar la llave. La mueca por el ruido que hace la puerta al cerrarse.

Entonces…

Me pongo las gafas de sol y con cara de diva afectada, bajo las escaleras. Me voy a un Italian Coffee. Pido un panino de algo que no sea vegetariano. Y un café frappé de menta con chocolate, crema y pana. La mueca porque al pan le falta pesto. La mueca porque el frappé hace que mi café no sepa fuerte. La mueca porque abro mi libro y me doy cuenta que dejé mis lentes. La mueca porque sólo me gusta leer en casa.  La mueca por el sol, que está demasiado fuerte. La mueca porque pagué demasiado por muy poco.

Entonces…

Me levanto. Me pongo las gafas y con la postura de diva afectada, me marcho. ¡Adiós idiotas! – digo a todos, aunque no me escuchen.

Entonces…

Encuentro ahí, en la esquina a un payaso. El payaso me pide una moneda y me hace un chiste. Le digo que es muy malo. Pero que le doy una moneda si se va  a mi casa y allí, me hace algunas payasadas. El payaso accede. Vamos a mi casa. Le ofrezco un poco de agua, que es lo único que tengo. El payaso me dice que no toma agua porque se le queman los cables. Yo le digo que no tengo más nada que darle. Me dice que si quiere que me haga payasadas debo depositar la moneda en el agujero en su espalda. Le meto la maldita moneda. Y entonces estuvo haciéndome payasadas durante tres horas y cuarenta minutos, que se acabó el valor de mi moneda. Yo lo escuchaba, sentada en mi sillón, con mis gafas y mi rostro de diva afectada. Hizo maromas con un globo y con un perro que le faltaba una pata. Me contó unos chistes intrascendentes. Le dije que hiciera chistes de filósofos. No sabía. Pero sacó una cotorra que cantaba como Madonna. Igual mi mueca continuó. Luego me regaló una flor, como todos los payasos; intentó que confiara en él, como todos los payasos. Y me regló una sonrisa falsa, como todos los payasos.

Me quedo sola de nuevo. La mueca por estar sola. La mueca porque extraño. La mueca porque,  ahora que lo pienso, el perro cojo sí estuvo chistoso. Entonces río recordando al perro. Y en ese momento en que río como loca pensando en qué pasaría si el perro cojo viviera con el pez, dentro de mi jarrón con flores, riendo entonces como loca, llegan los demás. ¡Y están tan felices de verme siempre  feliz! ¡Y están tan felices de ver que la positividad inunda mi ser! ¡Y están tan felices porque siempre me ven sonriendo! ¡Y están tan files, tan, simplemente felices!
En fin, gracias por leerme.

 

 

 

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Si la mitad del cuerpo tuviese una temperatura diferente a la otra mitad. O sobre la pluriexistencia



 He pasado estos días con el cuerpo dividido en dos. Tengo que meter mi pie izquierdo dentro de una cubeta con agua fría, sal y vinagre. Hecho insignificante el que me ha acaecido durante la semana que corrió. También he visto muchos videos de youtubers. Youtubesrs en Australia. Youtubers en México. Youtubers en España. Youtubers en Estados Unidos. Como soy un ente pensante y muy profunda no pude evitar reflexionar sobre una curiosa relación entre ambos hechos. De repente pensé que, quizás, quién sabe, podría hacer un video explicándole al mundo lo interesante que es tener diferentes temperaturas corporales al mismo tiempo. Es decir, si puedo ver un video de una chica radicada en Australia, narrando cómo es su vida de vampira, ¿por qué razón no podría yo hablar de esta experiencia corporal que he tenido? Cuando meto mi pie en la cubeta de agua fría, siento que toda la parte izquierda se me congela. Y el frío se hace aún peor cuando, con la parte derecha de mi cuerpo sostengo una taza de café bien caliente. Podría decirse que de un lado soy una rana y del otro un unicornio (porque los unicornios son bien cálidos, la verdad). Entonces me dije a mí misma, ¡oh, oh, qué hecho más maravilloso el ser dos cosas al mismo tiempo! Acto seguido me di cuenta que, como filósofa al fin, necesitaba sustentar teoréticamente mi doble personalidad, basado en mi temperatura corporal. Entonces recordé a Berkeley, ese señor obispo, empirista y británico. Él decía que “existir significaba ser percibido”.

 Explico.

 Yo existo porque la otra persona me percibe, me siente, me puede mirar, tocar, oler,  etc. Y la otra persona existe porque yo la puedo sentir. De otra manera, no es válida la existencia. Esto es algo bien cuestionable porque, pensemos en una persona en estado vegetativo, que (supuestamente) no siente. Yo podría percibir a esa persona, frente a mí, llena de tubos, tendida en una cama. Por lo tanto, esa persona existiría. Mas, esa persona no podría percibirme a mí. ¿Eso significaría que yo no existo? Mmmmm.

 Pero bueno, las refutaciones de esa teoría no me molestaron ahora. Simplemente me concentré en la parte de que existir significa ser percibido. Entonces, una persona que tocara la parte izquierda de mi cuerpo, podría decir que una característica mía es ser fría como una rana y que quizás soy una rana. Otra persona que tocara la parte derecha podría decir que soy cálida como un unicornio y quizás podría ser yo un unicornio. Pero luego están las personas que jamás me han tocado, que sólo me han observado y podrían decir que soy una chica. Pero también están ustedes, que me sienten, en cada lectura dominical y asumen que existo y que por ende soy un gato.  ¡Qué complicado! Pero la cosa no termina ahí. Está aquella persona, que me toca el lado izquierdo y el derecho y me ve y me lee, todo al mismo tiempo. ¿Esa persona, qué pensará? ¿Elegirá una de las personalidades que puedo tener o simplemente creará una nueva, híbrido de todo? Les comento esto porque algo así experimenté yo. Y es que el congelador de mi refri, de un lado tiene hielo y del otro las cosas se derriten. Yo he podido experimentar ambas temperaturas a la misma vez y al final no entiendo frente a qué estoy: si frente a una máquina que congela o frente a una que no enfría. A veces cierro el refri y me quedo mirándolo, pensativa, tratando de descifrar qué cosa es.

 Aún no he podido llegar a la conclusión exacta de cómo entender estos cambios, los cuales podrían hacer válida la pluriexistencia en una sola materia. Sería como tener un pueblo entero en una extensión de 1.56 metros. No tendría que relacionarme con nadie extra que no fuera parte de mis cambios dígase de temperatura o de otra cosa. Y los agentes externos, serían como invitados. Que vienen, entran, pasamos un buen momento, y luego se marchan. Porque en este pueblo mío, en el cual soy reina y esclava a la vez, no hay espacio para nadie más. Y en mi pueblo, haríamos comidas colosales cada tarde. Y en las noches, comenzaríamos la bacanal, degollando a un cabrito. Y esa bacanal duraría una eternidad. Y esa bacanal nos haría muy felices. Y esa bacanal haría que el entender no fuera importante, sólo el goce y el placer.

En fin, gracias por leerme.

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Cincuenta sombras más oscuras, o el caso de la señora, hija de Obbatalá.


Hoy fue un día muy especial. Y es que así, yo, de curiosa, averigüé que ya estaban pasando en los cines de Puebla, la película más esperada del año para mí: Cincuenta sombras más oscuras. Obvio, ya todos conocen mi predilección por esos “maravillosos” libros.  Y señalo maravilloso en el sentido más positivo en que se puede señalar la palabra maravilloso. Es que si mi relación con los textos (como una vez escribí) fue divertida, la experiencia con las películas no se quedó atrás. Recuerdo que hace dos años, llegando a Santiago de Chile, anhelé mucho ir a verla. Pero mi erotic dream no se cumplió hasta veinte días después, que aterrizando en Dunedin, fui directo al cine a comprar mi ticket. Tres días después, estaba camino al Octagon para llegar a la pequeña cinemateca en el sur de Nueva Zelanda. Entré. La sala estaba vacía. A los cinco minutos entró un chico que muy amable me dijo “Hi” y se sentó detrás de mí. La película, como era de esperar, era bien mala, pero igual mi mente no paraba de viajar a los días en que estaba enferma y me tropecé con los libros. De repente, sentí unos ruidos raros desde atrás, pero nunca me volteé. Como mismo yo estaba viajando, imaginé que el chico también andaba en un viaje y decidí no molestarlo. Al final de la cinta, nos despedimos con un poco de vergüenza compartida y me fui. Nunca lo voy a olvidar. Alto, medio rubio, con los pelos locos y rizados. Una chamarra bien grande y las manos metidas en los bolsillos.

Entonces, rememorando aquel día, dos años después me lancé sola al cine, a ver la segunda parte de la saga. Obvio, primero hablé con Dios a ver si no tenía nada que objetar a mi salida.

(Acento mexicano)

-          Hola Dios, ¿qué onda guey?

-          Hola Monique. ¿Qué quieres ahora?

-          Nada amigo, sólo saber si tenías algún problema con que fuera a ver la segunda parte de Cincuenta sombras de Grey.

-          Pues sé que te gustan esas cosas. Eres bien estúpida.

-          Sí, lo sé, pero bueno, te guardo respeto y por eso te pregunto guey.

-          Pues por mí no hay problema. Pero si quieres estar segura, pregúntale a la virgen del parque.

-          Ah ok. Lo haré. Gracias Dios. Pasa un bonito domingo de descanso. Luego te cuento cómo fue todo.

-          Obvio sé cómo irá todo. Soy Dios.

-          ¡Ay verdad! Es cierto que soy bien estúpida.

-          Sí, es bien cierto eso.

Entonces fui a ver a la virgen.

-          Hola Virgen, ¿qué onda? ¿Oye, no hay problema con que vaya a ver Cincuenta sombras más obscuras?

-          Mira que eres estúpida, Monique.

-          Sí, ya Dios me dijo lo mismo. En fin, ¿no hay lío?

-          No, pero si quieres ya estar en paz con todo, debes preguntarle a la naturaleza. Así que ve a hablar con aquella planta.

-          Ok. Iré. ¡Gracias virgen!

Y fui a hablar con la planta.

-          Hola planta, ¿qué onda? Oye, Dios me dijo que le preguntara a la virgen y la virgen que te preguntara a ti. ¿No hay problema alguno en que vaya a ver Cincuenta sombras?

-          Mira que eres estúpida.

-          Pues sí, todos me dicen lo mismo hoy. Lo sé. En fín... ¿Puedo?

-          Sí. Sólo bríndame un poco de placer primero.

Luego de tener un poco de ecosexo, volví a casa con el corazón acelerado, esperando que fuera de noche y así poder ver la película.

De repente, ya eran las ocho y veinte. Y yo estaba en el cine. Con un montón de personas detrás de mí. Todas en pareja. La única solitaria era yo. Por unos segundos extrañé a mi lonley boy de Nueva Zelanda, pero pensé que la experiencia colectiva igual podría ser interesante.

Y como lo imaginé.

Luego de sentirme muy feliz al ver que Anastasia tenía un fleco igual al mío, sentí a una señora detrás de mí, hablando con su marido.

-          Y es que el santo me dijo que no podía comer palomitas de maíz con mantequilla. Y hay que hacerle caso al santo. Y a mi padrino, porque si se entera que estuve a punto de comer, me costará caro.

¿CÓMOOOOOO? ¿Padrino? ¿Santo? Eso me suena a brujería cubana, pero con acento mexicano. Efectivamente, miré hacia atrás y una señora, vestida de blanco, miraba con mala cara que su marido, un gordo con un desmangado, comiera palomitas. No lo puedo creer – pensé. Mira que la brujería llega lejos… Seguí concentrada en la película. El segundo libro fue el que más me agradó pues es cuando Cristian Grey le compra una editorial a la protagonista y yo, yo siempre he querido que me regalen una editorial. Pero nada. Nadie ni me consigue un trabajo en una. ¡Qué problema!

Entonces seguí ahí, emocionada ante la caída del helicóptero privado de Grey y luego su aparición y el llanto de todos los personajes. Y mi llanto de gata estúpida. Y de repente otro comentario.

-          Amor, que no podemos hacer esas locuras sexuales. Obbatalá (el santo que la rige) me dijo que no podía estar en esas vulgaridades. Que me podía dar cáncer de útero. Además, tú no eres millonario y no tenemos un cuarto así para hacer esas cosas.

-          Pero eso no impide que te pueda amarrar las manos.

-          ¿Pero para qué tú quieres hacer eso? Me parece que en todo este tiempo no ha hecho falta que me amarres a nada. Mira que traerme a ver esto como regalo de San Valentín. Podrías haberme comprado un regalo.

Sí, eso es cierto – pensé yo. Aunque bueno, a mí… yo… yo no sé ni muy bien qué es un San Valentín, la verdad. Pero bueno… seguí viendo la película.

Entonces Cristian comienza a azotar a Anastasia. Y Anastasia hacía Ahhhhh, y en el cine todos hacían Ahhh. Y Cristian comienza a penetrar a Anastasia. Y Anastasia vuelve a hacer Ahhh y en el cine, de nuevo todas las parejas: Ahhh. Todos en el cine excepto los de atrás, porque, quién sabe, seguro el santo le dijo a la señora que  no podía gemir con la película y menos con palomitas con mantequilla al lado.

Continuó la película. Cristian lleva a Anastasia a un baile de máscaras en casa de sus padres. Pero antes, le pide que se ponga una lencería sexy, un vestido plateado y ya de paso, le pide que se meta unas bolas chinas, porque “eso es muy rico”.  Ahí, el marido de la señora le dice que por qué ella no se pone una lencería así y por qué, además, no se mete unas bolas. Ahí casi me da algo. Esa mujer con cuerpo deforme, con la lencería sensual. Ese hombre gordo grasoso, en desmangado, con grasa de mantequilla en la boca, besándola como todo un bad boy, en un cuarto chiquito. Y metiéndole unas bolas de los chinos (no chinas). Y la mujer gimiendo Ahhhh. Ya imaginaba hasta a los del cine igual gimiendo ante una escena así.  Igual pensé que reproducir esa parte con la señora sería complicado pues, debido a que tiene hecho santo, hasta las bolas tendrían que ser blancas.  Y no me quiero imaginar unas bolas blancas blanquísimas entrando en la vagina de alguien. Unas bolas del chino, de esas de cinco pesos.

Pero no, eso no pasaría porque ella ya aclaró que el santo le dijo que no podía hacer esas cochinadas. Al menos no con su marido. Quién sabe si con Grey…

Luego de dos horas, se acabó la película. Todos estaban muy emocionado y salín con caras de: “esta noche quiero que me azotes”.  Obvio, la señora hija de Obbatalá no salió muy contenta. Pero su marido miraba a todas las mujeres diciéndoles; “vengan nenas que las voy a dejar tan loca como Grey a Anastasia”.

Como soy tan burlona, no pude evitar interceptarla en medio del pasillo y preguntarle.

-          Disculpe señora, ¿usted es hija de Obbatalá?

-          ¡Sí! ¿Cómo sabías?

-          Es que yo también tengo hecho santo. Soy hija de Obbatalá igual. Y nada, que el santo me lo dijo.

-          Visteeeeee – le dijo a su marido- El santo siempre tiene a alguien vigilándote.

-          Así mismo señora - Le dije yo. Vi que su esposo tenía palomitas de maíz con mantequilla. ¿Usted las puede comer? Porque a mí el santo me las eliminó.

-          A mí también, señorita. Pero bueno, a él no. Él no tiene hecho santo. Él no cree mucho en esto.

-          Ya, entiendo. Y entiendo que ver esta película es un poco molesta para nosotros. Es que el santo a mí me prohibió hacer ese tipo de cosas. Y bueno, yo respeto lo que dice.

-          Lo mismo pasa conmigo. Pero bueno, todo sea por la protección de Obbatalá.

-          Sí, todo sea por su protección – le dije y me despedí.

Salí muy contenta del cine. Pensé en la pobre vida de esa mujer sin poder comer palomitas y sin poder tener sexo “salvaje” con su marido. Deseé que de veras el santo existiera y que de veras cohibirla de todo eso la protegiera. A mí, mi amigo Dios nunca me ha prohibido nada, la verdad. Es bien buena onda Dios. O por lo menos bastante abierto. No obstante, si me tengo que hacer santo y desvincularme de las palomitas y las cochinadas de habitación, con tal de que me regalen una editorial, pues lo hago. Es más, juro solemnemente que si alguien me la regala jamás volveré a comer palomitas. Y tampoco dejaré que me vuelvan a amarrar. ¿Escuchaste, Dios? ¿Escuchaste?

En fin, gracias por leerme.

 

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Romina, Romina, no corras tanto Romina. O sobre la extrañeza


 Esta mañana he hecho una de las cosas que más me producen placer. Me levanté temprano, cosa extremadamente rara. Y así, en pijama, he bajado a comprar algo para desayunar. Caminar con mi pantalón de dormir y mi playera de Lady Gaga sin sostén, sin lavarme ni el rostro, con calcetines prestados es algo delicioso. Compré un jugo de Manzana. Luego unos pasteles en la panadería de mala muerte que queda a dos casas de mi departamento. Luego, como me levanté con manzanas en la cabeza, compré un pastel de manzana, para que mi día continuara así, manzanoso. Encontré a la encargada del edificio, pagué mi renta. Pagué el internet. La señora encargada me dijo que me quedaba muy bien mi flequillo; cosa rara pues casi todos dicen que parezco una niña loca. Vi a una señora que llevaba a su hija amarrada a una correa de perro y le gritaba “Romina, romina, no corras tanto Romina”. Saludé al viejito que cuida los autos. Escuché el ruido de un taladro.

Mientras hacía todo ese recorrido pensaba en lo maravillosas que pueden ser las mañanas. Y lo maravillosa que puede ser la vida. Me prometí a mí misma y a mi amigo Dios, que no volvería a ponerme un cigarro en los labios. También me prometí a mí misma y a mi amigo Dios, no untarme más esa crema antiarrugas que he comprado para escapar a una vejez que aún no me toca. Igual juré no ofuscarme más, ni dejar que se me volviese a acelerar el ritmo cardiaco. Y también prometí no leer sobre el suicidio y centrarme en la piedad, que es sobre lo cual debo pensar ahora. Disfruté el sol, el bonito sol, el sol que no quema, que sólo acaricia. Pensé en lo triste de los que viven en los círculos del infierno, porque ellos no tienen un sol buena persona, sino sólo calor y lluvia torrencial. Pensé en que quizás a los de los círculos les gustaría comer pastel de manzana. Y luego pensé que, en todo caso, les brindaría de los pasteles malos, los primeros que compré, porque son los más baratos y aunque me haya levantado de muy buen humor, tampoco la alegría me inunda tanto como para regalar pastel de manzana.

Regresé a casa.

Mas sólo con meter la llave en la cerradura, sólo con sentir el giro de la llave, empecé a sentir las primeras palpitaciones. Y justo al abrir la puerta mi pastel de manzana cayó al piso. Ayer pasé horas limpiando, así que eso no me hizo mucha gracia. Sentí (y siento) un olor a basura por todas partes que no sé de dónde sale. Comenzaron a dolerme los ovarios. Y, obviamente prendí un cigarro. Me sentí mal porque sentí cómo Dios me susurraba bajito: “te lo dije, yo sabía”. Entonces comencé a escribir, para escapar al cigarro, pero en lo que llevo escrito he fumado tres.

Hay algo dentro de  mi casa que no me gusta. No estoy clara, pero hay algo que no me gusta. Algo que no tiene una materia fija, más bien se transforma todo el tiempo. Ese algo, siento que tiene una correa como la señora y me la amarra al cuello. Entonces me convierto en Romina. Romina que no puede correr. Es difícil que logre agarrar ese algo que no me gusta. Que me inquieta, que cambia de forma. Si lo lograse no lo invitaría ni a pastel ni a jugo de manzana. Más bien fuera directo al grano y le preguntaría, ¿por qué, por qué no quieres que corra? ¿Por qué te gusta que me den palpitaciones? ¿Me quieres provocar un infarto? Yo no quiero morirme de un infarto.

A veces creo que esa cosa se mete hasta en mis libros, o hace que seleccione los libros incorrectos. O hace que elija todo lo incorrecto. Porque cada lectura, cada pensamiento, cada acción que acometo cada día aquí dentro, me lleva a los mismo pensamientos. A los pensamientos donde el pastel siempre cae en el suelo, se revienta, explota ¡plaf! Ideas que generan dolor en mi ojo izquierdo.

Antes pensaba que era yo la del problema. Pensaba que era una cuestión de actitud (como dice mi mamá). Pero ahora estoy convencida de que es esa cosa que no me gusta, ese algo que cambia de forma y mete su lengua en mi oído hasta envenenarme. Esa cosa que no puedo atrapar es la culpable. Y como no lo puedo solucionar hasta atraparla, pues entonces creo que seguiré así, intentando disfrutar los momentos en los que a Romina se le afloja la correa y puede desbocarse como caballo. Según mi amigo Dios esas son sólo excusas para no asumir que soy yo y mi cabeza danzarina. Pero Dios es un neófito en esos temas. Dios se ha acostumbrado a vivir en su casa con miles de cosas que no le gustan. Entonces ya no puede discernir entre lo que le ocurre a él, en la soledad de sus pensamientos y lo que le ocurre como efecto de la presencia de los otros. Por lo tanto su criterio aquí no es válido. Él sí no tiene ningún problema en comprar pasteles de manzana y repartirlos entre todos. Él es más caritativo por ese lado. Yo no. Yo prefiero comerme sola el pastel, o por lo menos comerlo con alguien a quien pueda verle el rostro. Con alguien que no haga tan evidente que está lleno de máscaras.

En fin, gracias por leerme.

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Sobre sueños, sobre ensueños, sobre olas, sobre muertes, sobre traiciones y sobre mujeres con cabeza de puerco


Ayer soñé que salía a comprar un par de zapatos. Entraba yo a Palenta, la tienda de la tres sur y encontraba las sandalias que quería. Pero entonces no hallaba mi número. Luego de angustiarme ante el hecho de tener los pies demasiado pequeños, encontraba otros, similares a los que quería y luego de otro rato de agonía y discusión con una chica que los quería, finalmente los compraba. Al llegar a casa, me percataba de que había llevado dos modelos diferentes. Intentaba buscar una solución. Ponerme zapatos diferentes en cada pie, pintarlos del mismo color para que al menos quedaran homogéneos, pero al final terminaba gritando, angustiada. Y descalza.
Desperté.
Antier soñé que me traicionaban. Yo podía verlo todo porque andaba flotando por el aire. Era como la espuma yo. Era como pompas de jabón yo. Era como un ángel yo. Un ángel que se angustiaba ante el hecho de la traición. Y como pasa con los ángeles, o las pompas, o la espuma, o los entes que flotan, no podía hacer nada para evitar el engaño; me quedaba ahí varada, observando todo. Y me angustiaba. Me angustiaba ante la decepción absoluta. Ante el asco y la desesperación.
Pero antes de antier soñé que me iba a suicidar. Planificaba mi muerte con detalle y en esa organización sentía plena felicidad. Entonces ahí, frente al mar, en una playa rocosa y de arena espesa, sonreía al sentir que ya todo se iba a terminar. Mi suicidio iba a ser cómodo, sin presión. No habría piedra que me lanzara hasta el fondo. No habría resistencia. Sólo me lanzaría y sin más, con la misma tranquilidad con que uno entra en la somnolencia, dejaba de respirar. Me volvía espuma. Una espuma no incómoda como la que me tornaba ante la traición del otro sueño.
Hoy intenté soñar con todas estas cosas. Pero ni dormir logré. Entonces comencé imaginar que soñaba. Un sueño feliz, un sueño verde, un sueño esperanzador, como el del suicidio y de repente me encontré en un lugar oscuro. En un antro. Con lucecitas rojas. Una mujer con cabeza de puerco bailaba. Movía sus pies al compás de una música estridente. Entonces noté que andaba con zapatos diferentes. Me concentré en cambiar ese detalle. Pero los zapatos continuaban dispares. Luego una ola gigante inundaba el lugar y con ojos de pez pedía ella, la ola, una copa de vino al mesero. Y el mesero nadaba hasta donde estaban los ojos de pez de la ola, pero en el camino se ahogaba entre el vaivén aberrado del agua. Aclamaba a Dios con todas sus fuerzas, para que mandara su acostumbrada ayuda. Pero Dios no aparecía. Dios estaba observando a la bailarina con cabeza de puerco y zapatos dispares, que continuaba moviéndose ahora, dentro del mar. No sé por qué, yo lograba flotar, convertida en espuma, y sin más lograba cegar a la ola, que primero quedaba como Polifemo ante Ulises y luego expulsaba sus ojos convirtiéndose éstos en salmones.
Entonces se secaba el lugar. Todo volvía a la normalidad. Las personas aplaudían por haber derrotado a la ola ojos de pez y Dios me regalaba un cojín dorado, agradecido por haber hecho yo su trabajo. Pero no sé por qué, continuaba angustiada.
Luego dejé de imaginar que soñaba y volví a la realidad de las dos de la tarde del domingo.
Sólo esto tengo para contar hoy. Y creyéndome psicoanalista, he intentado darle un orden a los sueños y ensoñaciones que he tenido en los últimos días. Pero he fallado. No hay manera de que pueda darle una explicación racional a todo lo soñado - ensoñado. Sólo me queda claro que soy capaz de derrocar a una ola. Soy capaz de recibir regalos de Dios. Puedo incluso controlar mi muerte. Pero a la hora de cambiar los hechos más banales, a la hora de moldear la facticidad, la cotidianidad de los días, un par de zapatos disparejos, una traición dolorosa, la angustia perenne, ante eso, doy la espalda y ahogo a un mesero.
Y entonces vuelve la angustia, la angustia en la vigilia. Y mi acto heroico, el logro de destruir algo, el orgullo ante los aplausos y el reconocimiento de los demás, se vuelve diminuto. Se vuelve insignificante: salmón solitario nadando contracorriente.

En fin, gracias por leerme.  

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Sobre la Navidad, el #gasolinazo y el olor de las mandarinas



Llevo casi un mes sin escribir debido a que es la primera vez que paso las festividades navideñas lejos de mi casa. Entonces, yo quería ver si las cosas eran diferente fuera de la isla. Quería vivir la emoción de la nieve navideña, del frío navideño, de la decoración navideña en las calles, del Capitalismo navideño que me vendieron durante casi 26 años. Y bueno, por ese hecho, me desconecté y dije, a disfrutar sin caer en la tentación de estar redactando todo lo que veo. Porque cuando uno redacta, uno comienza tergiversar. Las palabras se hacen dueñas. Como ahora, que ya hacen de las suyas mas ya da igual. La Navidad se acabó. Incluso hasta los Reyes se fueron. Así que ya es hora.
Debo reconocer que casi nada de estas festividades me llamó la atención. O sea, no vi las cosas muy diferentes a como las viví toda mi vida: gente divertida, ente bonita, gente amable, servicial y cariñosa a mi alrededor.  Comida deliciosa. Ya. Eso sí, me faltó cantar el Himno Nacional a las doce de la noche. Y también tirar una cubeta de agua por el balcón. Y dar la vuelta a la manzana con una maleta vacía (esto último yo no lo hacía pero tenía unos vecinos que sí, y mira que después de hacerlo casi la vida entera se fueron todos toditos de la Habana). Pero la verdad no esperaba otra cosa en estos aspectos, menos teniendo en cuenta en dónde vivo y conociendo a las personas que me rodean: maravillosas. Ahora así, mi expectativa navideña a lo película gringa, pues la verdad que no. Aquí no nevó. Creo que ni el volcán soltó algún copito. Frío, esa palabra este año no ha existido. Calor como si estuviera en el maldito malecón a las dos de la tarde. Decoración, un montón de lucecitas y árboles gigantes bastante molestos. Nada, que mi espectacular entusiasmo por las cosas no varió este año. Fue igual. Casi nada me llamó la atención.
Casi…
Y digo casi porque sí hubo algo que llamó tanto mi atención que puedo asegurar, quedaron suplidos todas mis demás intereses navideños. Y fue lo que se derivó del “gasonilazo”. Yo de gasolina, lo único que sé es que “a ella le gusta la gasolina y que quieren que le den más gasolina”, y de eso me enteré cuando tenía como 13 años. Luego, no he sabido más nada relevante con respecto al tema.  Sobre Peña Nieto, me he enterado que está “bien pendejo”, que es un incompetente, que es un idiota y hace un par de días, leí por parte de estos feministas - homosexuales – radicales - ridículos (no feministas, sí homosexuales, no radicales y sí ridículos) que uno de los defectos de éste, el Peña Nieto, era ser heterosexual (porque en el mundo de los feministas – homosexuales - radicales ridículos, ser heterosexual es un defecto). Algún que otro dato extra: se expresa no muy bien, ridiculizó al país entero invitando a Trump a México y para rematar, en medio de toda esta locura del gasolinazo, su respuesta a las quejas fue “¿y ustedes qué harían?”, frase maravillosa si la pronuncia un presidente. Seguro llamó hasta al mismísimo Trump para preguntarle qué haría. Y bueno, ese, el americano del peluquín rubio sí siempre sabe qué hacer. Mierda, pero bueno, sabe qué hacer. Del pueblo mexicano, sé que es muy amable, sé que es cálido, sé que de cualquier cosa se mofa porque así se disimulan más las penas y también sé que está desunido. Más que cualquier otra cosa, desunido.
Todo esto confluyó para que entre el primero de enero del 2017 y ayer sábado siete de enero, la paranoia, el terror, la psicosis y la desesperación reinara sobre unas cuantas regiones del país, o por lo menos, reinara en donde vivo. Como extranjera, he mirado esto desde afuera, como viajera que en parte se identifica y le afecta lo que pasa pero que por otro lado no se siente capacitada para dar una opinión certera, pensada y bien estructurada. Pero como hoy es domingo, las manos se abalanzaron y las palabras comenzaron a hacer de las suyas.
Entonces llegó el primero de enero del 2017 y si bien antes la reunión se diluía en conversaciones sin importancia, a la 1 y 20 de la mañana ya dos comenzaron a hablar del tema. La gasolina había subido. Y con la gasolina el gas. Y con el gas el agua. Y con el agua la electricidad… Y así la serpiente se fue alargando hasta volverse ouroboros. Y como serpiente que se muerde la cola, fluctuaba el ánimo de los demás. Luego me enteré por las redes que se convocaba (en algún momento) al saqueo extremo de algunas de las instalaciones comerciales más importantes del país, para entonces dar paso después a una marcha en cada Zócalo. Ya no supe más nada, pero sí el tema del #gasolinazo sonaba por todos lados. A toda hora. El pueblo entero hablando del gasolinazo. Las redes, las emisoras, le televisión. Todo. Y así estuvo. Hasta el cinco de enero. La cuestión se reduce a: haber salido a cenar. Comenzar a ver los locales comerciales totalmente cerrados. Escuchar a alguien gritando “ya vienen ya vienen”. Esperar a que una señora nos explicara qué ocurría. Obedecer a una vecina diciéndome que no saliera de casa, que las cosas se pondrían feas. Encerrarme en casa.
Y comenzó.
¿Qué comenzó?
No se sabe muy bien pero algo.
Empezaron a subir los videos de todos los centros comerciales que fueron atracados. Las barricadas en algunos mercados impidiendo que los atracadores entraran. La confirmación de que aun amigo lo habían asaltado justo frente a mi casa, quitándole todos los regalos de reyes que tenía. Sonidos de patrullas sin parar.  Estruendos hasta las doce de la noche. Miedo por todos lados. Personas en las redes alegrándose de que fuesen atracados los lugares. Otras totalmente en contra de que se utilizara un acontecimiento como fue el alza de la gasolina, para dar paso libre a todos los delincuentes de la cuidad. Y otras como yo que no tenían nada claro, tanto así que ni entendía qué se ganaba provocando todo lo que estaba ocurriendo. Y así transcurrió el cinco.  El seis, día de reyes las calles estaban desiertas. Muchos lugares continuaban cerrado por miedo. ¿Miedo a qué, pregunté yo? ¿Acaso la revuelta no fue ayer? Miedo a lo que pueda pasar hoy. ¿Y qué va a pasar hoy? Pues algo va a pasar, dicen eso, que algo va a pasar. Luego a mí y a otra amiga  nos llegó información por parte del gobierno de la ciudad donde estoy, de que nos cuidáramos pues algo iba a suceder. Y que iba a estar feo todo. Y así fue avanzando el día. Pesado. Cargado. Con todos mirando de reojo, caminando rápido. Apretando las manos. No había un solo niño en las calles. Los comentarios continuaron agudizándose. Que iban a venir, que iban a venir. Y se empezó a filtrar que algunos barrios ya estaban tomados. Que estaban entrando a las casas, atracando y dañando a los civiles. ¿Quienes? No se sabe quiénes. Un grupo, vestidos de blanco, vestidos de negro, con palos, sin palos, con camionetas, en motos. No se sabe, pero vienen. Y entonces, en ese punto el hombre se bestializó. Rompió su camisa, sacó sus garras, se afiló los colmillos y salió a defender lo que era suyo. Con palos, con machetes, uniéndose a los otros hombres que lentamente se iban convirtiendo en animales y en manada marcharon, patrullando contra no se sabe qué. Otros igual sacaron a flote los temores más grandes.  Histéricos no sabían qué hacer, cómo reaccionar. Pensaron en atrincherarse en casa pues no había manera de salir. Cero autos, cero taxis. Todo estaba paralizado porque esos iban a llegar. La policía hizo sonar las alarmas en algunas colonias. Alarmas que anuncian casi que un estado de guerra. Y así estuvo todo. Esperando que llegaran. No se sabe con exactitud a qué casas entraron, a quiénes agredieron, con qué agredieron, pero lo cierto es que todos estuvimos aterrorizados. Penando que algo muy malo nos ocurriría. Las noticias internacionales de igual forma reportaban los acontecimientos. Y mientras en la televisión nacional mexicana pasaban un programa cobre los pechos de Niurka Reyes y el pene de no sé quién, de la Habana me escribían, desesperados,  preguntándome qué estaba pasando aquí.  Las redes dejaron de hablar del alza de la gasolina. Ahora el tema eran las agresiones. El #gasolinazo comenzó a amparar a los memes, comentarios, videos y opiniones sobre los atracos. El presidente habló algo sobre el tema, algo que seguro le sugirió Trump cuando le preguntó qué haría él. Y así, entre miles de comentarios de que vienen de que vienen, nos dormimos todos. Y amanecimos el sábado. Con una manifestación pacífica en el Zócalo. Cientos de personas se unían en contra del presidente y gritaban “el pueblo unido jamás será vencido”. El pueblo unido que, un día antes robaba a su hermano, a su compañero, porque una cosa es asaltar un Wallmart, donde las pérdidas no son reales, y otra atracar al vecino, al hermano, al compañero. Y con esto no quiero generalizar, no todos fueron a asaltar a su semejante. Sino que, antes de pensar en hacer manifestaciones, antes de decidir atracar centros comerciales de gran envergadura pensando que así se resolverán los problemas, se debería pensar en cómo organizar todas estas cosas pero unidos. Cuando hay unidad verdadera se puede derrocar y cambiar lo que sea. Mas cuando la unidad es falsa, entonces es fácil dividirse, es fácil fracturarse y por ende es fácil dejarse socavar por la Institución. No sabemos si todo esto fue organizado por el mismo gobierno. No sabemos si las alarmas y los “ya vienen” fueron todos falsos. Lo único cierto de la noche del viernes 6 de enero es que el pueblo salió a defenderse no del gobierno, no de la policía, sino del mismísimo pueblo. La vuelta a la lucha de todos contra todos.
Supongo que la noche del sábado estuvo tranquila. O no… no sé. No salí de casa.
Hoy domingo, mientras daba mi paseo habitual, vi todo normal. Los comercios estaban abiertos, las verdulerías ambulantes estaban a reventar. Los señores con los muñecos que se mueven solos hacían su show en la calle Cinco de mayo. Ya todo estaba igual.
Tengo que revisar las redes. A ver cuántas opiniones recogió hoy el #gasolinazo. Seguro que menos que ayer. Y así irá en picada, con el paso de los días. Todo se olvidará. O no… hay que ver.
Mientras tanto yo me siento en al concina de mi casa. Pienso en la Navidad. Pienso en el Capitalismo, que finalmente no me defraudó en mi afán de unas fiestas diferentes.  Pienso en lo difícil que es opinar sobre situaciones ajenas a tu país y a tu cultura (difícil al menos para mí).  Pero luego veo la bolsa de mandarinas que tengo a mi lado. Y hundo la nariz en ella. Y me embriago en ese delicioso olor. Y olvido todo lo demás. Así de fácil se me pasan las cosas. Así de fácil se nos pasan a todos. Así de fáciles somos. Esto creo que lo debería agregar al #gasolinazo.

En fin, gracias por leerme.  



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ENOJO

En algún momento de mi vida solía estar muy enojada. Siempre. Y cuando estaba enojada pues lo expresaba de la manera más abrupta. Cerraba los puños y gritaba. Gritaba mucho. Recuerdo que había un dibujo animado, Los gatos samuráis. Y un personaje, el malo de la serie, un zorro llamado Quesote, cada vez que se enfadaba, chillaba hasta que – literalmente – se reventaba. Yo, muy internamente, me sentía identificada con ese personaje. Así me ocurría. Reventaba. Por dentro y por fuera. Los ojos se me ponían más chinos de lo habitual, los dientes comenzaban a chirriar como ventana vieja. La cabeza se calentaba y se calentaba hasta ponerse bien roja. Y luego el grito. El grito infinito. El grito devastador. Y así podía pasar horas. Gritando y con la cabeza reventando, renaciendo y volviendo a reventar.
Luego ese grito fue disminuyendo en el hacia afuera. Me lo fui devorando. Completo. Y junto con el grito, la cabeza reventando y renaciendo, y los ojos chinitos. Todo lo fui tragando, tragando con gusto. Acompañado con jugo. Acompañado con pastel de naranja. Acompañado con cemitas. Y un día comencé a vomitar. Y vomité la comida y la cabeza y la cabeza y la cabeza y todas las cabezas que iban naciendo. Y también los ojos. Vomité mis ojos. Un día expulsé un bicho. Y luego un gusano. Y luego una cucaracha. Y luego un ratón. Y luego un conejo. Y luego un alien. Un alien grande que se convirtió en medusa. Entonces me quedé criándolos a todos. En la misma casa. En la misma habitación. Cociné para ellos. Los alimenté bien.
Una mañana me levanté y no estaban. Entonces me quedé sola. Y sin enojo. La verdad fue satisfactorio. Incluso dejé de escribir cosas en mi cuaderno de anotaciones. Los días pasaron plácidamente. Así hasta el de hoy, en el cual puedo admitir, sin miedo a equivocarme, que no me enojo. Que no tengo cabezas que reviven. Que no vomito cucarachas. Justo esta tarde entendí por qué (o por lo menos creo haberlo entendido). No hay enojo porque el enojo debe ser recíproco. No hay tristeza porque también debe ser recíproca. Y es que tan poco me interesan las personas, tan poco les intereso yo, que no vale la pena el desgaste que ya simplemente no existen esos sentimientos. No existen esas pasiones. El tiempo pasa demasiado rápido. Los baños vomitados se descargan en un santiamén. Las cabezas cada día se aburren más de salir. Simplemente, uno marcha pensando sólo en uno. En uno y los demonios de uno, que también cambian constantemente. Que también son volátiles. Que también se cansaron de estar, cada uno, reventando y vomitando.
Es más fácil así. Es más fácil olvidarse del otro. O por lo menos es más fácil simular que uno se olvida del otro. Es más fácil no tener esperanzas. Es más fácil tener una digestión regular. Es más fácil no tener la casa llena de invitados que te salen de adentro.
El egoísmo y la simplicidad son los sustitutos del enojo. Aquel enojo que al menos demostraba cierta interacción, cierto interés por las personas amadas (o no).  Supongo que ahora mismo, quizás producto de la escritura, de los recuerdos, quizás, pues pueda sentir que el corazón se me haya acelerado algo. Puedo sentir cierta penuria. Mas puedo permitirme esta pequeñísima recaída en la cual vuelvo a integrarme con los demás. Y sé que terminado este texto, que lo escribo con más resignación que placer, sé que terminando este texto, cerraré el archivo, prenderé un incienso, cantaré una canción y volveré a no sentir nada.
Entonces vendrá nuevamente la paz y la felicidad de mi soledad. Qué alegría. Sí, eso, Qué alegría. 


En fin, gracias por leerme. 

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Enjoy the silence o el llamado de Papá Pitufo


Será porque he estado leyendo sobre las utopías durante el Renacimiento. Ciudades perfectas. Individuos perfectos. Mundos perfectos. Oro para todos. Libertad. Tomás Moro flotando entre angelitos terrenales... A pesar de que estemos bien lejos de esa concepción típica del siglo XVI, yo continúo teniendo utopías: cosas fuera de la realidad y difíciles de realizar (al menos en los próximos días).
Por ejemplo, yo imagino frecuentemente que descubren una vacuna contra todo tipo de sentimientos. Y que la venden en las farmacias. Y que cuesta tres pesos con veinte centavos. Y que el líquido de la vacuna es transparente, como se te queda el alma luego de inyectarte. Como vivimos en un mudo muy variado y estamos en contra de los regímenes dictatoriales y totalitarios, pues la vacuna se la puede enterrar quien le venga en gana. No se trata de vivir forzados en una sociedad casi autómata, sino de que en la sociedad, la gente tenga la oportunidad y los medios para ser autómata. Y como existe una vacuna, pues existe también otra para hacer que vuelvas a sentir. Podrían preguntarse – como me pregunté yo – pero si te pones la vacuna y te vuelves alguien sin sentimientos, ¿acaso ya no estarás condicionado ante la idea de volver a sentir? Es decir, si ya no sientes, pues olvidarás que algún día sentiste, o más bien olvidarás lo que sentías cuando sentías y tampoco sentirás nada, recuerdes o no. Bueno, igual para eso hay solución. La vacuna tiene un efecto que va reduciéndose tras el paso de determinado tiempo. Empieza a ser menos efectiva. Pierde la potencia. Algo así como cuando se te están acabando los datos móviles, digo yo. Entonces ahí uno comenzará a recordar lo que implica sentir y  podrá decidir si quiere andar un tiempo muerto de pasión por ahí, o si desea volver a ser autómata. 
Otra utopía que tengo - está de más decirlo - es que, cuando yo quiera me pueda convertir en un unicornio. Pero uno así bien bonito. Y que también pueda volar y vomitar arcoíris. Como no me gusta el relinchar de los equinos, pues yo me comunicaría con mis amigos de cualquier especie, a través de un sonido bien perfecto, que como es perfecto, no puedo describir.
También me gustaría que hubiese un cigarro que no se gastara nunca y que tampoco enfermara. Y que todos en el mundo fumáramos esos cigarros, Y que todos bailáramos entre las nubes del humo de ese cigarro. Y que a todos se nos olvidara el paso del tiempo al ver que el cigarro no se acaba nunca. Algo así como una bacanal de smoke, sin que se revienten los pulmones.  Eso también estaría delicioso.
Mi último sueño utópico lleva persiguiéndome hace ya casi un mes. Creo que no logro olvidarlo o quitarme la obsesión porque de todos es el más realizable. Ocurrió así, de una manera inesperada. Les contaré. Andábamos regresando de Tepoztlán. De repente, el chico que manejaba pasa una canción que me gusta mucho y que de cierta forma había quedado abandonada en mi interior. Es una rola de Depeche Mode, llamada Enjoy the silence y que el video clip consiste en un hombre con capa y corona de rey, que escala hasta la cima de una colina, para allí, sentarse en una silla plegable y observarlo todo. Observar su reino. Ese video siempre me hizo pensar en la historia de Zaratustra a la inversa. En vez de bajar para darle las enseñanzas a los hombres, este rey subía para desde allí trasmitirle al universo las enseñanzas del nuevo humano. Todo eso lo recordé en los cuatro minutos y treinta y seis segundos que dura la canción. Además mis recuerdos se vieron interrumpidos porque el conductor – un chico que trabaja en Green Peace, había desmembrado cruelmente a una mantis religiosa, con el limpiaparabrisas. Y andaba ahí, casi llorando por lo que había ocurrido. Y bueno, mis recuerdos de revelaciones humanas quedaron diezmados ante el desespero del chico de Green Peace.
El punto es que llegué a casa y comencé a escuchar ininterrumpidamente esa canción y todas sus versiones. Así pasé una semana… La música continuaba sonando en mi cabeza. All I ever wanted All I ever needed is here, in my arms!!! Un día desperté emocionada, tras haber tenido un sueño impactante. Soñé que yo llevaba un programa radial. Y había una emisión que estaba dedicada completamente a esa canción y todas sus versiones. Y que entre versión y versión, yo hacía comentarios. Así me desperté y entonces pasé la mañana simulando que estaba en un programa de radio, con la canción. Los míos mexicanos me decían que estaba un poco loca y se reían. Pero yo no abandoné mi sueño. Y aunque no pudiese hacerlo realidad continué viviéndolo en mi cabeza. Pero la cosa no quedó ahí. Tras diez horas seguidas de escuchar la canción, ocurrió algo. En mi sueño radial, se comenzaron a filtrar imágenes relacionadas con las del video de la canción. Comencé a entrar en una especie de trance místico, donde ya yo sentía la niebla de la punta de la colina. Sentía al Zaratustra de Nietzsche volver a subir hasta la punta y desde allí predicar sus enseñanzas. Sentí el poder del universo dentro de mí. Pero Zaratustra necesitaba un rostro. Necesitaba un cuerpo. Necesitaba unos brazos para extender al universo y gritar In my arms!!!! Y, aún no sé por qué, el físico, la imagen que me vino a la cabeza fue la de Papá Pitufo. Papá Pitufo, con su capa. Papá Pitufo, escalando la colina. Papá pitufo, observando el horizonte. Papá Pitufo entendiendo que para gobernar en paz se necesita estar fuera del bullicio, fuera de la gente. Papá Pitufo comprendiendo que un rey sabio es aquel que tiene el tiempo para meditar no sólo lo que es bueno para  su pueblo, sino también para la naturaleza de ese pueblo. Papá Pitufo en la colina extendiendo sus manos mientras canta la canción de Depeche Mode y abajo, a lo lejos, todo el pueblo pitufo aclamándolo, recibiendo su sabiduría. Pero papá pitufo no escucha nada. Papá Pitufo sólo abre sus brazos, mira impávido al horizonte, respira y transmite su sabiduría ancestral.
¡Qué bonito!
Ojalá algún día se cumpla este sueño. Pero primero debo encontrar a Papá Pitufo. O a Zaratustra. Y Dios quiera y por lo menos Zaratustra sea enano para que pueda yo pintarlo de azul y que se parezca un poco a la imagen que me persigue. Creo que me sentiría muy feliz si eso ocurriera. Entonces la cosa quedaría así: Encuentro a Papá Pitufo para que se percate de cuál es su destino y lo emprenda. De lo contrario, encuentro a Zaratustra (que tiene que ser obligatoriamente enano), lo pinto de azul y le digo que vaya en busca de su destino. Todo esto acompañado de una capa, una corona y una silla plegable. Y tras llegar a la colina, tras disfrutar del silencio, tras revelarnos a todos el secreto del nuevo humano, pues yo, felizmente, haré un programa especial, donde cuente al mundo esta bonita historia. Donde explique a todos cómo fue el proceso místico de nuestro nuevo rey. Y finalizando mis palabras y el corte publicitario, sonará la canción. Una y otra vez. Enjoy the silence!!!!


En fin, gracias por leerme. 

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Post mínimo sobre el éxito y la percepción de un dealer

                                                 
   Artwork by; Kyle Thompson

Estaba  ayer en casa de un amigo. En algún momento, su dealer,  se acercó y me susurró: Tener éxito en la vida significa quedarse voluntariamente solo. Solo, solo, solito solo. Luego me miró y con una sonrisa que no pude definir, comentó que él pensaba que yo era una persona de éxito.

 - Ten un poco de hierba, para que “celebres” tu “éxito” – me dijo.
 -   Sí, para que “celebre” mi “éxito” -  le dije.

Después de eso no recuerdo mucho más. Hambre, dolor de panza. Quizás un poco de opresión en el pecho cada vez que recordaba la frase del dealer. Quizás un poco de opresión cuando pensaba en la voluntariedad.  Quizás sueño.

En fin, gracias por leerme

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