La necesidad de no olvidar


Recuerdo que, de pequeña, adoraba un programa musical – muy cutre, por cierto – llamado Arcoíris Musical. Los conductores eran dos marionetas: Alegrina, que estaba alegre, y Tristolino que obviamente, estaba triste. Ambos representaban el estado anímico de los niños: o están tristes, o están contentos. Sin términos medios. De más está decir que las marionetas eran horribles y que las canciones y videos que pasaban en el programa, eran similares a lo que hoy pudiesen ser… no sé… ¡no hay comparación! Mucha gente – la mayoría, según me dicen ahora – las detestaban, pero en mí, esas dos marionetas, las canciones y los videos, causaban un efecto extraordinario: me tranquilizaban. Claro, es que yo iba a ser artista – decía mi madre. También recordé que en otra etapa adoraba El narrador de cuentos. Ahí comencé a enamorarme de las historias poco convencionales y de los mitos y de lo bizarre. Entonces mi familia grababa cada capítulo para luego conseguir que, una vez más, me sentara tranquila en una mecedora. En esa misma época quise convertirme en sirena y cada día le pedía a mi abuela que tejiera una cola para mí, y aunque nunca llegué a tenerla, igual me sentía como tal, cada tarde, al regresar de las clases y poner la película. Yo era una sirena con cabellos oscuros. 

Unos añitos después me obsesioné con las Spice Girls y AQUA. Tenía las muñecas y los discos y los videos… Tal fue la inspiración, que comenzamos a imitar a las Spice en el colegio y luego formamos nuestra propia banda e inventamos nuestras propias canciones. Era emocionante eso. Fue la etapa en que comencé a sentir que existían cosas que eran totalmente mía. Mis creaciones. Con nueve, mi hermana se fue de casa y entonces recuerdo las cartas que me enviaba y lo que sentía al leerlas. Recuerdo igual cuando me obsequió El cantar de Roldán, supuestamente para que no tuviera miedo al dormir, y el miedo que sentí al leer el primer párrafo. Igual recuerdo el miedo. El miedo que siempre sentía en mi infancia. El miedo que aún me persigue. Con once conocí a mi mejor amiga, con doce nos volvimos blackmetaleras y conocimos a otros amigos, que ahora son como hermanos. Con catorce hice el amor y empecé a escribir diarios. Con quince, mi sobrina – que tiene apenas dos años menos que yo, así que más bien es mi confidente, mi hermanita menor y ¡mi juguete favorito! – tuvo su primer novio. Y también con quince decidí que quería dedicarme a escribir y muy seriamente, se lo aseguré a mi padre. Con dieciséis, en casa, todo colapsó y colapsé yo y entonces conocí a otra chica, muy abierta y promiscua ella, pero que sería mi otra compañera de vida. Y con ella me escapaba del bachillerato y me perdía en el mar y lloraba y reía y le botaba los cigarrillos para que no fumara. Y en ese intento, terminé fumando yo. Con diecisiete me enamoré de un francés, que llegó en un barco y con dieciocho me volví a enamorar y con diecinueve olvidé a los chicos y amé la filosofía y mis poemas se volvieron poemas filosóficos y los cuentos, cuentos filosóficos, y la cabeza, cabeza filosófica… Empezaron a existir otras cosas más allá de la realidad: quizás Dios, quizás espíritus, quizás la cosa en sí… no sé, pero yo sentía algo más allá de mí. Y con veinte, como era de esperar, me casé con un filósofo. 

También recuerdo las Navidades. Las Navidades donde iba apartamento por apartamento en mi edificio, buscando la cena que cada uno me guardaba, para al final terminar en el apartamento 8, el último, tomando vino, fumando y fumando y siendo feliz con mi otra familia. Con veintidós conocí París y celebré mis veintitrés con esa amiga promiscua del bachillerato, que se me había ido a Barcelona. Y lo celebramos en un parque de atracciones: yo subida a una montaña rusa y ella sufriendo, abajo, un ataque de pánico. Igual, con veintitrés, la Universidad acabó y me quedé en la Habana. O no. Realmente no en la Habana que yo conocía, sino en una Habana promiscua, como mi amiga, y enajenante. Y me enajené y así enajenada estuve un año, donde me olvidé de todo, donde fui otra persona y todos alrededor mío igual se enajenaron y nos perdimos juntos. Histeria colectiva. Entonces tuve un hijo, un hijo metafórico. Publiqué una novela y sentí que moría de amor por ella y moría de odio por ella y moría por ella. Moría y volvía a morir.

Con veinticuatro mucha gente que adoraba comenzó a irse de casa y me quedé aún más enajenada, recordándolas. Hubo café, mucho café. Y alcohol, muchísimo alcohol. Y gente rara alrededor mío. Y entonces llegó febrero y dejé de recordar yo a las personas, para que las personas comenzaran a prepararse para recordarme a mí. Aún siento el bullicio. Aún siento el calor. Aún siento las lágrimas y el dolor en el pecho. Es complicado pasar de ser quién recuerda a ser la recordada. Luego olvidé todo. En apenas dos meses. Solo me quedé con pedazos de recuerdos que más bien se tornaron actualidad y cotidianidad, trasmitida a través de correos y correos. Entonces hoy desperté y sin más, recordé la canción que me gustaba de aquel programa: Arcoíris Musical. Y todo comenzó a pasar por mi mente. Y el corazón se me oprimió. Y tenía el blog ahí, cerrado aún, en blanco, vacío, como está mi cabeza y como está la cabeza de muchos que pasan por lo mismo que yo. Y me aterré. Me aterré muchísimo. Porque, es cierto, uno construye recuerdos diariamente. Es un continuum que nunca termina. 

Pero…

¿Y si algún día me detengo y no recuerdo más? 

¿Y si algún día nadie me recuerda a mí? 

Entonces viviré siempre en el presente y eso, aunque los libros de autoayuda dicen que es lo mejor, a mí, personalmente, me fastidia muchísimo. Es el equivalente a no existir.



En fin… gracias por leerme.

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3 Responses to La necesidad de no olvidar

  1. Buenísima idea y riquísimo el texto. Nada acompaña más en estos primeros tiempos que un blog. Un beso y seguiré esperando otras entradas.

  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.
  3. Sabroso lectura para mi vaso de Te despertino. Desde Londres. Buen día...

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