Ortega y Gasset, un japonés y los Pingüinos Azules de Nueva Zelanda


Ortega y Gasset dijo, en sus Meditaciones del Quijote: “Yo soy yo y mis circunstancias”. En eso andaba yo, hace unos días, releyendo a Ortega y pensando en mi yo y mis circunstancias… muy filosóficos mis días… y en eso, voilà!, encuentro unos billetes baratos para ir a visitar a los pingüinos más pequeños del mundo: los Pingüinos Azules, típicos de Nueva Zelanda y de otras regiones como Tasmania. Desde que llegué a esta isla perdida en el Pacífico (y salí de esa otra perdida en el Caribe… volvemos a mi yo y mis circunstancias…) quería ir a verlos, no porque me interesen los animales, ni la naturaleza. Sólo quería ir por snobismo puro. Quería ver a un pingüino, quería tocar a un pingüino, quería tomarle muchas fotos a un pingüino. ¡Pingüinos, pingüinos! Luego, como es de esperar, postearlas en Facebook e Instagram. Esas circunstancias me parecían interesantes, divertidas. Entonces encontré los días baratos para adquirir los billetes. Y todo feliz.


Ahora es cuando entra en escena el japonés.


Yo, en particular, tengo reservas hacia todos los asiáticos. En mi país, tener a un chino detrás, no es algo muy bueno que digamos, y en todo caso, tener a un japonés detrás, es como tener a un chino pero con un estilo anime. Conclusión, que no me convence mucho. Pero mi esposo tiene un amiguito. Un compañero de doctorado en Filosofía. Un japonés llamado Takahiro al que él, amistosamente, llama El Taka. El Taka, es un personaje muy peculiar. Es ese tipo de chico al cual uno no puede definir con facilidad. Apenas habla y cuando habla, es imposible entenderlo. Él tampoco entiende muy bien, así que las conversaciones no son conversaciones, sino meta – conversaciones. Sin contar que dos estructuras lingüísticas marcan todo lo que habla. La primera: sustituye la primera persona del singular, por la primera del plural. Es decir, cuando dice “yo” quiero comprar pizza, se expresa como “nosotros” queremos comprar pizza. Cuando dice “yo” amo a los pingüinos, se expresa como “nosotros” amamos a los pingüinos. Algo confuso, la verdad. Yo (o “nosotros”, como diría el amigo japonés) he decidido llamarle a eso “el fenómeno We”. La segunda: para él, todo lo que uno dice o hace es interesante. Interesante pregunta, interesante posición, interesante comida, interesante secadora… qué se yo. Todo es interesante. Bien por él.



Takahiro se está despidiendo de Nueva Zelanda, pues luego de 7 años de estudios de postgrado entre Japón y Dunedin, ha decidido irse a Holanda, a comenzar de nuevo y aprender holandés…. En fin, que cada cual hace con su vida lo que quiere y aprovecha su tiempo como lo estime conveniente, recuerden a Ortega y las circunstancias de cada cual. Entonces, decidimos invitar a Takahiro a ir con nosotros, pues su plan de despedida consistía en ir al Botanic garden en Dunedin, que es gratis y muy bonito, pero que no puede compararse con la magnífica experiencia de ir a visitar pingüinos. Mi esposo lo convenció de que, por el módico precio de veinticinco dólares, podría ir con nosotros a visitar a los animalitos enanos. A Takahiro le quedaban sólo ciento veinte dólares, pero igualmente accedió y me encargaron a mí, la chica del grupo, comprar los tickets. Entré a Internet, compré online, me sentí feliz, pensé en Ortega, pensé en mis circunstancias, en mis felices circunstancias y sonreí.


Pero, al parecer mis circunstancias no iban a ser tan positivas.


El primer problema apareció cuando nos percatamos de que el lugar donde estaban los pingüinos, quedaba al final de la isla Sur. ¡Casi tres horas de viaje! Sin contar que, como no había nada que llegara hasta allá (debido a un concierto inesperado de Rod Stewart) tuvimos que rentar un auto con conductor para que nos llevara y además tuvimos que pagar por cada uno, setenta y cinco dólares. Eso, más los veinticinco de la entrada, hacen un total de cien por persona. Yo casi muero. Mi esposo casi muere, pero el peor fue Takahiro, que se había quedado sólo con veinte dólares hasta su partida. Pero igual, eso para él, fue interesante... como todo lo demás. Al final nos fuimos hacia el Royal Albatross Center, lugar famoso, famosísimo aquí, pero que lo único que tiene son pájaros y los pingüinos, que salen en la noche. El camino fue largo, más aún porque el conductor – un escocés que vino con ocho años para Dunedin y que sólo recuerda de Escocia el frío, todo eso tuvimos que escuchar – no paraba de hablar y de expresarnos cuán feliz estaba de hacer ese recorrido con nosotros. Y eso está muy bien (si ganó doscientos veinticinco por dar un paseo, ¡cómo no estar feliz!) pero no hay que ser tan efusivo durante tres horas. ¡Por Dios! Luego de hacer varias paradas y tomar algunas fotos, llegamos. Yo intenté relajarme y mi esposo me alentó diciéndome que ahora mis circunstancias cambiarían, mas yo continuaba recelosa de ello, pues mis circunstancias con un japonés detrás….



Y comenzó a oscurecer. En el Royal Albatross Center, el recorrido se hace de noche, pues ese es el horario que a los Pingüinos Azules les gusta salir. La temperatura comenzó a bajar y a bajar. Mi esposo y yo llevábamos abrigos bastante fuertes, pero no Takahiro, que en cuanto salió del Center para ir hacia la playa (donde están los enanitos), comenzó a congelarse. Pero bueno, no importa, continuamos…


Lo primero que hice fue preparar mi cámara. Entonces el guía advirtió que no se podía tomar fotos con flash porque los pingüinos podían quedarse ciegos (ya lo saben, JAMAS iluminen con una linterna a un pingüino). Eso me incomodó, pero igual esperé a llegar al lugar y reconocer el terreno. El camino hacia la playa era digno de película de terror. Siete de la noche, oscuridad total y dos cubanos y un japonés atravesando un maizal, alumbrándonos solo con marquitas rojas en el piso. Hasta que por fin llegamos y yo feliz y contenta, pensé: finalmente voy a tocar a un pingüino, finalmente lo voy a ver.


Pero no.


Nunca llegamos a la playa, sino a una plataforma, a unos kilómetros y desde allí, sin iluminación, debíamos esperar una hora, hasta que algún pingüino apareciera. Pregunté si podía saltar la plataforma y tocar uno. Me dijeron que no. Pregunté que si los pingüinos se acercaban a la plataforma. Me dijeron que no. Pregunté que si al menos, tenían un pingüino de muestra para que uno se tomara una foto… no sé, como hacen con los cocodrilos y los leones. Me dijo que no, otra vez. Entonces nos dejaron ahí, prendieron una luz tenue y a esperar con 3 grados, a que un pingüino apareciera. Casi nos estábamos congelando, cuando, de repente, unos pitufos comenzaron a aparecer. Eran pequeños, pequeñísimos. Y muy monos, no puedo mentir. Venían en grupitos directo de cenar en la playa y seguían un recorrido que iba, supongo, hacia sus nidos. Entonces ahí comenzó la odisea: a intentar tomarle una foto, sin flash y en la oscuridad, a un pingüino corriendo. Yo grité ¡Takahiro, now, toma fotos! y yo con mi cámara corría de aquí para allá sobre la plataforma, como una loca, tratando de fotografiar alguno. Y cuando miro, ¿qué estaba haciendo Takahiro? Leyendo un letrero en japonés de su cámara, pues según él, tenía que poner la configuración correcta. Yo no podía más. Estaba enfadadísima y le gritaba que tomara fotos, que teníamos que irnos de ese lugar, por el cual pagamos cien dólares cada uno y que para colmo nos estábamos congelando, con al menos una foto. Y entonces vinieron más pingüinos y yo, ¡a la carga! y vuelvo a gritarle a Takahiro, que se ponga a tomar fotos. Y cuando miro - ¿qué ocurría esta vez? - me dice que no tiene mucha agilidad, pues tiene frío. Yo creía que iba a morir. Mi esposo, igual corría de aquí para allá, persiguiendo a los pitufos y agitando a Takahiro, pero tampoco logró nada. De repente no aparecieron más pingüinos y la temperatura empeoró. Y estábamos los tres ahí, muertos de frío y sin saber cómo atravesar el maizal para salir del lugar. Yo sólo pensaba en mis circunstancias, en ser yo y mis circunstancias. Pero el problema es que mis circunstancias lo que hacían era deprimirme. ¿Y si siempre todo era así? ¿Y si las cosas solían ser tan decepcionantes? ¿Y si continuaba con un chino, japonés, o lo que sea, detrás? En ese dilema trascendental (trascendentalmente trascendentalísimo) me encontraba yo, cuando el guía vino y nos recogió. Entonces se me ocurrió, al menos, grabar audios para que mis amigos pudiesen escuchar el sonido desagradable de los pingüinos. Igual recé porque las pocas fotos que logré tomar, hubiesen quedado medianamente bien, y que la foto que le había tomado a un pingüino defecando (un detalle: es blanca y líquida) hubiese salido. Pero esa no salió.



Entonces, regresamos, con el conductor siempre contento, siempre contentísimo, y nosotros ahí, tratando de no sentir que nos habían estafado de una manera increíble. Revisé las fotos y vi que al menos cuatro habían quedado aceptables. Y volví a sentirme bien, pensando en mi post en Facebook. Y contenta, le comento a Takahiro, pero él sólo me respondió que no le gustaba Facebook, pues era un lugar en donde todo el mundo parecía ser feliz y a él no le gustaba ver a personas felices. Un comentario como ese, luego de pasar una hora congelándome, corriendo de un lado a otro tras pingüinos distantes y con ese maldito escocés hablando, no es realmente muy agradable. Entonces comprendí algo. Comprendí que quizás, mis circunstancias no eran esas, donde pierdo cien dólares, donde no puedo interactuar con pingüinos, donde no puedo tomarle fotos, donde tengo que soportar a un conductor parlanchín, quizás esas no eran las mías, sino, las circunstancias de Takahiro, que con su aura oscura, aura por la cual no es bueno tener a un chino detrás, atrae lo malo. Y yo, al parecer, estaba viviendo las circunstancias de él, pues el protagonista de todo este recorrido no fui yo, ni mi esposo, ni los pingüinos, sino él. El Taka. Preferí quedarme con esa idea. Pero entonces, ¿vivir en las circunstancias de otro, no es parte acaso de tus propias circunstancias? ¿Y si las circunstancias del otro son malas, no significa que las tuyas, en gran parte también lo son? Entonces, ¿en qué queda lo de mis circunstancias, mis circunstancias personales? Volví a sentirme mal.


Y llegué a casa, abrí mi Facebook y fui directo a sentirme “bien”, a sentirme “feliz”, en ese estado ilusorio que provocan las redes sociales y que la gente crítica pero que yo comparto con marcado entusiasmo. Y luego de ser feliz, por un rato, formulé mis tres conclusiones del día:


- El Royal Albatross Center en Dunedin, Nueva Zelanda, es una pérdida de dinero y un engaño.

- No sé para qué leo a Ortega y Gasset… si ni siquiera me gusta tanto.

- Espero que Takahiro nunca lea este blog.

En fin, gracias por leerme.

Sonido de los pingüinos:
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2 Responses to Ortega y Gasset, un japonés y los Pingüinos Azules de Nueva Zelanda

  1. Excelente cuando se lee anticonvencional, a través de las palabras te puedo dibujar! No importa cuanto puedas escribir, uno nunca puede parar de leerte.

  2. Me gustó mucho. Hoy fuiste parte de mis circunstancias, que fueron las tuyas, las de tu esposo y sobre todo de Taka

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