Sobre cómo las selfies ridiculizan por completo la idea de Heráclito de que nunca nos bañamos en el mismo río



El otro día me ocurrió algo bien curioso. No pregunten por qué (porque no sé), hay una chica a la que sigo y me sigue en twitter. A ella le encanta publicar y publicar fotos. Fotos de ella por todo su perfil. Selfes, selfies, selfies (acompañadas siempre de un pensamiento bien “profundo” porque es muy intelectual). Obviamente las veo. Y debo reconocer, vivía enamorada. Bello rostro. Bella mirada (tiene un ojo medio bizco, pero bueno, eso... eso también es bello). Yo, realmente no soy amante de ese tipo de fotografía tan “artística”. No porque estén deformando a la humanidad. No porque sea un transgredir el espacio privado. No porque esté exponiéndome. Para nada. Todo eso es bueno, porque vivimos en el mejor de los mundos posibles y si eso ocurre es debido a que nada mejor nos puede pasar. A mí me gusta Leibniz. Leibniz dijo esto, ergo, yo cito a Leibniz. También debo reconocer que en algún momento llegué a sentirme mal. Porque cuando a mí se me ocurre tomarme una selfie, salgo como algo deforme. Imagen ideal para película de David Lynch. Y les digo, no es que me guste mucho ese estilo, pero una siempre tiene algo de niña caprichosa y se pregunta ¿por qué ella sí y yo no? (violines de fondo).

A pesar de que mi amiguita mexicana (a la cual hice partícipe de la belleza de twitter), amiguita esta conflictiva, me decía que no era tal cual como yo pensaba, que esas fotos estaban muy bien tomadas y que ella estaba segura segurísima de que en realidad no se veía de esa forma, yo continuaba enamorada de ese bello rostro.

Entonces un día, caminando por Juan de Palafox, ¡las cosas del diablo! Reconozco un par de botas. Reconozco el cabello. Reconozco el ojo bizco… ¡Era la chica! Con disimulo caminé casi a su lado. El impacto fue fuerte. Esa belleza twitteriana, esa sensualidad poblana, se convirtió en una enana fea, deforme, con un rostro mofletudo, con unos ojos caídos, con brazos gordos, espalda torcida y caderas inexistentes. Un asco. Repugnante a mis ojos de Afrodita cubana.

Este hecho puede ser lo más banal del mundo, pero a mí, a mí me traumatizó. Porque automáticamente comencé a pensar (y como yo pienso y luego existo, pues comencé a existir). Yo vivía fascinada con algo ahí. Algo que para mí era tangible. Algo que para mí era real. Y de repente, el golpe. La realidad en Juan de Palafox. Mas luego volví a pensar, ¿por qué razón lo de Juan de Palafox debe ser lo real? Últimamente las redes son más importantes, son más reales. No hace falta contacto humano si lo tienes ahí. Por lo cual, si la imagen que transita por el cibermundo es la de una bella señorita, y no la de un enano distrófico, pues esa, la primera, debe ser la más válida. Llegué a casa y lo primero que hice fue tomarme una selfie. Horrenda. Luego me posicioné frente al espejo. Me observé. No tan horrenda como en la foto. Pero como ya les dije, lo que vale es la imagen, la imagen imaginosa. Acto seguido llamé a mi amiguita mexicana. Necesitaba una selfie linda. Tomamos muchas. Pusimos filtros. Retocamos mi nariz, aumentamos un poco mis ojos. Me explicó cómo sonreír o cómo poner una mirada sexy. Al final salió la foto. Guapa, la verdad. Mas luego, volví al espejo. Y me observé. Y observé la foto. Quizás sea mi falta de costumbre, pero no pude subirla. No pude porque esa persona no era yo. Como tampoco soy yo la que sale en las fotos sin retoques. Me traumé más. Al pobre Narciso que lo crucificaron para toda la vida porque se fue un ratillo a mirarse al lago... Luego pues pasamos del lago al espejo y del espejo a las fotos y de las fotos a las selfies (porque no es lo mismo). Eso está bien. Lo que no comprendo es por qué las personas no se ponen nerviosas, como me pongo yo. Ya no sé quién soy. O la que se acaba de levantar, o la que se mira al espejo sin maquillaje, o la que se mira al espejo con maquillaje, o la que se toma una selfie sin filtros, o la que se la toma con.

Supongo que aquí la respuesta de muchos sería: el exterior no es lo importante, no es lo esencial. Pero como igual ya me conocen, pues saben que ese criterio me importará muchísimo (nada), así que no resuelven mi problema. El exterior, mi carne, mis fracturas, mis pies pequeños y mis ojos chinos también son parte de mí. Son parte de mi esencia. Porque cuando yo despierto y veo mi reflejo en cualquier lugar, me auto reconozco y me saludo: ¡Hola Monique!

Supongo que lo que hacen todos aquellos selfieadictos es que logran reconocerse en esa imagen que proyectan en las redes. Pero ahí va otro problema, ¿cómo hago para siempre verme igual en las fotos? Tantos filtros, tantas cositas para retocarse, que en serio, debe ser muy aburrido regirse sólo por una. Restricciones hasta cuando uno mismo se crea. Si puedo ponerle filtros a mis fotos, yo quiero ser un día verde, otro día azul, otro día tener ojos grandes y otros simplemente agregarme un sombrero… no sé. Cambiar. Y es que en las selfies hay cambios. ¡Muchos! Ahora con Snapchat todo el mundo tiene cara de perrito o de oso panda. Pero la modificación de la imagen viene a partir de una primera modificación. Y esa primera es la que no cambia: el retoque primero ya se queda inmóvil. A partir de ese es que comienzan los cambios. También recordé a Heráclito y su “nunca nos bañamos en el mismo río”. Pensé en Narciso, ¿se habrá mirado él también en un río? ¿Habrá visto que el río no es el mismo y él tampoco era el mismo, porque todo el tiempo cambiamos? En fin, que ese tipo de imagen perfecta creada y que siempre es la misma, hace que la hipótesis heracliteana de que somos y no somos todo el tiempo por nuestro constante cambio,  se vea desarticulada gracias a las selfies. Y atención, el señor Heráclito se refiere a que somos y no somos los mimos ni por dentro ni por fuera (para los que dicen que lo esencial es el interior, ese interior también cambia y bastante). Con las fotos de ese estilo, lentamente nos quedamos estáticos y esa esteticidad va penetrando y penetrando hasta que también nos paralizamos por dentro. ¡Ay Heráclito destrozado por las selfies! 

Pero ya les digo, eso está bien. Así son las cosas ahora. Por eso, he decidido que la opción es, primeramente crear, aceptar y acostumbrarme a la estaticidad  esa de la foto. Tratar de reconocerme ahí. Y por último, seguir deleitándome entre tantas fotos bonitas que me ofrecen las redes y jamás, jamás, volver a salir a la calle. O por lo menos, andar con la mirada perdida, sin observar a ningún transeúnte. Me parece que de esa forma, me evitaré muchos malos ratos y no tendré que confrontar a personas distróficas. Estoy segura que si logro esto, seré súper trendy y feliz en este, el mejor de todos los mundos posibles.

En fin, gracias por leerme.

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1 Response to Sobre cómo las selfies ridiculizan por completo la idea de Heráclito de que nunca nos bañamos en el mismo río

  1. Anónimo says:

    nunca lo había pensado como lo expones. Sí que da miedo. Me ha encantado. Como siempre.

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