Sobre lo que implica tener un gato y a Monique. Y sobre las luces rojas de un bar


I

Cuando uno tiene un blog, asume una responsabilidad muy grande. O al menos yo asumí una responsabilidad muy grande. Como dije en el primer post, el objetivo de todo esto es no olvidar: no olvidar los hechos, no olvidar a los míos, que los míos no me olviden y no olvidarme yo misma de mí misma en mi mismísima mismidad.

También, debo reconocer que escribir cada semana es una forma de canalizar ciertos asuntos que de otra manera no serían pensados. Muchas veces son legítimos, los hechos que describes, y otras tantas aunque no pasaron realmente (o no exactamente así),  ayudan igual a pensar qué hubiese pensado, cómo hubiese reaccionado ante esa hipotética situación. Y es que, como dije en algún post por ahí, la realidad a veces es demasiado simple, o demasiado falta de decisiones, o demasiado cobarde, para asumir algunas cuestiones. Pero a la vez que uno las escribe, a la vez que la idea se vuelve real porque queda planteada, pues se crea cierta obligación de reflexionar sobre ello o al menos a asumir ciertas cuestiones que en la cotidianidad, uno obvia, uno pasa por alto o en última instancia, uno se toma dos píldoras y se olvida de todo. Yo soy de las personas que piensa que, a la vez que algo queda escrito, ese algo se vuelve real, incluso más real que la realidad misma. Porque a las palabras, contrariamente a lo que muchos piensan, las palabras tienen fuerza, son contundentes. No desaparecen. Eso de que las palabras se las lleva el viento, eso no es cierto, al menos para mí. Lo que se lleva el viento son las ideas que no se concretan, que no se piensan mucho, que no se reflexionan. Por eso yo soy adicta letal a reflexionar sobre lo que sea, pero la reflexión siempre está.

Quizás es una tendencia que tengo desde que era niña. Desde muy pequeña comencé a escribir. Tenía diarios, los cuales comenzaba siempre con un “Querido Dary”. Y si bien al principio me limitaba contar las cosas que me ocurrían en la escuela o en casa, hubo un momento en que eso comenzó a aburrirme y pasé entonces a cambiar un poco mi realidad. Hubo un momento en que ya me perdí. En que no supe qué era cierto y qué no. De ahí supongo que viene esa necesidad patológica que tengo de mentir, de cambiar las cosas. Y en ese movimiento de las cosas, en ese cambia esto, cambia lo otro, terminé escribiendo relatos. Yo asumo el escribir de la misma manera que asumo mis sueños: espacios donde hay partes y personajes totalmente reales, pero otros que se cambian, que aparecen porque tienen que aparecer, porque son quizás. los personajes que faltan en la cotidianidad. Y muchas veces tienen la respuesta. Yo opino que los sueños no se sueñan en vano. Los sueños siempre tienen un significado grande. Que uno no los entienda, eso es otra cosa, pero en mi caso, yo siempre los entiendo. Es que como yo siempre hablo con Dios, pues ya sé su forma de comunicarse conmigo. Alabado Dios que es mi amiguito…

II

Mi blog se llama “El gato de Monique” no arbitrariamente. Monique es mi hermanita neozelandesa, y fue una de mis salvaciones en ese país tan… digamos… natural para mi gusto. Con ella tuve pláticas que semi entendía (porque el inglés con acento neozelandés es como escuchar a un colombiano hablar español). Con ella teoricé sobre los unicornios, y sobre el autoestima y también, en una borrachera asquerosa, reflexionamos sobre el cuerpo sensual de los latinos y terminé recogiendo de la alfombra del piso (llena de pelos de gatos y no sé cuántas cosas más), un montón de noodles y comiéndomelos como toda una cerdita. Y esas cosas, fútiles y tontas, hacen que las personas se unan de una manera que ni la distancia puede disminuir. Sobre el gato, bueno, es que ella tenía dos. Dos gatos muy raros. Uno era el prototipo perfecto de una persona hedonista. Lo único que hacía era comer, acostarse en el sofá y hacerme compañía en tanto yo desayunaba y tomaba el sol en el jardín. El otro, la imagen del blog, era un gato negro, serio, arisco, como escultura egipcia, que la gobernaba, se le montaba encima, no la dejaba sentarse sola en una silla y para colmo, si ella salía, la esperaba en la entrada de la casa, cuan marido celoso. Con ese gato no crucé ni media palabra (porque con los animales hay que hablar), pero, en su silencio y actitudes, decía mucho. No era un gato fácil ese. Era un gato manipulador, rencoroso, poco fiable y aprensivo, idéntico a mí. Cuando me fui de Nueva Zelanda, el gato hedonista me dedicó una miradita y mis amigos de allá, todos me acompañaron hasta que llegase el taxi y sus miradas, sus miradas son algo que tengo clavadas en el centro de mi estómago. Pero ese gato negro no me miró, no me dijo nada, ni siquiera recuerdo dónde estaba. Porque en el fondo sabía que lentamente yo le iba robando el amor de su dueña. Y eso a él no le gustaba. Por eso era mejor que me marchara. Y yo, acepté totalmente su alegría por mi partida porque, si hubiese estado en su lugar, creo que mi actitud hubiera sido exactamente la misma. Ya les dije… somos rencorosos. Y celosos en extremo.

III

Otra cosa maravillosa de tener un blog son las personas que conoces y los comentarios que te hacen. Yo he conocido a mucha gente. Y algunos de ellos, hoy en día son amigos, personas con las cuales hablo regularmente y sobre todo, personas que me recuerdan mucho de dónde soy o de dónde fui los primeros veinticuatro años de mi vida. Ahora, la verdad, ando perdida, sin entender mucho qué significa pertenecer a algún lugar. Pero cada vez que hablo con ellos, cada vez que comentamos nuestros traumas, nuestras angustias y nuestros deseos de reír, me hacen pensar que sí, que aunque uno se vaya, aunque uno se pierda, hay ciertas cosas que sólo quien comparte la misma tierra y el mismo mar, pueden entender. Muchos de ellos escriben, como mismo escribo yo, y no hay nada que me cause más placer que leer sus textos y luego comentarlos con ellos como también es deliciosos que me escriban comentándome qué creen de lo que escribí yo. Y nada, que esta cofradía de gente “mentirosa”, me llena mucho. Mucho muchísimo. Me ayuda a “espantar fantasmas”. Otras son personas que conocía desde antes, pero por motivos, precisamente, de la mera escritura, he podido comprender que son profundas, que tienen mucho que decir. O que por lo menos, lo que tienen que decir, yo lo entiendo.

IV

Derivado de esto (y pensando en los míos que están en Cuba), no hay nada que adore más que copiar el texto y enviárselos por e-mail (los que tienen  e-mail) y luego, automáticamente recibir sus reflexiones (porque todos reflexionan) y desde aquí río pensando cómo una amiga actriz hasta le cambia las voces a cada uno de los personajes que menciono, o en mi mamá que vive dándome consejos sobre cómo mejorar mi estado de ánimo luego de leer el post o de cómo es el proceso en que mi padre lee mis post: mi sobrina los baja de internet con harto trabajo, se los copia y luego (imagino yo) él comienza a leer y puedo hasta sentir su sonrisita y sus risitas y sus comentarios que luego mi sobrina debe transcribir como esclava… pobrecita. Y así con los demás, que lo lean al momento o no, me escriben y se ponen a mi mismo nivel (nivel de persona “muyyy intelectual y profunda”) y debatimos. Otros simplemente me leen y me dicen que estoy loca. Pero igual eso me encanta. Pues esa locura es algo que creo sobre todo para ellos. Para que sonrían. La sonrisa es algo importante: sea pura o sea falsa.

V

Otra cosa genial de un blog son las erratas (o al menos en el mío). Muchas veces me doy cuenta de que las tengo y aun así las dejo, aunque luego venga mi hermana la del medio a estarme gritando por mi falta de vista. Y es que cuando uno escribe, uno escribe enajenado, uno escribe en trance. O más bien, uno no escribe, sino que hay algo por ahí que va susurrándole las cosas y uno transcribe. Por eso no hay tiempo de rectificar. Lo mejor es soltar las cosas como salgan y ya. Eso también es divertido. O por lo menos para mí es muy divertido.

VI

Escribir los domingos tampoco es algo arbitrario. Desde pequeña ese séptimo día fue muy especial. De niña, siempre salía con mis padres a pasear. Y casi siempre nos íbamos al puerto, o a la Habana Vieja a cenar, o a cenar solamente (de ahí mi glotonería). Ya, más adolescente, me iba con mi novio de aquel entonces, a la costa y ahí pasábamos horas hablando y hablando, casi nunca metidos en el mar, sino más bien sobre las rocas, sintiendo solamente. Y eso no lo sabían mis papás, así que volvía la situación más interesante aún. Y luego, más adelante, me iba a casa de mi hermana mayor. Y ahí, conversábamos, comíamos, veíamos películas y me olvidaba un poco de la presión que pueden ejercer los padres cuando una anda de novia.

Más tarde fue el ir al cine, o comer pizza a casa de mi hermana del medio. Y las conversaciones siempre eran profundas, locas, al punto de que ya no quería ni ser parte de eso, pero al final, siempre terminaba ahí, con ella, platicando y platicando hasta pasada la media noche. Otras cosas igual volvían especiales los domingos. La brisa, la brisa que entraba por la ventana de mi cuarto a las cuatro de la tarde, momento en que yo me sentaba en la esquina de la cama, en completo silencio y fumaba y escribía. Luego todo eso se acabó. Y los domingos, a pesar de que comenzaron a tener otra dinámica muchas veces igual de buenas, no dejaron de provocarme esa nostalgia que pase el tiempo que pase, no se va. Se queda siempre ahí.

 

VII

Ayer decidí salir a celebrar el aniversario de Monique. Y como siempre, salí con la esperanza de poder encontrar en la realidad (en una realidad sin cambios), eso que me llena tanto cada vez que escribo. Pero fue en vano. Las luces rojas del lugar, lo único que me provocaron fueron que terminara vomitando en el baño del bar. Y cuando venía de regreso a casa, en medio de las arcadas y digamos, la angustia, en lo único que pensaba era en llegar a casa, olvidarme de todo y escribir. Escribir las cosas como yo las prefiero, como yo las entiendo, como yo las siento, obviando muchas veces las acciones que no me gustan o las que me gustan, simplemente porque me aburre o me hacen daño pensar las cosas de manera tan  simple. Y yo estoy clara de lo que dijo Locke: las ideas simples son las más complejas. Pero en mi caso, esa complejidad de las ideas simples, igual no dejan por momentos de aburrirme, porque siempre se refieren a complejidades muy de la vida, muy pasionales. Y a mí, a mí me gustan más las ensoñaciones.

Así que, me largué de ese lugar que tanto me gusta, llegué a casa, me acosté a dormir ya más tranquila, sabiendo que en pocas horas me despertaría y comenzaría a escribir un montón de galimatías, o boberías, como lo quieran ver, pero que a mí, siempre, siempre, siempre, me hacen sentir aparentemente más viva. O por lo menos, me quitan los deseos de vomitar. Y es que un bar, aunque tenga luces rojas, aunque simule recrear cosas increíbles, aunque te haga creer que estás en conexión con ese yo que se desinhibe por el alcohol, la gente, las pasiones y las luces, jamás, jamás, jamás se va a comparar con lo que siento cada vez que enciendo el ordenador y comienzan a salir las palabras. Las palabras que en mi caso, igual tienen luces rojas, mas luces rojas llenas de sentimientos encontrados. Incluso, de sentimientos que se crean en el momento.

 

En fin, gracias por leerme.

 

 

 

 

 

 

 

 

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4 Responses to Sobre lo que implica tener un gato y a Monique. Y sobre las luces rojas de un bar

  1. Anónimo says:

    Muchas felicidades gata arisca. Te leo igual hace un año y aunque no nos conocemos ni jamás te he contactado quiero decirte que tus post son únicos.tienen una locura pero no tonta sino inteligente. Y es cierto que cuando uno escribe con la nostalgia encima, siempre lo que sale es bueno.

  2. Anónimo says:

    A mí me gustan todas tus erratas...

  3. Es cierto que te pareces mucho a Smokey, M, por esa razon no se llevaban bien ;-)

  4. Menos mal que alguien (yo) te dio la idea d abrir un blog y t lo configuró!

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