Cincuenta sombras más oscuras, o el caso de la señora, hija de Obbatalá.


Hoy fue un día muy especial. Y es que así, yo, de curiosa, averigüé que ya estaban pasando en los cines de Puebla, la película más esperada del año para mí: Cincuenta sombras más oscuras. Obvio, ya todos conocen mi predilección por esos “maravillosos” libros.  Y señalo maravilloso en el sentido más positivo en que se puede señalar la palabra maravilloso. Es que si mi relación con los textos (como una vez escribí) fue divertida, la experiencia con las películas no se quedó atrás. Recuerdo que hace dos años, llegando a Santiago de Chile, anhelé mucho ir a verla. Pero mi erotic dream no se cumplió hasta veinte días después, que aterrizando en Dunedin, fui directo al cine a comprar mi ticket. Tres días después, estaba camino al Octagon para llegar a la pequeña cinemateca en el sur de Nueva Zelanda. Entré. La sala estaba vacía. A los cinco minutos entró un chico que muy amable me dijo “Hi” y se sentó detrás de mí. La película, como era de esperar, era bien mala, pero igual mi mente no paraba de viajar a los días en que estaba enferma y me tropecé con los libros. De repente, sentí unos ruidos raros desde atrás, pero nunca me volteé. Como mismo yo estaba viajando, imaginé que el chico también andaba en un viaje y decidí no molestarlo. Al final de la cinta, nos despedimos con un poco de vergüenza compartida y me fui. Nunca lo voy a olvidar. Alto, medio rubio, con los pelos locos y rizados. Una chamarra bien grande y las manos metidas en los bolsillos.

Entonces, rememorando aquel día, dos años después me lancé sola al cine, a ver la segunda parte de la saga. Obvio, primero hablé con Dios a ver si no tenía nada que objetar a mi salida.

(Acento mexicano)

-          Hola Dios, ¿qué onda guey?

-          Hola Monique. ¿Qué quieres ahora?

-          Nada amigo, sólo saber si tenías algún problema con que fuera a ver la segunda parte de Cincuenta sombras de Grey.

-          Pues sé que te gustan esas cosas. Eres bien estúpida.

-          Sí, lo sé, pero bueno, te guardo respeto y por eso te pregunto guey.

-          Pues por mí no hay problema. Pero si quieres estar segura, pregúntale a la virgen del parque.

-          Ah ok. Lo haré. Gracias Dios. Pasa un bonito domingo de descanso. Luego te cuento cómo fue todo.

-          Obvio sé cómo irá todo. Soy Dios.

-          ¡Ay verdad! Es cierto que soy bien estúpida.

-          Sí, es bien cierto eso.

Entonces fui a ver a la virgen.

-          Hola Virgen, ¿qué onda? ¿Oye, no hay problema con que vaya a ver Cincuenta sombras más obscuras?

-          Mira que eres estúpida, Monique.

-          Sí, ya Dios me dijo lo mismo. En fin, ¿no hay lío?

-          No, pero si quieres ya estar en paz con todo, debes preguntarle a la naturaleza. Así que ve a hablar con aquella planta.

-          Ok. Iré. ¡Gracias virgen!

Y fui a hablar con la planta.

-          Hola planta, ¿qué onda? Oye, Dios me dijo que le preguntara a la virgen y la virgen que te preguntara a ti. ¿No hay problema alguno en que vaya a ver Cincuenta sombras?

-          Mira que eres estúpida.

-          Pues sí, todos me dicen lo mismo hoy. Lo sé. En fín... ¿Puedo?

-          Sí. Sólo bríndame un poco de placer primero.

Luego de tener un poco de ecosexo, volví a casa con el corazón acelerado, esperando que fuera de noche y así poder ver la película.

De repente, ya eran las ocho y veinte. Y yo estaba en el cine. Con un montón de personas detrás de mí. Todas en pareja. La única solitaria era yo. Por unos segundos extrañé a mi lonley boy de Nueva Zelanda, pero pensé que la experiencia colectiva igual podría ser interesante.

Y como lo imaginé.

Luego de sentirme muy feliz al ver que Anastasia tenía un fleco igual al mío, sentí a una señora detrás de mí, hablando con su marido.

-          Y es que el santo me dijo que no podía comer palomitas de maíz con mantequilla. Y hay que hacerle caso al santo. Y a mi padrino, porque si se entera que estuve a punto de comer, me costará caro.

¿CÓMOOOOOO? ¿Padrino? ¿Santo? Eso me suena a brujería cubana, pero con acento mexicano. Efectivamente, miré hacia atrás y una señora, vestida de blanco, miraba con mala cara que su marido, un gordo con un desmangado, comiera palomitas. No lo puedo creer – pensé. Mira que la brujería llega lejos… Seguí concentrada en la película. El segundo libro fue el que más me agradó pues es cuando Cristian Grey le compra una editorial a la protagonista y yo, yo siempre he querido que me regalen una editorial. Pero nada. Nadie ni me consigue un trabajo en una. ¡Qué problema!

Entonces seguí ahí, emocionada ante la caída del helicóptero privado de Grey y luego su aparición y el llanto de todos los personajes. Y mi llanto de gata estúpida. Y de repente otro comentario.

-          Amor, que no podemos hacer esas locuras sexuales. Obbatalá (el santo que la rige) me dijo que no podía estar en esas vulgaridades. Que me podía dar cáncer de útero. Además, tú no eres millonario y no tenemos un cuarto así para hacer esas cosas.

-          Pero eso no impide que te pueda amarrar las manos.

-          ¿Pero para qué tú quieres hacer eso? Me parece que en todo este tiempo no ha hecho falta que me amarres a nada. Mira que traerme a ver esto como regalo de San Valentín. Podrías haberme comprado un regalo.

Sí, eso es cierto – pensé yo. Aunque bueno, a mí… yo… yo no sé ni muy bien qué es un San Valentín, la verdad. Pero bueno… seguí viendo la película.

Entonces Cristian comienza a azotar a Anastasia. Y Anastasia hacía Ahhhhh, y en el cine todos hacían Ahhh. Y Cristian comienza a penetrar a Anastasia. Y Anastasia vuelve a hacer Ahhh y en el cine, de nuevo todas las parejas: Ahhh. Todos en el cine excepto los de atrás, porque, quién sabe, seguro el santo le dijo a la señora que  no podía gemir con la película y menos con palomitas con mantequilla al lado.

Continuó la película. Cristian lleva a Anastasia a un baile de máscaras en casa de sus padres. Pero antes, le pide que se ponga una lencería sexy, un vestido plateado y ya de paso, le pide que se meta unas bolas chinas, porque “eso es muy rico”.  Ahí, el marido de la señora le dice que por qué ella no se pone una lencería así y por qué, además, no se mete unas bolas. Ahí casi me da algo. Esa mujer con cuerpo deforme, con la lencería sensual. Ese hombre gordo grasoso, en desmangado, con grasa de mantequilla en la boca, besándola como todo un bad boy, en un cuarto chiquito. Y metiéndole unas bolas de los chinos (no chinas). Y la mujer gimiendo Ahhhh. Ya imaginaba hasta a los del cine igual gimiendo ante una escena así.  Igual pensé que reproducir esa parte con la señora sería complicado pues, debido a que tiene hecho santo, hasta las bolas tendrían que ser blancas.  Y no me quiero imaginar unas bolas blancas blanquísimas entrando en la vagina de alguien. Unas bolas del chino, de esas de cinco pesos.

Pero no, eso no pasaría porque ella ya aclaró que el santo le dijo que no podía hacer esas cochinadas. Al menos no con su marido. Quién sabe si con Grey…

Luego de dos horas, se acabó la película. Todos estaban muy emocionado y salín con caras de: “esta noche quiero que me azotes”.  Obvio, la señora hija de Obbatalá no salió muy contenta. Pero su marido miraba a todas las mujeres diciéndoles; “vengan nenas que las voy a dejar tan loca como Grey a Anastasia”.

Como soy tan burlona, no pude evitar interceptarla en medio del pasillo y preguntarle.

-          Disculpe señora, ¿usted es hija de Obbatalá?

-          ¡Sí! ¿Cómo sabías?

-          Es que yo también tengo hecho santo. Soy hija de Obbatalá igual. Y nada, que el santo me lo dijo.

-          Visteeeeee – le dijo a su marido- El santo siempre tiene a alguien vigilándote.

-          Así mismo señora - Le dije yo. Vi que su esposo tenía palomitas de maíz con mantequilla. ¿Usted las puede comer? Porque a mí el santo me las eliminó.

-          A mí también, señorita. Pero bueno, a él no. Él no tiene hecho santo. Él no cree mucho en esto.

-          Ya, entiendo. Y entiendo que ver esta película es un poco molesta para nosotros. Es que el santo a mí me prohibió hacer ese tipo de cosas. Y bueno, yo respeto lo que dice.

-          Lo mismo pasa conmigo. Pero bueno, todo sea por la protección de Obbatalá.

-          Sí, todo sea por su protección – le dije y me despedí.

Salí muy contenta del cine. Pensé en la pobre vida de esa mujer sin poder comer palomitas y sin poder tener sexo “salvaje” con su marido. Deseé que de veras el santo existiera y que de veras cohibirla de todo eso la protegiera. A mí, mi amigo Dios nunca me ha prohibido nada, la verdad. Es bien buena onda Dios. O por lo menos bastante abierto. No obstante, si me tengo que hacer santo y desvincularme de las palomitas y las cochinadas de habitación, con tal de que me regalen una editorial, pues lo hago. Es más, juro solemnemente que si alguien me la regala jamás volveré a comer palomitas. Y tampoco dejaré que me vuelvan a amarrar. ¿Escuchaste, Dios? ¿Escuchaste?

En fin, gracias por leerme.

 

. Bookmark the permalink.

3 Responses to Cincuenta sombras más oscuras, o el caso de la señora, hija de Obbatalá.

  1. Anónimo says:

    Jaaaa. No paro de reír. Espectacular. Eres la mejor. Tienes cada ocurrencia...

  2. Anónimo says:

    me encantó!

  3. Anónimo says:

    Cuando yo lo digo, que lo que te pasa a ti no le pasa a nadie. O será que nadie tiene la capacidad para hablar con Dios ni el talento para contarlo.

Leave a Reply

Coments, coments...

Con la tecnología de Blogger.

Recibe las novedades por e·mail